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Está en el aire, se huele casi el clima al ingresar en Abolengo. Se percibe el buen momento en una sensación que parece mezclar la paz de todo haras con el movimiento que generan los interesados en comprar un producto de 2 años.
Hay un grupo de cordobeses allí, seguro que con la misma esperanza que todos los que inspeccionan un potrillo. Pero son cordobeses, como aquellos que se unieron alrededor de Candy Ride, hace poco también un potrillo en exhibición en ese parque, devenido ahora en la sensación de un turf tan competitivo como el de los Estados Unidos.
"No vamos a hacer remates este año y tampoco lo hicimos el año pasado", aclara Alejandro Menditeguy, uno de los propietarios junto con su sobrino Julio, y fundador de la cabaña en 1966, a poco de recibir a LA NACION, como para dejar sentado que el fenómeno Candy Ride no modificó una política comercial.
Camino de la padrillería para observar a Ride the Rails, el padre del zaino que ahora entrena Ron McAnally, viene a cuento otra política que no cambia en Abolengo: la que se aplica a los sementales.
-Se tiene la impresión de que aquí hay más paciencia con los reproductores que en otros haras.
-Abolengo no se juega todo a una generación. Apoyamos y defendemos a los padrillos. El año en que debutaron los hijos de Equalize le dimos la misma cantidad de yeguas y de ella salió Esperada. Reverente perteneció a la octava camada de El Virtuoso, que terminó dando cinco campeones.
-¿Cuántas yeguas se ofrecerán a Ride the Rails este año?
-Alrededor de 90, de las cuales la mitad es propia. Los tres padrillos nuestros (los restantes son Halo Sunshine y Acceptable) tendrán unas cuarenta yeguas cada uno. Para Ride the Rails aumentó la demanda de otros criadores.
Un cimbronazo fue aquel de Equalize, el semental que lo tenía todo para ser un éxito desde el arranque (nunca antes había servido aquí un caballo que combinara pedigree y campaña como él) y cuya primera descendencia defraudó. La explosión del tordillo, desaparecido en 2001, llegó después, con Muñecote, Espaciado, Chullo, Peasant... "Con Ringaro fue al revés, empezó con Punk, y lo mismo le pasó a Liloy, que tuvo a I´m Glad", hace memoria Menditeguy.
Para un haras de la dimensión de Abolengo, Ride the Rails había producido poco, con cinco generaciones en la pista. Ahora, Candy Ride parece darle más vigor a ese puñado de ganadores clásicos que lleva sus genes.
Agil, Ride the Rails se mueve en un piquete como si supiera que lo están fotografiando. "Tiene mucha calidad y temperamento, y lo transmite", describe el cabañero, mientras resalta el hecho de que Candy Ride es manso, a pesar de que Candy Girl, su madre, es hija de otro caballo de gran genio, como Candy Stripes.
La madre del crack dio a luz este año un macho prematuro que murió a los dos días. La próxima preñez está aún en proyecto, y Menditeguy augura y sorpende (o quizá no tanto): "La idea es que Ride the Rails la sirva en Estados Unidos". Una victoria en el Classic de la Breeders´ Cup, el 25 del mes próximo, dispararía la venta de ambos. Abolengo es un productor y hay transacciones que son un golpe a la mandíbula en un plantel, tanto como se necesitan para avanzar.
La cabaña, como todas en este país que es quinto en el mundo en nacimientos por año, seguirá su búsqueda del mejor sangre pura de carrera, desde hace un tiempo con su grupo de veterinarios que tiene a Juan Cortés a la cabeza, surgido de la Universidad de Río Cuarto. Sí, claro, de Córdoba, la provincia en la que inició el camino soñado Candy Ride, el caballo que ilusiona a los argentinos (no sólo criadores) con el final más feliz.


