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Una fase regular, todos contra todos, y luego, duelos a suerte y verdad entre los mejor ubicados en la tabla. Este es el sistema implementado hace años por la URBA. Su manera de consagrar al campeón de la temporada. No es el formato más justo, pero sí el de mayor atracción. La idea de jugar a todo o nada, en ochenta minutos, convirtió a estos partidos en la gran cita anual del rugby de Buenos Aires. No es fácil acceder a ellos, pero una vez adentro… Cómo se disfruta.
Es la gran fiesta. Multitudinaria. Policromática. Celeste salpicado de blanco arriba, verde intenso abajo y una suave pátina dorada que envuelve y resalta el brillo de los colores. El resto, al arrancar este sábado de noviembre, es celeste y azul, de un lado, y bordó, con pinceladas naranjas, del otro. Sin grises ni páginas negras, afortunadamente. Sólo una escaramuza, en una calle cercana y una parte del alambrado perimetral que cedió ante el peso y la presión de la gente.
De a poco, la atmósfera, se carga de música. Los nervios se consumen, parcialmente, en el patio de comidas, entre pizzas, empanadas, shawarma y papas fritas. O pasando por el Fan Fest. Juegos, desafíos, streaming, saludos, conversaciones al paso, intercambio de sensaciones, pronósticos… Todo ayuda a bajar la ansiedad. Hasta que llega la hora señalada.
A las cinco de la tarde, el panorama es otro. La atención se traslada al campo de juego. Braman los hinchas, laten las tribunas. Y salen los equipos. Se agitan las banderas y los paraguas. Newman despliega el mismo trapo de la semifinal (“Siempre a tu lado”) y cubre todo su sector. Hindú, como ante el CASI, exhibe su sentido de pertenencia con banderas de mástil flexible y una que recuerda a tres hombres de la casa que ya no están (Ale Castelli, Santiago Senillosa y Zequi Comotto). Suenan hits futboleros adaptados. La pasión crece y el fervor desborda. “Para ser campeón, hoy hay que ganar”, coinciden las dos barras.
El partido no da tregua. Es palo y palo. ¿Habrá sido la mejor de todas las definiciones? Hay tensión, inquietud. Las pequeñas alegrías del juego se mezclan con algunos lamentos. Se sufre, se suspira. El ánimo oscila entre el optimismo y la pesadumbre. Se contiene la respiración, se suelta el aire. Y por fin suena el silbato, se acaba la lucha. Hay un vencedor y un vencido. Y brotan las lágrimas, dulces de la felicidad o amargas del desencanto. El Dios del deporte da su veredicto: Newman es el campeón, el bicampeón. Con el buen juego de siempre, respaldado ahora por una personalidad fuerte y una mentalidad ganadora. Se disipó la angustia, la incertidumbre. Ahora sus hinchas dejan a un lado la mesura y saltan, se abrazan y cantan. Hindú es el derrotado. Asume la condición y su público reconoce el esfuerzo del grupo de hombres que dejó todo por la victoria.
El título de 2025, el primero de sus cincuenta y un años de vida, le quitó las amarras al Cardenal, lo liberó. Ya no padece angustia ni desolación. La vida le ríe y canta. “Es todo parte de un proceso”, es la frase que repiten los integrantes del plantel. “El club no terminó en el campeonato de 2025 ni en este de 2026. La vida sigue, el club sigue. Hay que seguir construyendo el camino”, señala Lucas Marguery. “Newman es campeón porque no paró de laburar en todo el año”, precisa Faustino Santarelli. “Cada vez que alguno de nosotros se pone esta camiseta, trata de elevar la vara”, asevera Bautista Bosch. “Este equipo tiene personalidad, también”, agrega Juan Bautista Daireaux.
Newman campeón, es un título que comienza a reiterarse. Es también un estricto acto de justicia que, en estos momentos, Alejandro Urtubey, su capitán, levante la copa y se la ofrezca a los hinchas. El Bordó fue el mejor equipo del año. Finalizó líder de la fase regular con veinte puntos de ventaja sobre el Atlético de San Isidro, el escolta. Acumula un invicto de 25 partidos, con 24 victorias y un empate. Además, venció las tres veces que se midió con Alumni e Hindú y las dos que confrontó con el CASI, el cuarto equipo clasificado. Impactantes números, acompañados por un estilo de juego contundente, vistoso la mayoría de las veces. Un equipo de frac que también sabe arremangarse y trabajar duro. “Estos partidos son muy chivos y creo que Newman aprendió a jugarlos”, señala Gonzalo Gutiérrez Taboada. Un símbolo de este equipo. Que la pasó mal en otras temporadas y que viene de superar, con su familia, un momento delicado en la salud de su hija, de apenas tres meses.
En bicampeón tiene otro mérito: supo llegar a la cima, le costó años, esfuerzo, dedicación, pero llegó. Y una vez allí ubicado, también supo mantenerse. El título de 2025 no lo relajó, tampoco lo conformó. Encaró esta temporada con el mismo rigor, la misma disciplina e igual hambre de gloria. Eso explica su paso arrollador. Sustentado en el compromiso de todos y la convicción de que los éxitos son la consecuencia del trabajo colectivo. Todos en Newman tienen bien claro que la camiseta es más grande que las personas que tienen el privilegio de usarla.
El sistema de competencia con play-off no es el más justo, aunque este año se haya hecho justicia, de punta a punta. Pero es una fiesta cuando llega esta instancia. Una fiesta multitudinaria, policromática… Que en las dos últimas ocasiones se tiño de bordó al caer la tarde. Bordó con pinceladas naranjas y verdes. Y sin páginas negras, afortunadamente.
