La tragedia de un hijo, el exilio buscado y los mil oficios: el señor de los caballos volvió a vivir

Tras la muerte de su hijo Adrián y después de 15 años en los Estados Unidos, Caroprese armó de nuevo un stud en Palermo
Tras la muerte de su hijo Adrián y después de 15 años en los Estados Unidos, Caroprese armó de nuevo un stud en Palermo Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Spivacow/AFV
Gustavo González
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15 de enero de 2019  • 13:12

La luz encandila en el stud de Roberto Caroprese, en Palermo . Las paredes blancas, la pulcritud que brilla, la limpieza, el orden. No parece una caballeriza con dieciséis caballos de carrera que asoman el hocico ante lo que para ellos es alboroto, dos visitas a media mañana que hablan, una toma fotos. De aquel apagón en la vida del entrenador en diciembre de 1997, que duró un año, no hay vestigio. Hubo (hay) una vida para él desde entonces, desde que su hijo Adrián incrustó su auto debajo de un colectivo 60 en la autopista Panamericana y San Martín y perdió su vida, mientras que la de su padre entró en un larga pausa. "Se ve que lo chocaron de atrás, porque tenía abollada esa parte. Me destruyó".

Sin ser el dolor de un padre, el que padeció el turf -que se quedaba sin un jockey, un prodigio de 19 años que ya se destacaba en una de las profesiones de mayor riesgo- fue inmenso. Tres días después de aquella fatalidad se corrió el Carlos Pellegrini, el clásico de los clásicos, y Roberto le regaló a Jorge Valdivieso, uno de los mejores jinetes de la historia, el casco y la fusta de Adrián, que el Rubio tuvo la delicadeza de llevar victoriosos con una yegua que había dirigido Adrián (y debió correrla en esa reunión) ese mismo día de carreras como no hay otro. Un homenaje. Las lágrimas merodearon en más de uno (Valdivieso y sus compañeros, sobre todo) y la ovación de las tribunas repletas fueron conmovedores.

"Era carne y uña conmigo. Yo venía con él en el auto y me bajé. Eran las 6 menos diez. Le dije ‘te acompaño a Palermo’ y me dijo que no, que yo fuera al stud de San Isidro. A las 6 menos cinco se mató. Era el hijo que estaba conmigo, dormía en mi casa o yo en la suya".

–¿Sentiste que te salvaste al no seguir en el auto?

-Noooo, qué me voy a salvar, yo quería ir con él; me hubiese querido matar yo y que él siguiera vivo. Qué me importa. Hace 21 años que vivo regalado, aunque la gente no me vea, la amargura que me corre por las venas no la sabe nadie. Es muy bravo, lloro a cada rato. Era un trabajador, cuando era chico lo tenía de capataz en el stud, cuando yo me iba afuera ganaba carreras (no presentando él los caballos), sabía de la profesión, manejaba a la gente a los 13 años. Yo soy muy trabajador de toda la vida y se lo inculqué a mis hijos.

Una profesión en la que Roberto se forjó solo, sin herencia. "No tenía familia de turf. A los 13 años vine a Palermo y empecé a trabajar con un cuidador, Valentín Rodríguez, recomendado por un señor al que llamaban El Vasco, tenía lechería. Me decía ‘Pelusa ¿Te gustan los caballos?’, pero a mí me gustaba jugar a la pelota, en Villa Urquiza. El que estaba cerca de los caballos era mi hermano Luis Alberto, por un tío que tenía reparto de frutas y verduras con un carro y salía con una yegua, una tordilla linda, "Chiquita", mestiza de carrera y andar, a la mañana. A la tarde mi hermano le ponía una montura y salía por el barrio. Luis Alberto canta tangos y le dedicó un video con una carrera de Adrián en San Isidro, cantando Por una Cabeza. Ni me imaginaba ser jockey, también la montaba, era un juego, me gustaba el campo, ordeñar por Capitán Sarmiento, San Antonio de Areco, Las Heras. Un amigo, Américo, de San Antonio de Areco, me trajo a Palermo a los 12 años. Terminé la primaria y me vine. El secundario lo hice de noche hasta cuarto año, no me gustaba estudiar. Me presentó a Rodríguez. Ahí hice la amistad con Aníbal Etchart, me traía todos los días, es como mi hermano, amigo de toda la vida, yo tenía de peón una yegua que se llamaba Sultania y le pedí a Rodríguez que la corriera Aníbal, mi ídolo, un tipo sencillo, buenazo, me emocionaba verlo ganar. Se la dio, y ganó, no sabés cómo lo grité".

