Agustín Vernice, rumbo a Tokio 2020: el remero olímpico que se hizo adulto antes de tiempo

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri
Olivia Díaz Ugalde
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4 de enero de 2020  • 23:59

Se muestra enamorado de lo que hace. La pasión, el respeto y la dedicación que invierte para ser cada día mejor, lo pintan de cuerpo entero. No la tuvo fácil. Si bien nunca dudó de su elección, debió navegar momentos duros que lo llevaron a tomar conciencia, a llorar para reinventarse, a crecer. En el canotaje, cada día el río presenta un nuevo escenario donde la fuerza mental y física exigen al cuerpo desarrollar una nueva capacidad, lo desafían. Y eso es lo que disfruta Agustín Vernice, el único argentino clasificado para Tokio 2020 en K1-1000.

"Trabajé muchos años con los Juegos Olímpicos como sueño principal. Pero consciente de que lograr la clasificación no es nada sencillo, porque en la prueba en que compito hay muy pocas plazas [por ahora hay clasificados seis atletas en el mundo]. Esto me pone en una posición privilegiada, me permite prepararme de muy buena forma. Pero también es una responsabilidad muy grande. Soñé toda mi vida con esto y ansío que llegue el momento de competir", expone Vernice, que a los 24 años es bicampeón de los Juegos Panamericanos Lima 2019 y dueño del Olimpia de Plata.

Su acceso a Tokio 2020 no se dio fácil; alcanzar la final por la Copa del Mundo en agosto -fue noveno- no bastó. El argentino debió esperar la redistribución de plazas -en noviembre- dado que los palistas que terminaron primeros en el Mundial ya tenían ganada su plaza por otra vía, lo cual derivó en su clasificación. Pero esos meses de espera fueron un subibaja de emociones, en el que Vernice esperaba lo mejor pero se preparaba para lo peor.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

El anhelo de representar al país en la cita olímpica lo desvive desde que se subió a un kayak a los 12 años, oriundo de Bahía Blanca pero radicado desde los 7 meses en Olavarría. No llegó a Río de Janeiro 2016 y mirar la ceremonia de apertura fue tocar fondo luego de unos años de malos resultados. Por eso se prometió competir en Japón.

"En 2014 terminé la categoría juvenil, pasé a la sub 23 y fui con Manuel Lascano a competir en el Mundial con mucha expectativa de terminar en los primeros puestos, pero nos fue muy mal, terminamos casi últimos. La transición fue difícil; llegué a plantearme si realmente estaba hecho para esto. Pero la respuesta llegó por sí sola. Después de un mes de vacaciones volví a entrenarme, empecé a preguntarme por qué lo hacía y qué estaba dispuesto a realizar para cumplir mis objetivos. Fue entonces cuando me di cuenta de que si quería esto tenía que hacerlo con total determinación y no regalar nada, porque no me imaginaba haciendo otra cosa que estar arriba de un bote", recuerda.

"Eso me ayudó a hacer el clic para que a fin de 2014 me clasificara para poder pasar a entrenarme con la selección mayor, y desde 2015 lidero el ranking nacional senior. Y empezó otra historia, pero que también se frustró, cuando no me clasifiqué para Río 2016. Fue lo mismo: «loco quiero estar en unos Juegos Olímpicos»... Miraba la apertura y lloraba. Esa obsesión, el 'quiero eso', ver los fracasos y esos momentos difíciles, me motivan cada día, porque no quiero volver a pasar por eso", cuenta quien se coronó en K1-1000 en el Mundial Sub 23 Rumania 2017.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

Sencillo y humilde. Pensativo, competitivo, expeditivo. No le gusta conformarse, ni dar una respuesta equivocada. Por eso frente a cada pregunta piensa, mira sus manos y el cielo, y responde. En el Club Nordelta, donde practica la selección mayor de canotaje, se permite una pausa durante la hora y media de descanso que tiene el equipo entre sus sesiones matutinas. Busca un lugar cómodo para la entrevista, ya que debe volver al agua y este tiempo es primordial para su descanso.

-Dos medallas doradas en los Panamericanos, la final en el Mundial de Hungría, la victoria en el selectivo nacional, la clasificación para Tokio. ¿Cómo describís tu 2019?

-Cuando planteamos el año nos propusimos ir en busca de dos medallas en los Panamericanos y la clasificación olímpica, y se cumplieron. Uno es consciente de que las cosas a veces salen y otras no salen, y de que son más las veces en que pierde que las veces en que gana. Trato de disfrutar mucho tantas cosas lindas, porque son momentos únicos. Además, el Olimpia de Plata es un premio a un año de muchísimo trabajo, del lindo, no de sufrimiento.

-Contra el desgaste físico, ¿cómo trabaja la mente para rendir al máximo durante todo el año?

-El Mundial fue lo más complejo porque era lo más importante pero lo último de un año movido. Antes de Lima tuvimos los controles nacionales para ganar la plaza. Después vinieron los Juegos, sumados a la preparación de 20 días en Perú. Y en seguida, el Mundial. En las tres me fue bien, pero fue estresante. En Lima competí en las dos categorías [K1 y K2] con diferencia de dos horas. Viajar a la Copa del Mundo unos días después implicó un desgaste mental muy fuerte, porque en el Mundial me jugaba la clasificación para Tokio. Antes de Perú nos entrenamos en España y después volvimos, y de ahí, a Hungría, con cansancio y estrés. Mantenerse en peso es difícil, y justo antes del Mundial... Fueron semanas muy duras, pero estaba seguro y focalizado.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

-Empujás tus límites. ¿Dónde encontrás la motivación?

-Me levanto cada mañana pensando en Tokio. Pero uno se pone objetivos de corto plazo que van motivándolo día tras día. No necesariamente una competencia con otra persona; puede ser con uno mismo, para mover la barrera un poquito más cada día. No quiero saber dónde está mi límite. Pienso que subo una escalera y no quiero saber dónde termina. Cuando uno da un paso ya empieza a pensar en el siguiente, y así. Además, cuando termine de competir querré tener la satisfacción de haber dado todo. No sólo en los tres minutos y algo de competencia, sino también en cada sesión de entrenamiento. Si hice todo el año de entrenamientos como estaba diagramado y en cada sesión di todo pese a las lluvias, al frío, al cansancio, a las distracciones, siento satisfacción y tranquilidad. Eso me motiva cuando no tengo ganas y digo "no; dale, vamos a hacerlo".

-Cuando comenzaste, en el Club Estudiantes con 12 años, ¿imaginabas todo lo que iba a suceder?

-De chico imaginaba estar en el seleccionado algún día, pero no todo lo que vino después. Nunca me gustó conformarme, y estas sorpresas me impulsan cada día a ir por más. Uno no sabe qué puede pasar, y esa incertidumbre es genial. Sorprenderse a uno mismo es buenísimo. Cuando tenía 14, 16 años, edad de salir, de cumpleaños de 15, estaba enamorado de mi deporte y no pensaba ni quería otra cosa. Si tenía una fiesta y debía levantarme a las 7 para entrenarme, prefería no ir. Esa obsesión me ayudó, y no me costó nada. En mi casa nunca me presionaron; iba porque nunca quise regalar nada, soy muy competitivo. No me costó pero fui perdiendo cosas, como fiestas de egresados; como ir a una escuela normal, ya que por los viajes y prácticas terminé anotándome en el turno noche... Desde los 16 no paso más de diez semanas en mi casa. Mi adolescencia fue particular: muchas decisiones de grande siendo tan chico. Y terminé haciéndome adulto antes de tiempo.

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