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A comienzos del nuevo milenio, el rugby internacional profundizaba una tendencia. Crecía la presión sobre los conductores, se reducían drásticamente los espacios de maniobra y el juego se volvía más físico, con forwards graníticos y backs cada vez más altos y musculosos. Todas las potencias seguían esa línea. Incluso Francia, que dejaba atrás su estilo depurado, alegre, burbujeante, para sumarse a la nueva corriente y adoptar también una actitud de barricada, con la que, por cierto, no le fue mal. Pero era otra cosa. Una manera de sentir el juego distinta a la siempre pregonada. Y ante un nuevo estilo, se hacía imperiosa la búsqueda -y el hallazgo- de un nuevo referente. Un biotipo que encajara mejor en el inédito contexto. Un símbolo de ese rugby más friccionado. Un jugador capaz de responder a las flamantes demandas: alguien malo, fuerte, salvaje, de aspecto cavernícola, si fuese posible, incapaz de transmitir sentimientos.
