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Todos marcaron épocas. Todos llenaban el estadio; es más, algunos hasta obligaron a ampliarlo. A ninguno le faltó pica. Ni tampoco gloria, por supuesto. Si cada uno hizo historia, cada uno engrandeció el flamante polo argentino. Son los clásicos, los enfrentamientos que atravesaron los almanaques en este deporte en su país. En riquísimos 118 años de existencia de Argentino Abierto y de su torneo antecesor (Polo Association of The River Plate Championship), cinco enfrentamientos sobresalieron por todo aquello y se volvieron especiales.
Fue el primer gran clásico del polo argentino. Habían pasado más de cuarenta años desde la génesis del torneo y, luego de muchos nombres ingleses entre los vencedores, de que Hurlingham se instalara como multicampeón (15 títulos) y de que en 1936 la Argentina se ratificara como dominador de este deporte en el planeta, cuando los años treintas dejaban paso a los cuarentas surgió el cruce entre el club bonaerense de Capitán Sarmiento y el del sur de Santa Fe.
En 1939 llegó la primera corona, para El Trébol. Con tres Duggan en la formación y con Manuel Paisano Andrada, el back campeón olímpico en Berlín ’36 y que aún conserva el récord de títulos en el certamen con diferentes equipos (ganó seis con cinco camisetas). Al año siguiente, el conjunto pasaría a tener su alineación más célebre: Luis Duggan (también vencedor olímpico en la capital alemana), Julio Menditeguy, Heriberto Duggan y Carlos Menditeguy. Y con ella completaría un quinteto de títulos consecutivos en Palermo, hasta 1943.
Dos años antes se había dado la primera final del Abierto con Venado Tuerto, un adversario con el que tenía un par de cuestiones en común: por un lado, un campeón de Berlín ’36, y por el otro, un apellido irlandés y uno vasco, porque el equipo de Santa Fe contaba con Juan y Roberto (el olímpico) Cavanagh y Enrique y Juan Carlos Alberdi. La ganó El Trébol, pero su oponente se tomó desquite en 1944 y alzó por primera vez el trofeo. Y en 1947 se dio el gustazo de doblar en goles a los de Capitán Sarmiento, 12 a 6, en la final más despareja entre ambos. Sólo en la década siguiente volverían a enfrentarse en un partido decisivo del Argentino: en 1954 El Trébol se impuso por 12-9, equilibró el historial en esa etapa en Palermo y consiguió su penúltimo título, aunque ese año sólo con Charly Menditeguy como remanente del cuarteto de pares de hermanos. El gran back, recordado también por haber sido un notable sportsman (participó en Fórmula 1 y fue scractch en golf, número 5 del país en tenis y destacado pelotari, billarista y jugador de squash), obtendría ya en 1960 su última conquista, y también la de El Trébol.
Este equipo reunió ocho títulos de campeón argentino; Venado Tuerto alcanzó siete, y uno de ellos, con un infiltrado: Luis Duggan, que pese a ser un histórico del conjunto de Capitán Sarmiento, se alzó en 1949 con el Abierto enfundado en la camiseta marrón, antes rival.
El Trébol se distinguió por un polo técnicamente virtuoso, ornamentado de habilidades; su contracara, por un estilo directo, práctico y seguro. Y ambos, por la formidable presencia de seis jugadores que alcanzaron los 10 goles de handicap: los triunfadores olímpicos, Luis Duggan y Roberto Cavanagh, más los dos Menditeguy y ambos Alberdi. Un lujo, un momento dorado de un polo argentino que ya era superior a todos, pero que con estos dos equipazos se distanció más del resto.
El clásico por antonomasia. Nada menos que 17 finales del Argentino Abierto sostuvieron ambos colosos, acaparadores de los sesentas y setentas. Nadie que levantara el trofeo en Palermo en esos años vistió otra camiseta que la azul y roja a rombos de Coronel Suárez o la azul con tiras blancas de Santa Ana.
Suárez, el conjunto más exitoso de la historia, tuvo en su formación más duradera y ganadora a dos parejas de hermanos, Alberto Pedro y Horacio A. Heguy y Juan Carlos (h.) y Alfredo Harriott. Es decir, la "máquina de jugar al polo", según le decían en ese momento. Santa Ana tuvo a Gastón Dorignac, Héctor Merlos, Daniel González y Francisco Dorignac como su cuarteto más emblemático. Y, de no ser contemporáneo de su archicontrincante, habría obtenido muchos más que los tres abiertos de Palermo que conquistó.
