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No abandonan el rimmel, a veces visten minifaldas, van a bailar, están de novias o casadas, llevan a sus hijos a la escuela, trabajan como policías, abogadas, profesoras o bioquímicas. Son mujeres como otras, sólo que dos veces por semana se ponen protectores bucales, rodilleras y casquetes para amortiguar los golpes. Son las mujeres que se animan al rugby.
Pese a esta fría noche de mayo, una decena de chicas de entre 20 y 40 años llega al club Centro Naval de Núñez para entrenarse en este deporte donde las mujeres no parecen tener cabida - este es uno de los dos clubes de capital donde el rugby también tiene perfume de mujer.
La capitana del equipo Ñandú, Daniela Torchio, de 28 años, se dispone a contar por qué le dedicó la mitad de su vida a este deporte. Más allá de algunos moretones disimulados detrás de un par de anteojos, cree que es el juego que mejor le sienta. "Los valores que se aprenden y practican en la cancha se trasladan a la vida", dice. Y rescata el compañerismo como la bandera que le permite crecer, ser mejor persona y obviar algunos de los insultos que recibe.
"Por los prejuicios, por el machismo que se vive parece que una mujer no puede jugar al rugby, cuando en realidad los deportes no son potestad de los hombres sino que las mujeres le damos nuestra impronta", explica. Pero Prefiere no quedarse con las agresiones que suele escuchar: "¡Machonas!", o "Manga de lesbianas!", recuerda haber oido. Daniela minimiza los insultos y agrega, para terminar con el tema, que, en este ambiente, como en la vida misma, hay quienes tienen parejas homo o heterosexuales.
"Acá llega Yami, la sub capitana", dice y la invita a charlar. "Ella tiene novio, decile qué piensa él del rugby", la bromea. Su compañera sonríe, se sonroja y empieza a contar que al principio no fue fácil que en su familia entendieran que ella quería jugar al rugby, como su hermano, como la mayoría de su círculo de amigos varones. "Probé con todos los deportes para darles el gusto de hacer algo más femenino, como me pedía mi mamá, pero esto es lo mío", dice Yamila Otero, de 20 años, convencida de que vale la pena viajar desde Quilmes al entrenamiento de cada semana. Encontrar un grupo de mujeres fue la gloria para ella, que, al principio, con tal de jugar llegó a ser la única en un equipo de varones. Hoy, su pasión convence a su familia y a su novio.
Las chicas hablan de las dificultades de ser las primeras en meterse en un ambiente copado por hombres en todo sentido: no sólo históricamente lo juegan ellos, sino que las comisiones directivas de los clubes y de la Unión Argentina de Rugby (UAR) también están dirigidas por varones. "Es difícil abrirse camino y que te respeten, pero de a poco lo vamos logrando...siempre trabajando con profesionalidad", dice, seria, la capitana. El seleccionado argentino de rugby femenino es una muestra de que las mujeres, sin prisa pero sin pausa, se van ganando su espacio.

Se acerca el horario de inicio del entrenamiento y ya no falta ninguna de las chicas. Se ve un hombre entre ellas: Carlos Pastori, el entrenador desde hace 4 años. "Un placer la garra que le ponen, la actitud que tienen", cuenta, minutos antes de empezar con la entrada en calor. "Lluvia, frío, no las para nada. Se vienen desde Burzaco, Los Polvorines, San Justo, Chascomús", repasa, mientras señala a cada una de las chicas que corren y se pasan la pelota ovalada de mano en mano. Entonces él, se mezcla entre ellas y empieza a coordinar la práctica en la cancha, luego de la previa de levantamiento de pesas que tuvieron en el gimnasio.
La cordobesa Marta Medici, mientras camina en dirección a las demás, cuenta que su pasión por el rugby nació medio de casualidad, cuando por su trabajo como profesora de Geografía de la Fuerza Aérea la trasladaron a Buenos Aires. "Siempre fui deportista, pero acá descubrí lo del rugby y pude empezar a practicar. ¡Me encantó!", reconoce, y cuenta que su entusiasmo la volvió sorda a los prejuicios, propios y ajenos. "¿Cómo me fue con los chicos? ¡Me casé con mi novio!", revela, feliz en su condición de esposa desde hace cuatro años.
Unos minutos de charla y se despide amable para sumarse a una práctica clave: esta semana entrenan martes y jueves porque para el domingo armaron un campeonato, una ocasión no muy frecuente y que organizan ellas mismas a pulmón. Todas coinciden en que van haciendo camino al andar. De a poco sueñan con empezar a contagiar la magia del rugby femenino en las más pequeñas. "Mi hija de 6 me pidió para su cumpleaños una pelota de rugby. Casi me muero de la emoción", se toca el pecho Daniela, la capitana. Sonríe. Ya imagina empezar con una escuela infantil de rugby. Sus compañeras aplauden la idea.
Nota anterior de la serie:
- Mujeres a los golpes


