El turf, con el caballo cansado

Julio Guimaraes
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31 de diciembre de 2001  

Cruzó el disco de 2001 el turf argentino y lo hizo empobrecido, al tranco, igualito a aquellos caballos que llegan a la raya exánimes, desplomados.

Pero lo consiguió, y aunque parezca consuelo de tontos eso tiene algún valor si se considera que a lo largo de la temporada la industria pudo haberse quedado por el camino; como aquellos pingos que se quiebran en el codo.

Aquí estamos, entonces, escribiendo todavía sobre carreras de caballos y caballos de carrera; haciendo balances cuando faltó poco para que estas líneas no existieran.

El turf no rodó, pero apoyó rodilla en tierra, con hipódromos, criadores, propietarios, jockeys, entrenadores y demás trabajadores del sector que más de una vez meditaron -meditan- si valía la pena, si podían seguir haciendo esfuerzos para seguir en carrera o ya era tiempo de cambiar de rubro.

Fue un 2001 durísimo para la hípica, que arrancó con una crisis heredada desde 2000; cruzó el umbral del colapso financiero, se aferró a ilusiones, fue crédula y desconfiada; hacia fin de año redescubrió que su espectáculo aún tiene inmenso poder de convocatoria y cerró el ciclo como lo había empezado: luchando contra una parálisis.

Fueron 52 semanas donde se vivió en peligro, con demasiado para olvidar, excepto imágenes como las del día del Carlos Pellegrini con 40.000 almas en las graderías, que permitió volver a darse cuenta cuánto imán tienen los caballos.

Se trató de un año sin cracks llegados de otro sistema solar, aunque hubo material para entretenerse con Second Reality, Ice Point, Netherland y Petit Club, por nombrar algunos. Pero la buena onda que transmitieron los pingos y sus finales de cabeza a cabeza se hizo humo ante el desánimo provocado por auxilios oficiales que no llegaron a tiempo para sacar al turf de su embargo; rencillas internas entre la dirigencia y esa vieja costumbre de poner el carro delante del caballo.

La industria, incluso, tuvo su propio gaterazo allá por mitad de año, cuando los trabajadores ganaron las calles en señal de protesta. La Plata continuó viviendo a costillas del Estado bonaerense; San Isidro se modernizó desde lo hípico y Palermo, para contar sus logros, pues sus frustraciones llevarían varias columnas, plantó su bandera en la pantalla chica, aunque fuera en la codificada. ¡Fuera 2001! ¡Bienvenido 2002! Me apuntan que es capicúa. Ojalá cambie la suerte.

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