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No puede la lluvia apagar la pasión de casi 36.000 almas. No lastima el frío cuando el sueño de la esperada vuelta olímpica está por llegar... "Gracias por darme la alegría más grande de mi vida", reza una bandera, junto con otras. Y hay cientos de agradecimientos.
Miles de globos azules y amarillos ya son parte de una postal única, irrepetible... Ahí estalla la Bombonera, que vibra con la locura de otra Copa Libertadores, tres días después de la consagración de Boca en el mítico Morumbí. Allí festejan sus hinchas, algunos con el torso desnudo y remera al viento, desafiando cualquier pronóstico meteorológico. "No se quejen de la lluvia, que hoy es agua bendita", dice Mauricio Macri. Otra es la explicación que se escucha desde las tribunas: "... Son los hinchas de River que no paran de llorar...", cantan y bailan, aunque un hombre disfrazado de Carlos Bianchi se roba la atención en un rincón de la platea baja.
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Minutos después de las 16, desde los altoparlantes se anuncia la salida del presidente de Boca. Aparece Mauricio Macri en el campo de juego, en medio de aplausos y fuegos artificiales; lo sigue otro dirigente, con el trofeo que el plantel consiguió en Brasil, tras vencer a Palmeiras desde los doce pasos. El "Dale campeón, dale campeón...", ya es un grito de guerra que nadie podrá olvidar. El ritual de cada partido se repite: desde el túnel, Cacho Laudonio agita la bandera anunciando la inminente salida de los jugadores. Late la Bombonera cuando Jorge Bermúdez, el capitán, encabeza la fila hacia la mitad de la cancha. "Vamo´ a traer la Copa a la Argentina, la Copa que perdieron las gallinas...", cantan, una y otra vez, los hinchas bajo la lluvia intensa.
Los jugadores forman una única hilera de frente a la platea. Los 34 socios vitalicios elegidos le entregan en un podio una medalla a cada uno de los campeones. El rito tradicional está a punto de comenzar. La ansiedad crece cuando tarda la vuelta olímpica. Pero allí van... La Copa en alto en los brazos de Bermúdez. "Y de la mano de Carlos Bianchi...", suena, con más fuerza que nunca.
A paso lento, los campeones ofrecen su tributo a la gente. Se abrazan con todos, imaginariamente. Los fotógrafos nos respetan los límites establecidos y se mezclan en el festejo. El Chipi Barijho, con un nuevo look de mechones rubios, destapa una botella de cerveza. El arquero Oscar Córdoba camina con sus dos hijas y Juan Román Riquelme, en el día de su cumpleaños número 22, grita con el aliento de las porristas de fondo.
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La fiesta se acaba anticipadamente. La 12 despliega una bandera mientras los muchachos que dirige Bianchi dejan la barrosa cancha entre abrazos y palmadas. "Gracias jugadores y cuerpo técnico, fieles exponentes de la historia de Boca", se lee. Los dirigentes de Estudiantes no quieren quedarse afuera y le entregan una plaqueta a Boca y a Martín Palermo. Todo es aplauso, emoción, reconocimiento...
No cesa la lluvia; pero poco importa. Los jugadores se pierden en el túnel con el calor que baja desde la popular. El árbitro Brazenas parece un entrometido en la fiesta cuando su misión de chequear el estado de la cancha lo deja sólo ante la multitud. Después no hubo más: ni partido con Estudiantes y ni el cierre con el grupo "Los Auténticos Decadentes".
A las 16.50, la gente se alejó de la Bombonera. Tal vez nunca olviden estos jugadores esa vuelta olímpica, esa Copa por la que esperaron 22 años...