La gente del turf que empieza a cruzarse en la vida de Caroprese es decisiva, todo lo opuesto al destino que lo esperaría en los primeros meses después de la muerte de Adrián. "Me fui a San Isidro a trabajar con Héctor Padula [el jockey de Yatasto] porque si no me quedaba muy lejos la escuela, que dirigían Alejandro Lhuillier y Juan Araya.. Me dio a Pistacho, que ganó como seis o siete, Apenas egresado corrí a Casú, un caballo de Juan Carlos Dabul, y gané un par de carreras. Luego volví a Palermo y le empecé a montar a Roberto Pellegatta; gané la primera como aprendiz, en 1970. Me costaba ganar, era otra cosa, había 40 jockeys de primer nivel y los cuidadores no les daban muchas montas a los aprendices. Tenías que destacarte para que te dieran montas. Pellegatta me ayudó mucho, me enseñó todo lo que aprendí en mi vida, y yo soy muy agradecido, es como un hermano para mí, igual que Aníbal. La primera carrera como jockey la gané también con él, con Good Song. Trabajábamos con él Pablo Sahagian, Omar Labanca, Oscar Ayude, Rogelio González. ‘Pela’ nos enseñó mucho, todos salieron de su "escuela".

El primer impasse en la vida y en la profesión para Caroprese fue también violento, feroz, su carrera entraba en un laberinto de internaciones y convalecencias. Primero, un accidente de auto gravísimo, que se volvería casi metafísico, por lo que ocurrió años más tarde: "A los 23 años tuve un accidente enorme, con pérdida de conocimiento. Estuve dos meses en terapia intensiva. Venía a trabajar desde San Isidro a Palermo y choqué en el mismo lugar que mi hijo 20 años después… Panamericana y San Martín. Se me levantó el capot, me agarró otro auto de atrás, tuve cortes en la cara, siete u ocho meses sin correr". Lo revela de un tirón, como si quisiera dejar el tema como al pasar, como para que nada se compare con la muerte fatal de Adrián. Y le sumó "16 o 17 rodadas" (resopla cuando se le pregunta cuántos huesos rotos sumó) entre 1970 y 1978. Por eso en total, calcula, pudo correr tres años. "Además era muy pesado". Y si alguna vez anduvo en un camino incorrecto en las carreras ("pero nunca me suspendieron", enfatiza), a su hijo le enseñó que se llegaba al éxito por el la senda recta.

Con la muerte de Adrián aquel 17 de diciembre de 1997, empezó la segunda parte de la vida de Caroprese. Primero, más de un año en tinieblas, presa de la depresión. "Cuando murió Adrián me mató a mí. Vivo gratis hace 21 años, no quería seguir, pero como tengo amor propio y más hijos y tres nietos ahora... Dejé todo, no cuidé más y al año y medio me fui. No quería estar más acá, lo veía en todos lados. Me encerraba en mi casa, no veía a nadie, me aislé. Me fui a Estados Unidos porque no le encontraba sentido estar acá. Me fui sin nada, como un aventurero más". Había desaparecido un jinete que pintaba para ser de los mejores, pero también sucumbió un entrenador y el hombre que lo había formado, que lo hacía trabajar a destajo, escalando a toda velocidad las tribunas de San Isidro para fortalecer las piernas, concientizándolo para fortalecer la mente. "Formé un jockey que nunca iba a hacer una cosa rara arriba del caballo; Adrián era una estrella, no se acercaba a lo malo del turf, no tomaba, no fumaba, se dedicaba a la profesión. Era muy buen jinete, buen opinador, se bajaba de un caballo y te decía ‘le duele una mano’ y le dolía una mano. No sé hasta dónde hubiera llegado. Ganaba todos los días, clásicos. Ganaba con Miguel Pérez, los Etchechoury, hizo una revolución. Dejó de descargar en tres meses y siguió ganando".

