Pep, el alquimista

Fernando Pacini
Fernando Pacini LA NACION
Fuente: AFP
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5 de noviembre de 2015  • 23:10

La Bundesliga es probablemente el torneo con mejor fútbol del mundo, pero la diferencia entre el Bayern Munich y el resto es tan obvia que le quita atractivo. Incluso, ni el propio Bayern termina luciendo como debiera producto de esa falta de competitividad. En la Champions, en cambio, las grandes potencias sí pueden contrastar sus fuerzas. En ese escenario, el equipo de Guardiola dio una muestra de fútbol de tanto nivel el miércoles, que volvió a provocar la admiración y el asombro, sensaciones apenas contenidas porque el rival fue el Arsenal inglés, equipo especialista en perder los partidos que sueña ganar.

Aún así, aunque sea la primera fase y aunque el rival no haya sido Barcelona o Real Madrid, lo significativo es la búsqueda permanente del entrenador catalán. No es frecuente que alguien abandone una fórmula que lo hizo exitoso para probar una distinta. El diseño de la máquina nueva, puede que inicialmente haga que el reloj atrase o adelante un poco, pero Guardiola sospecha que al final será un milisegundo más preciso que su versión anterior, y esa posibilidad lo estimula a la aventura.

Cuando comenzaba su carrera en el Barcelona, el 4-3-3 era una plataforma táctica de despegue casi inalterable. Con el tiempo, Guardiola fue "deformándolo", dotándolo de variedad. Llevó a Messi del extremo al centro, a Mascherano a la zaga, probó aquél concierto de mediocampistas en la final del Mundial de Clubes frente al Santos, luego, ya en Alemania, llevó a Lahm al mediocampo, puso a Müller de interior, y la lista sigue.

Ahora hay algo nuevo, otra vez. Una especie de "interior alternado": si el 5 es Xabi Alonso y Thiago el 8, el restante mediocampista "no es nadie", o mejor, "son todos". El tercer volante es un lugar, no un nombre propio predefinido, al que acuden alternadamente Müller, Douglas Costa, Lahm partiendo de 4, Alaba arrancando de 3, o puede ascender Xabi cuando uno de los centrales conduce como 5. Es un interior invisible, no hay un futbolista exclusivo en ese rol sino varios que se comportan como tal dependiendo de la necesidad de la jugada. Maravilloso. Nadie se choca; el juego fluye naturalmente porque nadie entra al ascensor sin que salga el otro pasajero.

Y ese mecanismo activa otros, como mantener la amplitud aunque algún jugador externo vaya adentro, o poblar la zona del 9 si éste descendió, o la del extremo si éste paso a ser centroatacante, etcétera. El juego de posición se mantiene intacto, pero con funciones rotativas. Este intento de describir lo que hizo el Bayern frente al Arsenal, no está bien; no hay manera de ponerle palabras a la belleza y la eficacia de ese fútbol.

El caso es que Guardiola no para, no abandona jamás el deseo de evolucionar y lo hace sin perder ni el más mínimo rasgo de su sensibilidad. Dentro de su "estilo macro", todo se mueve y se mejora. En definitiva, somete su trabajo y sus ideas a la más crítica de todas las miradas: la suya.

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