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Hay personas cuyo nombre se convierte en sinónimo de la actividad que desarrollan y sobreviven a su desaparición física. Irineo Leguisamo, que hoy cumpliría 100 años, integra esa galería tras haber dejado su huella como un jockey de excepción durante más de cinco décadas en el turf.
Uruguayo de nacimiento -en Arerunguá (significa "los que perduran"), el 20 de octubre de 1903-, argentino por adopción -se radicó aquí en 1922 y falleció el 2 de diciembre de 1985- y crack por naturaleza, El Pulpo impuso su sello sobre los caballos de carrera. Se hizo ídolo, mito, leyenda; se convirtió en uno de los grandes deportistas del siglo último.
Legui traspasó las fronteras de la hípica. Por su clase al montar sobre los pura sangre y apilar numerosos triunfos y hazañas con su particular estilo de espiarlos desde atrás y aparecer en los metros finales con la fusta bajo el brazo, para ganar por una cabeza. Y por su calidad humana, que le permitió unir dos grandes pasiones en 1926, cuando quedó inmortalizado en las letras de un tango, "Leguisamo solo", que escribió Marcelo Papávera, estrenó Tita Merello y por siempre se escuchará en la voz eterna de Carlos Gardel, su gran amigo.
La amistad entre ellos había nacido en el hipódromo uruguayo de Maroñas, cuando El Zorzal le advirtió: "Tan chiquito, ¡qué va a ser buen jockey!" Después de esa broma, El Maestro se convirtió en el jinete exclusivo de sus caballos y en especial de Lunático, el mejor de todos. "Gardel era el único que me llamaba Mono, aunque sabía que no me gustaba. La única vez que me llamó así y no me enojé fue cuando me mandó a casa una enorme encomienda, con una tarjeta que decía «Mono, te mando un postre que te va a gustar». Comencé a abrirla, era puro papel y se achicaba cada vez más. Al final quedó una cosa chata y creí que era una pizza, pero era un disco sin etiqueta. Lo puse en la vitrola y me emocioné hasta las lágrimas porque era el tango que me dedicó. Nadie nunca cantó como Carlitos", recordaba.
Por su honestidad, esa que lo llevó a enfrentarse públicamente con quienes pretendían arreglar carreras, se ganó una legión de amigos. Todo lo vivió con una gran pasión, como cuando de joven era jugador de pelota a paleta o practicaba golf en sus últimos años de vida. Incluso, su trato a los caballos despertaba admiración en muchos y resultaba extraño para otros. Les hablaba, convencido de que podían entenderlo; se limitaba a taconearlo cuando quería que el ejemplar se jugara entero, pues le parecía gratuito pegar fustazos, y se oponía al filete, un instrumento que algunos colocan en la boca del caballo para que responda mejor a la rienda.
En su camino también hubo accidentes y los superó. "Son casi normales, pero hay que cuidarse mucho. Fueron como 16 en carrera y 3 en aprontes. Después de cada caída me quise mucho: masajes, calor, ejercicios... No tuve miedo nunca", explicaba. Y tampoco jamás perdió la humildad: "Hay que tratar de ser el mejor, pero no creérselo. El día que te la creés, perdiste", coincidía con Juan Manuel Fangio, el quíntuple campeón mundial de Fórmula 1, con quien mantuvo una muy buena relación.
Seguramente hoy, galopando en la eternidad, El Maestro recuerde más que nunca, con una enorme sonrisa, su primer éxito, en Salto, Uruguay. "Tendría unos 13 o 14 años y no recuerdo el mes, pero la yegua se llamaba La Mentirosa", comentaba. Aquella tarde, un largador de apellido Gallino lo vio inseguro sobre la montura del animal y lo juzgó: "Botija, buscate otra profesión porque para esto no servís".
Cuatro años más tarde, ya consagrado como jockey, Leguisamo volvió a su ciudad y se cruzó con el errado futurista: "Gallino, gracias a Dios su profecía no se ha cumplido", le dijo, con una cuota de ironía y sin perder la sonrisa. La barra, por siempre, completamente agradecida...
3202
victorias consiguió en la Argentina, incluidos 490 clásicos. Obtuvo 10 veces los grandes premios Carlos Pellegrini y Polla de Potrancas, conquistó 8 veces la Polla de Potrillos, se impuso en 7 oportunidades en el Jockey Club, venció en 5 casos en el Nacional y se adjudicó en 11 ediciones el GP De Honor, entre otros. Se calculan otras 800 conquistas en Uruguay.
1922
fue el año en que se radicó en la Argentina. Debutó en Palermo el 15 de agosto, cuando quedó no placé sobre Mina de Plata, y sumó su primera conquista cinco días después, en el mismo escenario, con el caballo Tamarisco.
70
años tenía cuando ganó en 1973. El 15 de diciembre lo hizo en Palermo, sobre la cruz de Bablino, y al día siguiente en San Isidro, con Mac Honor, y se retiró. Los dos caballos eran del stud Marti Juliet, propiedad de Ramón "Palito" Ortega.
21
fueron las estadísticas que ganó en nuestro país, las primeras 14 en forma consecutiva. Lideró desde 1923 a 1936, inclusive, y en 1939, 1941, 1942, 1944, 1945, 1950 y 1952.
7
éxitos en una reunión de 8 carreras obtuvo el 13 de diciembre de 1931, en Palermo. En la restante prueba llegó segundo.

