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Al principio creyó que todo formaba parte de una fantasía. El Señor de los Anillos, Robin Hood, Cruzada, el Rey Arturo. Se sumergía en mitos, leyendas y ficciones medievales. Repasaba con fascinación páginas, películas y relatos sobre el tema. Quizás soñaba con ser Legolas, aquel elfo de puntería infalible. Hasta que un día, alguien le comentó que todo era realidad. Que la arquería era un deporte a su alcance, para sentir en cuerpo y alma. "Me enteré y fui corriendo a anotarme. Siempre fui un fanático de todo lo referente a la Edad Media", confiesa Francisco Rodríguez Sas, que terminó escribiendo una historia mágica. A su manera, quedó en los libros: a los 15 años se convirtió en el primer atleta de tiro con arco en conseguir una plaza olímpica para nuestro país. Gracias su gran actuación en el certamen clasificatorio de Wuxi, en China, habrá un compatriota en los Juegos Olímpicos de la Juventud 2014, en Nanjing; el lugar puede ser ocupado por él u otro argentino menor de 18 años. En cualquier caso, obtuvo lo que nadie desde los albores de la década del 70, cuando la arquería nació en nuestro país.
Aunque quisiera, Francisco no se mueve como un cazador furtivo por el bosque de Sherwood. Su hábitat natural es el Club Universitario de Arquería (CUDA), en las entrañas de Ciudad Universitaria. Allí se entrena seis veces por semana, tres o cuatro horas por día, siete horas los fines de semana. En esta etapa de concentraciones con el equipo nacional puede disparar hasta 1800 flechas en esas seis jornadas. No importan las condiciones climáticas, si apareciera el frío, el calor, las ráfagas o la lluvia. Su obsesión figura siempre a 30, 50, 60 o 70 metros de distancia: la cuestión es atravesar una y otra vez esos paraflechas de paja con sus respectivos blancos, elementos que remiten a tiempos inmemoriales.
Le encanta el ritual de la disciplina. Carga una flecha y su cabeza ya activa un proceso de visualización. Observa mentalmente la dirección de su disparo y dónde impactará, en un juego de compensaciones con el viento. Abre el arco y apoya la mano derecha debajo del mentón. La cuerda queda pegada contra su boca, calibra su ojo derecho con la mira y pronto ingresa en un nuevo trance. Enseguida suelta esa flecha, que viaja a 200 kilómetros por hora, y vuelve a respirar. Es una ceremonia que no dura más de diez segundos. "A veces lográs una conexión con tu arco. Cuando impactás en el lugar que buscabas se produce un efecto increíble. Tenés esa sensación tan difundida de que las flechas se llevan parte de tu alma", relata Francisco, que cursa el tercer año del secundario en un colegio de su barrio, Villa Pueyrredón, y debe hacer malabares para congeniar estudios y entrenamientos.
La arquería tiene sus particularidades porque no triunfa el más técnico, sino el que mecaniza mejor. Por eso es que la supremacía de este deporte olímpico corresponde a los orientales, tal vez más disciplinados que nadie para repetir una rutina con exacta precisión. "Una vez que desarrollás una técnica bien hecha, lo necesario es tener una repetición perfecta del movimiento. Es decir, ser capaz de ejecutar todos los disparos en el mismo tiempo, de la misma manera, respirar igual, pensar siempre lo mismo y estar invariablemente concentrado en el objetivo", apunta Francisco, que sorprende con su madurez para encarar su carrera deportiva. Jura que quiere seguir disparando hasta subirse a un podio en unos Juegos Olímpicos de mayores. "Claro que puede, le faltan músculos y seguir creciendo, pero todo a su tiempo", asegura Filippo Clini, entrenador italiano que llegó a nuestro país para llevar al equipo albiceleste más alto en el plano internacional. "La arquería es un deporte introspectivo, una guerra interior. Cuando tirás la primera flecha de tu vida y no acertás en el amarillo, querés tirar más cerca del blanco. Y luego más cerca y más cerca. Es una sfida con te stesso [Un desafío contra ti mismo]", asegura Filippo.
En su corta trayectoria, Francisco ya identifica el mejor flechazo de su vida. Fue el que le dio la clasificación olímpica. "Estábamos en la última serie de tres flechas ante Bélgica y mi oponente consiguió dos 10 (en el centro del blanco) y un 9. Luego me tocó a mí: el primero fue un 10; el segundo, otro 10, pero había dudado antes de tirar. Y antes del tercero se levantó un viento importante. Pegué un manotazo, moví el arco para un costado y logré compensar. Ahí los chicos me gritaron ¡Entró un 10, entró un 10!" Más que fantasía, una realidad.