Es que Suárez, club homónimo a su ciudad bonaerense, parecía invencible. Le dio pocas palizas al equipo que representaba al campo de los Dorignac de Villa Valeria, Córdoba, pero le ganaba casi siempre. Sobre 17 finales palermitanas entre ambos, 14 se tiñeron de rojo y azul, con 195 goles de los Harriott y los Heguy y 146 de sus rivales. La primera sí fue una lección: 14 a 4 en 1961, el año siguiente al último festejo de El Trébol. Así se inició una serie de diez títulos consecutivos de los coroneles, que monopolizaron la década.
Su supremacía continuó y fue tal que Suárez resultó el primer conjunto de 40 goles de valorización en la historia, honor que alcanzó en 1974, año de su segunda Triple Corona. Terminó con nada menos que cuatro, un récord. Todo, gracias a la velocidad de los Heguy, la inteligencia de Juancarlitos –según muchos, el mejor polista de la historia– y la solvencia de Alfredo; los cuatro juntos fueron ¡once! veces campeones argentinos, y unidos ganarían dos veces (1979 y 1980) para la Argentina la Copa de las Américas, contra Estados Unidos.
Santa Ana era el temple y la pasión de los Dorignac, la frialdad de Cacho Merlos, el tacticismo de González. Un conjunto que tuvo muchos hinchas y que también se anotó con una Triple Corona, en 1973.
Salvo Merlos, que llegó a 9, los mencionados polistas de este clásico alcanzaron el handicap óptimo. Juancarlitos y Horacio Heguy sumaron 20 Palermo. El club Coronel Suárez, 26 a lo largo de los tiempos (uno, compartido con Los Indios). Santa Ana, con sus tres, eleva la cifra a 29. Una cantidad monstruosa. Sólo el lógico efecto del tiempo, a comienzos de los ochentas, detuvo el duopolio. Pero mientras se apagaban esas brasas, se encendían otras...
Más corto en el tiempo, pero también emblemático, el primer clásico de los ochentas fue entre el conjunto de los Pieres y el de los Heguy hijos de Horacio. Se trataba de los primeros tiempos en que por primera vez había algo emparentado con el profesionalismo: los auspiciantes. Y de la transición del polo clásico, de pases y velocidad, encarnado más bien por Indios Chapaleufú, al moderno, de control de bocha, toques cortos y avances menos directos, que empezaba a perfilarse en La Espadaña.
El conjunto blanco y rojo fue creado en 1983 y pronto se convirtió en el favorito del grueso del público; un año más tarde apareció el verde y blanco, que dominó el historial entre sí. Y en ese 1984 le ganó la primera final que los reunió. Dos temporadas luego el club de la zona de Lobos pasó a tener su alineación más recordada: Carlos Gracida, Alfonso y Gonzalo Pieres y Ernesto Trotz (h.). Pero Chapa, con los juveniles Marcos, Gonzalo y Horacio S. Heguy más Alejandro Garrahan, lo sorprendió en la definición de Palermo con un inolvidable 13-12, definido con el histórico gol de Marcos sobre Marsellesa, en un galope casi de cancha entera del tablero a Libertador.
Fue la única derrota –hubo además un empate– de La Espadaña en sus siete participaciones en el Argentino Abierto. De sus seis estrellas en La Catedral, tres consiguió con Indios Chapaleufú enfrente; además de la de 1984, las de 1987 y 1988. Mientras coexistieron, el conjunto verde y blanco fue muy superior; luego, los Heguy lo empataron en títulos y en los 40 tantos de valorización. Y con un rasgo singular...
... que fue el de estar integrado por cuatro hermanos. Chapa fue el primer cuarteto fraternal campeón argentino –hizo un triplete, 1991/1993– y de handicap ideal. Ya en tiempos de La Espadaña, pero aun más después, sostuvo otro clásico, con Indios Chapaleufú II, el otro conjunto del clan Heguy, fundado dos años más tarde (1985), también por Alberto Pedro, y conformado por sus hijos Eduardo y Alberto.