Adrián, a la izquierda, con Jorge Valdivieso y Gonzalo Pascual; la chaquetilla de Santa María de Araras
Adrián, a la izquierda, con Jorge Valdivieso y Gonzalo Pascual; la chaquetilla de Santa María de Araras Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Spivacow/AFV

Fue duro el comienzo en Miami, qué otra cosa. Con el ánimo por el piso, Caroprese empezó con lo suyo, el turf: "Me fue bien, fui peón, groom (caminador); como galopador no podía porque estaba deprimido. Me fui solo, yo estaba divorciado desde que Adrián tenía 6 años. Empecé en Hialeah. Busqué a un cronometrista, Jorge, de San Isidro (no recuerda el apellido), fue al primero que vi, me dio una mano grande, me sacó los papeles. Trabajé con él en los barcos de Royal Caribbean. Uno va a Estados Unidos a trabajar, no me interesaba lo que pasara con mi vida. Después aparecieron el Chato Centeno y Mora, su mujer. Me consiguió trabajo de assistant trainer con un cuidador". Víctor Centeno, peruano, fue un jockey espectacular en los 60 y 70 aquí y está radicado en Florida desde hace décadas, como agente de jinetes. "Después me fui a Calder, compré una yegüita Miss Kiper Kity en un claiming. Corrí tres semanas seguidas y gané tres carreras. Me dieron otra yegua, pero no cuidé más". Eso fue en 2004. En el tiempo que entrené, nunca vi un tipo que opinara como el venezolano Isaac Medina. Acertaba la trifecta derecha mil veces; te decía ‘mi caballo hoy no va a perder y no perdía’, me quedé a trabajar con él. Yo sé si un caballo puede ganar porque tengo oficio y estuve al lado de gente que sabía, pero no juego un peso".

"Esta es una profesión muy sacrificada, en la que hay que estar todos los días, la gente no te perdona. Es lo que le gusta a uno, la pasión de uno", describe Caroprese, con el manuel sencillo de la experiencia. "Wilson Moreyra me hace acordar a a mi hijo, tiene paciencia, siempre está bien ubicado, tiene buena postura, habla poco, tiene una buena familia, ganó todo. Hay muchos jockeys buenos, Valle, Da Silva, Chupino Noeriaga, William Pereyra". Su colaborador de todos los días es Ramiro García, de 21 años. "Es mi ahijado, hijo de Miguel, que conmigo ganó muchas carreras como monta oficial de La Pampita".

La competencia, el desinterés propio, fueron alejando a Caroprese de los caballos, pero él no dejó de trabajar. "Tuve una fábrica de empanadas, un restaurante. Las empecé a hacer yo, me iba bien, pero es un sacrificio, de 4 de la madrugada a 11 de la noche. Vendía 4 mil empanadas por semana, una locura. Se llamaba "Nona’s Empanadas’, aprendí a hacerlas de mi mamá, una tana que cocinaba de primera. Después tuve un restaurante pequeño, en 166 y Biscayne, vendía comidas para llevar, daba desayunos, empanadas, con 5 o 6 mesas, siempre a full, hacía matambrito, pollito, venían peruanos. Pero me agoté, me había casado, puse una escuela de tango con el presidente de un club, Juan Teramo, argentino, dábamos clases y los domingos a las 8 arrancaba la milonga". Sí, Roberto se casó en Miami con Carmen Botto, una peruana que lo acompañaría más de una década. "Gané un campeonato de tango en pareja con ella, que no sabía bailar en 2007; le enseñé durante un año y ganamos. Desde que llegué a Miami fui a bailar los domingos, y acá sigo, La Viruta, Canning, El Beso…".

El entonces exentrenador tenía tres trabajos y después de las empanadas y los restaurantes se dedicó a la construcción. Un argentino típico, hábil para casi todo, audaz. "Me enseñó mucho un cubano, Fermín, y me largué solo. Saqué licencia para pintura y pinté departamentos en Sunny Island, Aventura; aprendí a poner pisos, trabajé en toda la Collins, ganaba bien. Vivía en Boca Ratón con Carmen. Tengo la residencia permanente hace muchos años, pero no me quiero hacer ciudadano, por eso vuelvo cada 6 meses. Nunca volví al hipódromo. Estuve 15 años en Estados Unidos y solo el primero trabajé en las carreras, los otros 14 fueron gastronomía y, más que nada, la construcción".

