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MELBOURNE.- El calvario físico persiste hasta el último punto. El sufrimiento se transforma en desilusión. Y entonces cae el Rey. Se rinde el Nº 1 y triunfa uno de los últimos románticos del revés a una mano. Increíble, sorpresivo. Es la capitulación de Rafael Nadal y el primer salto a la gloria de Stanislas Wawrinka, el tapado. El hombre que también pudo quebrar la hegemonía de los fantásticos, como lo había conseguido Juan Martín del Potro hace cinco años en el US Open. Lo que sucedió después de la entrega de premios del Abierto de Australia fue todo un símbolo: Pete Sampras se acercó a Rafa y lo consoló por ese dolor en la espalda que le arruinó el cierre del torneo. Justamente Sampras, poseedor de 14 títulos de Grand Slam, uno por encima del mallorquín, que tenía la chance de igualar al norteamericano y quedar a tiro de Roger Federer, el máximo ganador, con 17 Majors. ¿Qué habrá pasado por sus cabezas durante ese saludo, con esa competencia que entablan en forma paralela con la historia más brillante del tenis?
De nuevo fue un telón con lágrimas para Rafa, quizá porque el destino se empecina en jugarle una mala pasada en el Melbourne Park. En 2010, año de su defensa del título, abandonó cuando caía 3-0 en el tercer set frente a Andy Murray en cuartos de final, por una molestia en la rodilla derecha. En 2011 aguantó a duras penas una rotura fibrilar en los isquiotibiales de la pierna izquierda y perdió en cuartos ante David Ferrer. En 2013 observó el torneo desde la casa, convaleciente de la operación de la rodilla izquierda, que le demandó siete meses. Esta vez, como contó luego tragando saliva, se le "clavó la espalda". Pero siguió jugando, porque no soporta abandonar, y menos en una final de Grand Slam, aunque la lógica recomendaba saludar anticipadamente al rival y al umpire.
Las molestias empezaron en el peloteo, en el momento de sacar, e hicieron daño en serio cuando servía 0-2 en el segundo parcial, después de haber cedido 6-3 el primer set. El pinchazo lo dejó doblado, y lo obligó a retirarse al vestuario tras el pedido del fisioterapeuta. Cuando reapareció en cueros para reanudar el partido, el público lo abucheó y el estadio Rod Laver quedó patas para arriba. El escenario se modificó por completo a partir de entonces. El mundo del revés, con el suizo definitivamente dominante y Rafa sacando con kick a sólo 120 km/h. Inmóvil y restregándose los ojos por la frustración, incluso sin los "tics" que realiza antes de cada servicio. Sin fuerzas para impactar con su zurda prodigiosa y preguntándole al tío Toni: "¿Qué hago?". Su desconcierto era total.
Wawrinka también se debatió en una lucha interna: había que rematar a un gigante atontado por el dolor e imposibilitado de moverse, más allá de su recuperación a medias desde el tercer set. El oriundo de Lausanna absorbía la presión como podía y corría el riesgo de quedar en ridículo. Le costaba reasumir el papel protagónico porque se medía ante una leyenda, un torero de genética distinta. Encima, no salía de la perplejidad porque nadie le había dado explicaciones acerca del raudo escape del rival al vestuario. Luchaba contra sus fantasmas del pasado. Aun con un nerviosismo que amenazaba con agravarse en pánico escénico, Stan The Man terminó imponiéndose en 2 horas y 21 minutos por 6-3, 6-2, 3-6 y 6-3. De esa forma firmó su primer éxito sobre Nadal tras 12 derrotas en los choques entre sí y se creó un espacio, el primero, en el sitial de grandes campeones. Ya no es "el suizo que pierde", como graficó simbólicamente Wawrinka en Buenos Aires, en la comparación desigual con Roger Federer. Es más: ahora es el número 3 del mundo y su coterráneo retrocedió al 8º lugar, toda una paradoja. Sus méritos son enormes, porque fue el primer jugador en vencer a Nadal y a Novak Djokovic en un torneo de Grand Slam. Un gran salto de calidad para un diestro de 28 años que, en la madurez de su carrera, se quitó para siempre su fama de blando. Hasta aquí sólo había obtenido cinco títulos menores, el último de ellos en Chennai a comienzos de año. Ahora se destapa con su primer Grand Slam como 8º preclasificado. En este proceso resultó clave la gestión del sueco Magnus Norman -ex entrenador de Robin Soderling-, que lo devolvió al lote de los ocho mejores del mundo y, por sobre todo, le inyectó una dosis enorme de confianza para darles más pimienta a ese revés fenomenal y a esas derechas que pesan como las barras de acero.
Este Rafa desconocido, petrificado en el court y sin el fuego sagrado, se perdió de dar un nuevo zarpazo a la caza de Federer, que sigue observando a todos desde arriba en la carrera de Grand Slams. También, la chance concreta de ser el primer tenista en la Era Abierta (1968) en ganar al menos dos veces cada uno de los cuatro Majors. Pero atención: aun cuando jugara al ciento por ciento físico, no había ninguna certeza de que vencería al suizo, de un nivel altísimo durante todo el torneo y que derrotó al 1º y al 2º del mundo, hazaña que no se daba desde Roland Garros 1993, cuando Sergi Bruguera fue campeón luego de imponerse ante Pete Sampras y Jim Courier. El que disfruta hoy es Wawrinka, el que se animó a golpear en la mesa de los grandes. El tatuaje que tiene grabado en su antebrazo izquierdo, aquella frase del dramaturgo irlandés Samuel Beckett, se volvió realidad: "Lo intentaste alguna vez, fracasaste. No importa, inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor".