El cuarto hijo de Horacio, Bautista, se incorporó en 1990. A los primos siempre les faltó un cuarto hermano jugador, y como el más chico, Ignacio, tenía varios años de diferencia con sus mayores, Ruso y Pepe cambiaron de compañeros varias veces. Mientras lo hicieron, la superioridad de Chapaleufú sobre Chapaleufú II fue muy clara; cuando llegó Nachi a este último, las cosas se emparejaron y hasta se revirtieron.
Chapaleufú tenía un juego más vistoso y era el equipo más popular; Chapa II, también querido, siempre fue fuerte en defensa y en actitud. Pese a su historial de 26 partidos realizados (en un 27º el primero entregó los puntos), apenas dos veces se enfrentaron en desenlaces de Palermo. En 1996, año de la vuelta de Chapaleufú II al cabo de cuatro temporadas ausente tras el retiro de Alberto Pedro (1991), los hijos de éste vencieron por 17 a 16. Y en 2004, ya sin Gonzalo Heguy –malogrado en un accidente vial en 2000– en Chapaleufú y cuando algunos pensaban que el tiempo de los Heguy había pasado, nuevamente acapararon una final y se impuso el conjunto II por 15 a 11, en un encuentro en que cayó y se lastimó Horacito.
Al año siguiente, Chapaleufú protagonizaría su última temporada de Triple Corona. Fue el fin de un clásico que llegó a tener siete Heguy en la cancha. Y todos ellos gozaron, en distintos momentos, de sus 10 goles. Algo único, casi inigualable.
Indios Chapaleufú II sigue compitiendo hasta nuestros días. Pero hoy el clásico es Ellerstina vs. La Dolfina, el de casi todas las definiciones de torneos de Triple Corona. De hecho, cinco de las últimas seis finales del Abierto de Palermo tuvieron por protagonistas a los equipos de los Pieres y Adolfo Cambiaso.
Si bien la relación es buena entre ambos conjuntos, la rivalidad es latente e intensa. Comenzó con la propia aparición de La Dolfina en la Triple Corona, pues Cambiaso dejó Ellerstina y el paraguas protector de su mentor, Gonzalo Pieres, y echó a andar su proyecto propio, junto a Bartolomé Castagnola, también emigrante del club de General Rodríguez.
Les fue muy bien en Palermo contra el que era su equipo: con Mariano Aguerre –otro ex ellerstino– y Lucas Monteverde (suplente alguna vez en el conjunto de los Pieres), encadenaron siete triunfos, incluidas dos finales, en las cuales le frustraron al cuarteto negro la consecución de la Triple Corona. En 2008 Ellerstina cortó la serie, también en una definición de certamen, con Facundo y Gonzalo (h.) Pieres, Pablo Mac Donough y Juan Martín Nero. Y luego se alternaron: 2009 para La Dolfina, en el único encuentro de 80 goles de handicap en la historia del Argentino; 2010 para su adversario. Y siempre, por un gol de diferencia, incluidos cuatro chukkers suplementarios. Como para que no hubiera algo de pica entre ambos, que ni siquiera se parecían en estilo –sí en calidad–: Ellerstina es polo veloz, hiperofensivo, colectivo y virtuoso con el taco; La Dolfina en esos años se caracterizó por Cambiaso como centro de gravedad, las cortinas y el juego corto, sobre todo en los momentos cúlmines.
Ahora, en 2011, vuelve a ocurrir esto de que a Cañuelas lleguen ex ellerstinos. En este caso, Nero y Mac Donough. Y el polo de La Dolfina es, por ahora, más de conjunto. El clásico ya tuvo lugar en la definición de Tortugas, cuando La Dolfina se imponía por 11-4 y su contraparte terminó triunfando por 14-13. Se encontraron también en el desenlace de Hurlingham, y venció La Dolfina por 19 a 18. Y ahora llega Palermo, donde pueden toparse una vez más, entre sí y con la gloria que ya conocen largamente.
Cada clásico tuvo sus particularidades, su historia, aunque todos son cruzados por un denominador común: el buen polo, la gran calidad. Las características de cada equipo atrajeron hinchas o los ahuyentaron hacia el archirrival. Hubo historiales parejos y otros muy desequilibrados, pero más allá de resultados, todo aficionado que los presenció recuerda a cada conjunto. A su modo, todos fueron, o son, inolvidables.


