Murió Melito Cerezo, el fotógrafo más querido del polo, amigo de todos, un compañero perfecto y de una sonrisa inolvidable
Retrató a los cracks de varias épocas y cosechó simpatías junto a su amor incondicional, la Turca María Motrán. Historias de un personaje entrañable
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Esa sonrisa que viene del corazón. Ese compañero de mil tardes, soleadas, ventosas o lluviosas. Ese conductor decidido que lograba lo imposible los domingos a las 7 de la tarde a bordo de una rural: volver de Tortuguitas a Palermo en menos de 45 minutos surfeando una Panamericana atestada de autos, en tiempos en los que los countries y barrios cerrados no abundaban. Ese amante profundo del sur argentino y de la pesca en el Pichi Traful, en la búsqueda de las truchas. Ese cocinero anfitrión amante de los platos caseros, en su departamento en Ortega y Gasset o sentado en la silla de camping al lado de un lago. Ese entrañable compañero de la Turquita María Motrán, la mujer de su vida. Ese fotógrafo entrañable al que todo el mundo polístico quería a más no poder. Y no sólo en Argentina: Melitón Cerezo estaba más allá de cualquier frontera. Único. Afable. Hasta el último día. Murió este jueves, en Córdoba.
Fue una pena que sólo se dedicara al polo: merecían conocerlo muchos más. Ese tipazo que comenzó filmando los partidos cuando el fotógrafo Ricardo Motrán (conocido internacionalmente como Snoopy), sobrino de La Turca, quiso sumar el servicio de videos a su emprendimiento y lo sumó al equipo. Suyas son las filmaciones de esos años 80, incluida, por ejemplo, la de la final de Palermo 86, con el recordado gol de Marcos Heguy en la Marsellesa, para muchos, el mejor de la historia.

Cuando Snoopy se fue a trabajar al exterior, Melito tomó la posta, concentrándose ya como fotógrafo y ocasionalmente hacía videos por encargo. Siempre con Mary, dueña también de una sonrisa pintada en el rostro y un abrazo disponible para cualquiera que pasara por su puesto de trabajo o los visitara en su hogar para comprar fotos de calidad.
Eran esos tiempos, atravesando los ochenta, en los que llegaba de Pilar, Tortuguitas, Hurlingham o Palermo y se ponía a revelar decenas de rollos, con unos mates al principio y luego con un vaso de ginebra con soda (de sifón), un clásico de su día a día. Siempre con la gorra en sentido inverso, al estilo de los tenistas. Y sentado a su lado el increíble Batata, su perro bretón de orejas largas al que sólo le faltaba hablar y que era el primero en subirse a la camioneta a la hora de emprender cualquier viaje: de trabajo o por placer.
Melitón Cerezo era Melito para todos. Tenía 82 años y había nacido en General Arenales, provincia de Buenos Aires, a unos 60 kilómetros de Junín. Atravesó por distintos desafíos en su vida. Pero nunca lo abandonó esa sonrisa y los ojos saltones tan suyos. Retrató a polistas de varias épocas: no hubo uno que no lo abrazara al divisarlo. Era, sobre todo, buena gente. Puro, desinteresado, solidario. Siempre estaba detrás de alguno de los arcos, en cada partido. Como si se multiplicara. No existían todavía las cámaras digitales. Había que esperar el revelado, pero todos sabían que la calidad del producto estaba asegurada. La Turquita se encargaba de la logística y la distribución. Una pareja inquebrantable. De principio a fin.
Cada cena con Melito y la Turca, en el viejo apartamento o en el siguiente (ambos en Ortega y Gasset, cerca del Campo Argentino de Palermo, obvio), era una auténtica fiesta: rica comida y millones de anécdotas. Risas. Más risas. Confidencias, porque a Meli le contaban todo. Y lo que no le contaban, igual le llegaba. Apasionado por los caballos, por sus fotos: “Mirá lo que son los ojos de esa yegua, por Dios”, decía, mientras mostraba con orgullo su trabajo. Su teléfono de línea no dejaba de sonar las noches de cualquier día de la semana. “¿Cuándo y a qué hora podemos pasar a ver las fotos?”, le decían los jugadores, ansiosos por contemplar esas imágenes que ahora circulan a la velocidad de la luz por las redes sociales y por wasap. Y no hablamos sólo de jugadores de bajo y mediano handicap: lo llamaban los 10 goles. Hay muchos cuadros con fotos de Melito en las casas de los cracks.
Durante unos diez años, Melito y la Turca (y Batata) viajaron a Brasil en la temporada baja de Argentina. Se instalaban de dos a tres meses en las afueras de San Pablo para cubrir torneos de ese país. Volvían a Buenos Aires y luego de la Triple Corona y del último torneo de la temporada de primavera organizada por la Asociación Argentina de Polo, emprendían las vacaciones. Un paso inicial por Córdoba, para las fiestas de fin de año y estar con la familia de Mary, y después emprendían el viaje hacia el sur: el mes de pesca no se negociaba por nada. “Me da vida, me cambia la cabeza”, decía Melito. Y recreaba sus días más felices. “Algún día tenemos que ir juntos”, proyectaba. Era así: le gustaba compartir.
Cuando en las comidas, imitando la voz cascada de Juan Sauro (otro entrañable personaje del polo y durante décadas encargado de prensa de la AAP) decía “Chiquito”, un latiguillo del colega que instaba a prestar atención, todos sabíamos que se venía algún cuento, anécdota o comentario de esos que nadie se cansa de escuchar hasta el final. Siempre acompañado por gesticulaciones que complementaban la escena.
Rondando el año 2000, sorteó uno de los desafíos que le planteó la vida. La pasó mal, pero salió adelante. Con la Turca siempre incondicional. Como si el tiempo se hubiera detenido desde el instante en que la conoció…
Es que Melito conducía un taxi antes de desembarcar en la que sería su profesión. Y en uno de los viajes se topó por casualidad (o destino) con María Motrán. En ese primer viaje averiguó donde trabajaba y los días siguientes volvió religiosamente por la zona para llevarla otra vez. Cosa que sucedió. Fueron muchos viajes hasta que la Turca por fin aceptó la invitación para salir. Nunca más se separaron. Pasaron los años, las décadas, y en cada reunión hacíamos la pregunta de rigor porque un detalle llamaba la atención habida cuenta el amor que se tenían: “¿Siguen durmiendo igual?”, indagábamos. “Sí, cada uno en su habitación”.

Todavía no estaba retirado del oficio de fotógrafo (trabajó hasta los 70, aproximadamente) y, generoso como era, le abrió las puertas y aconsejó a las nuevas generaciones, ya en otra era de la fotografía que también manejó. Aquel mundo de unos poquísimos reporteros gráficos de todos los partidos le daba paso a un abanico mayor de profesionales, pero Melito era Melito: un nombre propio en el polo. Cuando dejó de trabajar, no había nadie que no lo recordara en cada Triple Corona. Ni que hablar en Palermo. “¿Qué sabés de Melito y la Turca?” era un clásico interrogante.
Sus últimos días los pasó en Córdoba, librando nuevas batallas, aunque ya con menos defensas. Su conexión con Mary nunca se cortó, ni siquiera en el momento del adiós, cuando llamaron de la clínica para avisarles a los familiares que el panorama se había complicado. “Vamos Turca”, le dijeron los sobrinos. “No, vayan ustedes, yo me quedo en la casa”, respondió Mary. Y enseguida, agregó: “Melito ya se fue. Lo siento en el cuerpo”. Así había sido. Esa conexión que fue, es y será la foto de su vida. La mejor.
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