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Está allí Lelo Lemura, metido en la premiación del clásico Santiago Lawrie, que ganó Qué Felicidad. Es la primera vez que uno ve en esa ceremonia al capataz del stud de Dany Etchechoury, en Santa María de Ararás. Pero enseguida se cae en la cuenta de que no es así. Los trabajadores de las caballerizas son figuras omnipresentes en cada carrera. Merecen aparecer más seguido en las fotos los hombres que se pasan la vida al lado del sangre pura.
"Este es Bold Ruler", describe Ignacio Pavlovsky a este uruguayo de 68 años. "Todos los hijos salieron buenos", explica a continuación el director de la divisa brasileña. Pasemos lista: Alejandro es el encargado del haras de Mar del Plata y con él trabaja Matías. Gastón está con el padre en San Isidro; el cuarto -en orden no cronológico-, en La Pomme. "Tengo cuatro hijas, además", añade Lemura, que se plantó en ocho.
Cuando se elogia a Alejandro por sus conocimientos y manejo, y por la increíble paella que suele cocinar en Sierra de los Padres -de lo cual damos fe-, Lelo desafía: "Yo las hago mejor". Entonces, Pavlovsky se suma al cronista en el pedido para que lo demuestre. La excusa puede ser la celebración de esta victoria.
Lemura vino del otro lado del Río de la Plata "en los tiempos de Forli", y enfatiza el dato para que haya una referencia concreta sobre los tiempos. Nació en Las Piedras, donde el contacto inevitable con el caballo surge desde el hipódromo de esa ciudad, que fue la opción en las etapas de ostracismo de Maroñas y sigue su propio camino.
"De chico me dedico a esto; vine a la Argentina con un caballo, Matador II. Nos quedamos los dos", cuenta el capataz. Enseguida, a trabajar con Alfonso Salvatti y después Luis Villamil y Santiago Bedoya. Con este último compartió las alegrías que dio Paranoide, un fenómeno de la recta.
Sonriente, pero en silencio, Lelo va dejando el salón Macón, ese espacio que es tan suyo en los triunfos (solamente de Qué Felicidad hay que sumar dieciséis clásicos), aunque poco frecuentado por trabajadores de su tamaño.