Cuando parecía que el ancla en el Caribe nunca se iba a desenterrar, apareció Emiliano, uno de sus hijos, con su amigo Patricio, un hijo del alma para Roberto. "Volví a Buenos Aires en 2016 porque Emiliano me vino a buscar con este proyecto; mi mujer no quiso venir, pero todo fue en buenos términos, nos separamos porque debía ser así". El costado amargo de la vuelta. "¿Cuánto más podía trabajar en la construcción en Estados Unidos a los 65 años? Me dolía hasta el pelo. Trabajaba en cualquier lado y para volver era una hora y media de viaje siempre. Trabajaba los sábados y algún domingo..." Emiliano y Patricio licitaron el stud de Palermo en 2016 para que cuidara Roberto de regreso, con las heridas restañadas. "Compramos los primeros caballos, una yegua de La Pasión que cuidaba Carly Etchechoury, ganamos dos carreras. Luego, algunos potrillos, ganamos con Trendy Man, Dinah, que ganó y se vendió a Estados Unidos. Los colores los eligieron mis hijos. Todos me ayudaron mucho. Empecé en marzo de 2017". La chapa afuera de la caballeriza, la figura del jockey con los colores negro y blanco estampados arriba del nombre, "Adriancito", da la bienvenida al lugar en el que Roberto Caroprese volvió a ser Roberto Caroprese después de ser otros, muchos, en un destino impensado, sin hablar el idioma, sin futuro.

Dice "empecé acá en marzo de 2017". Nadie lo puede desmentir.

El aprendiz Ramiro García, el jinete que cada mañana trabaja con Caroprese y ya ganó con un ejemplar suyo
El aprendiz Ramiro García, el jinete que cada mañana trabaja con Caroprese y ya ganó con un ejemplar suyo Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Spivacow/AFV

La venta de empanadas, el restaurante propio y una leyenda del béisbol

Caroprese supo exprimir su audacia para sobrevivir en los Estados Unidos. Después del restaurante, siguió inventando recursos: "Saqué licencia para pintar departamentos en Sunny Island, Aventura; aprendí a poner pisos, trabajé en toda la Collins, ganaba bien. Vivía en Boca Ratón con Carmen. Tengo la residencia permanente hace muchos años, pero no me quiero hacer ciudadano, por eso vuelvo cada 6 meses. Nunca volví al hipódromo. Estuve 15 años en Estados Unidos y solo el primero trabajé en las carreras".

En 2005, Sammy Sosa, el "pelotero" leyenda de Chicago Cubs en la MLB, apareció en la vida de Roberto Caroprese por casualidad, como todo lo que a este le sucedió en ese país, salvo trabajar sin descanso. El dominicano, que tuvo el récord de home-runs, es una especie de Martín Palermo, pero sin fanatismos ni grietas alrededor. "Fui a trabajar a un lavadero de autos de bacanes en Aventura, quería subirme a un Rolls Royce… Sosa pedía que le lavara su auto y me regalaba 100 dólares. Le pregunté si tenía algún trabajo para darme. ‘¿Sabés pintar?, vas a pintar mi casa’, me dijo. Me llevó a Sunny Island, un departamento… una mansión. Se hizo mi amigo. Me llevó a trabajar a su casa de las islas Caimán, estuve dos o tres años con él".

Lavacopas, peón de stud después de haber sido entrenador. También recorrió gran parte de Estados Unidos con "una casa rodante. Michigan, Chicago, Las Vegas, adonde iba trabajaba, si había que lavar copas lo hacía.

El largo viaje de Caropresese, circular, volvió a las carreras de caballos, el mundo que había elegido.

"No venía de una familia de turf; a los 13 años empecé a trabajar en Palermo
"No venía de una familia de turf; a los 13 años empecé a trabajar en Palermo Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Spivacow/AFV

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