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Por identidad, por su rugby aplomado y efectivo -aunque no es tan deslumbrante-, Córdoba transitó con personalidad los cinco exámenes del 57° Campeonato Argentino y se dio el gusto de levantar el trofeo por cuarta vez en su historia. En la final se encontró con el poderoso Buenos Aires, pero esa categorización del tricampeón lejos estuvo de amedrentar a los Dogos , que con una enorme convicción merecen el cartel del mejor seleccionado del país al terminar invictos tras la victoria por 30 a 20 (20-5 en el parcial).
La gran diferencia radicó en que los cordobeses siempre supieron qué y cómo hacer las cosas, mientras que el combinado bonaerense deambuló vertiginosamente entre los intentos individuales y las limitaciones para alcanzar un funcionamiento colectivo coordinado y armonioso.
La estrategia diseñada por los técnicos Pérez y Rossi fue ejecutada a la perfección por el guerreros cordobeses en el campo: se plantaron los forwards -la gran fortaleza-, presionaron y estuvieron siempre sobre la pelota apenas ésta llegaba a las manos del N° 9 Javier Spencer-Talbois, mucho tackle y cuando se acercaron al in-goal local no desperdiciaron las ocasiones para sumar, ya sea con un try o a través del pie del certero Roqué (quedó como el goleador del certamen, con 72 puntos).
Con dicha predisposición a asfixiar a su oponente cerca de las formaciones y en el centro de la cancha -por donde estaban Pizarro y González no pasó nadie-, los flamantes campeones cortaron el circuito de Buenos Aires, impidiendo que Juan Fernández Miranda pudiera dirigir el juego largo y veloz, aspecto en el cual las Aguilas imponen calidad.
Pese a disponer de un mayor procentaje de posesión y de dominar territorialmente, el cerrojo cordobés resultó infranqueable -en todo sentido- para la voluntad de los bonaerenses, que perdieron consistencia por la falta de claridad necesaria para saber elegir en cada situación de apremio qué decisión tomar. La insuficiente capacidad de resolución, irremediablemente, los terminó perjudicando: afloró el desorden . Si hasta en la primera acción de riesgo, con un par de scrums en los últimos cinco metros y una entrada de Phelan -con pase hacia adelante a Villar-, terminó en un contraataque cordobés que los acorraló en las 25 yardas propias.
La superioridad de los ganadores se manifestó desde el kick-off. Tanto es así que el marcador los favoreció toda la tarde (a poco del arranque del segundo tiempo estaban al frente por 27-10). Pero la virtud incontrastable se advirtió en la solidez grupal y la precisión para no repetir errores. Aunque el line no fue de lo más prolijo, complicaron severamente a Buenos Aires con el scrum, el maul y la impenetrable defensa.
Otra cuestión que resintió sustancialmente la estructura de Buenos Aires estuvo estrechamente relacionada con los cambios ordenados por Tito Fernández y Pipo Méndez, especialmente los movimientos posicionales. Por ejemplo, Hernández actuó diez minutos como fullback y luego pasó de apertura -su puesto natural-; Manasa Fernández Miranda terminó jugando como medio-scrum -función en su etapa de juveniles- y salió un segunda línea (Albacete) para que ingresara Martin y pasara Ostiglia como N° 4 (el scrum se debilitó). Todos esos enroques de piezas no hicieron más que acentuar la desorientación.
Acéfalo en la conducción, el conjunto bonaerense se transformó en un derroche desesperado de arremetidas (Gaitán, Martin, Ostiglia y Villar pusieron el equipo adelante). Pero ese ímpetu chocó con la impresionante entereza de Córdoba.
Para los cordobeses, ésta es su cuarta consagración en el Argentino, torneo en el que mantienen un progatonismo importante en los últimos ocho años. Las anteriores conquistas de los Dogos fueron en 1995, 1996 (compartió el título con Buenos Aires) y 1997.




