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VENADO TUERTO.– Pasaba con los éxitos del Olimpia de Racca y Montecchia en la Liga Nacional de basquetbol, allá por 1996; se repite en cada Boca-River y es habitual ahora que Guillermo Coria insiste en sus hazañas. El termómetro deportivo de Venado Tuerto está en el céntrico cruce de Alvear y Belgrano. Allí, el bar del Riviera y el Café de la Esquina se miran de reojo y se reparten el entusiasmo de los venadenses por seguir las andanzas del Mago en París. Los dos lugares compiten con sus pantallas gigantes para atraer a los que quieren algo más que seguir un torneo o un partido por televisión y se van poblando desde temprano. "¿A qué hora es el partido?", pregunta un adelantado, "A las 8, dice el diario", responde el mozo.
La casa de los Coria, en Lavalle al 100, mantiene su intimidad a la hora del partido, por un pedido especial de Oscar, o Cacho, como lo conocen aquí. Ellos quieren ver a su hijo sin terceros ni observadores que condicionen sus reacciones naturales ante lo que hace Guillermo a miles de kilómetros. Entonces, los medios locales y los cronistas, fotógrafos y camarógrafos llegados para la ocasión desde Buenos Aires o Rosario buscan reflejar las sensaciones del pueblo en el clásico lugar de reunión. "Cada vez que algún deportista nuestro se destaca o hay un partido importante, la gente se junta en estos bares" asegura el conserje del hotel Riviera, y pronto se confirma el dato.
La ciudad vive de mil maneras la batalla del Mago frente al holandés -aquí nadie se atreve a pronunciar ese apellido complicado. A la vuelta, en Confecciones Menna, muestran orgullosos su vidriera con las remeras estampadas con la cara de Coria y preguntan de vez en cuando cómo va la cosa. Los "responsables" caminan hacia sus trabajos, pero espían desde la vidriera de los bares el resultado parcial. Adentro, las pantallas y los avatares del ídolo local son lo único que importa.
Kevin muestra una carpeta forrada con la foto de Coria y mira por última vez el partido mientras encabeza el regreso de sus compañeros al Instituto Santa Rosa. La profesora de historia los acompañó a ver los primeros sets, pero es hora de ir a estudiar y los llama desde la puerta; el resultado se irá averiguando como se pueda.
En la pantalla Coria no puede con el saque de Verkerk y los gritos de aliento se van espaciando hasta hacerse resignación. "No está muerto quien pelea", dice un sabio de ocasión cuando el Mago quiebra el saque en el tercer set, pero el holandés vuelve a aplazar los ánimos hasta ese tie-break que sentencia la derrota. El aplauso es cerrado y emotivo. Mezcla de reconocimiento y orgullo. Muchos tiene sus cinco minutos de fama ante tanta cámara de TV y explican ante los micrófonos que la misión está cumplida, que el Mago llegó más lejos de lo que todos esperaban.
A pocas cuadras, en la casa de los Coria, Oscar abre la puerta a todos y le quita dramatismo a la derrota: "Le tocó perder, pero estamos felices. No sé si influyó en su ánimo que casi le haya pegado con la raqueta a la chica que alcanza las pelotas. Después, cuando hable con él, me voy a dar cuenta, por su tono de voz, si eso lo afectó. Más allá de todo estoy orgulloso de mi hijo y de lo bien que trabajaron Luli Mancini y Jorge Trevisan. Guille no perdió rendimiento en los partidos que duraron más de una hora y media y ése es un paso gigante", dice Oscar, que hoy irá a recibir al Mago a Rosario, y de paso acompañará a su otro hijo, Román, que rendirá su primer parcial de Economía en la Universidad.


