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La deliciosa columna de María Esther Vázquez, publicada el domingo último en La Revista de LA NACION, puede sonar a música en los oídos burreros. Sobre todo por ese fragmento que dice: "El primer diario que la reina lee cada mañana, mientras desayuna copos de maíz y avena con leche, es The Racing Post, publicación dedicada a comentar las carreras".
La escritora habla de "carreras", sin más, porque el sujeto de la nota, mezclado entre anécdotas de la ceremonia de presentación de credenciales de los embajadores, es el caballo, al que cada flamante diplomático convida con una zanahoria, como recompensa por haber tirado del carruaje que lo llevó al palacio de Buckingham.
El hecho de que la reina le dé ese lugar al Racing Post, cuyo link uno tiene en su lista de favoritos de Internet, para consultarlo a diario, como tanta gente del turf aquí, confirma lo que significa el caballo en las islas. El mitin de Ascot es "real": una serie de carreras dedicadas a la monarquía en el hipódromo que la reina Ana inauguró en 1711, y se sabe que allí está la cuna del sangre pura de carrera, acaso hoy con los campos de Irlanda como selectos para la cría.
Y si se trata de embajadores ante el Reino Unido hay que reparar en el de los Estados Unidos, su mejor aliado. A la vista de lo apuntado no parece casual que George W. Bush haya elegido para esa misión a William S. Farish, que además de ser amigo de la familia del presidente es uno de los más encumbrados turfmen de su país.
Residente de Kentucky, el embajador fue directivo del Jockey Club y del hipódromo de Churchill Downs, la sede del Derby, pero seguramente es su condición de dueño de la estación de montas Lane’s End lo que lo ubica entre los hombres más importantes de la hípica estadounidense.
La columna de María Esther Vazquez se refiere también a la devoción de los ciudadanos ingleses por el caballo. En nuestro país, en cambio, tal relación se mira de soslayo, por el nexo con el juego.
Quizá nos hagan falta algunos embajadores que salgan de la hípica para cambiar esa imagen, en lugar de algunos políticos a los que se premia con semejante cargo sin siquiera tener la gracia de estar cerca del animal más noble.



