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NUEVA YORK (De un enviado especial).- Entre la distracción, no se descarta terminar atropellado por la marea humana que va a sus trabajos en un martes laboral. Pero vale la pena detenerse justo en la esquina de 34 West Street y la Séptima Avenida, levantar la vista y contemplar una enorme publicidad de Nike con los 14 títulos grandes de Tiger Woods. Es un rápido y preciso recorrido de diapositivas en blanco y negro, desde aquel primer zarpazo de 1997 en el Masters hasta el US Open 2008, en Torrey Pines, donde el N° 1 aparece retorcido de dolor con su rodilla maltrecha. En el cartel sobra un buen espacio para nuevas conquistas de Grand Slam del californiano. Viene al caso: más gloria para el Rey es lo que justamente auguran los miles de simpatizantes que todos los días emprenden su camino a la Meca golfística de esta semana: la cancha del Bethpage State Park.
El trayecto comienza en Penn Station, debajo del Madison Square Garden, y finaliza en Farmingdale, en unos 55 minutos por las vías del Long Island Rail Road. Estas líneas se escriben desde el tren que une esos dos puntos, a 32 millas de distancia. En este vagón, por ejemplo, son mayoría los pasajeros con gorrita de golf, chomba -lisa o a rayas- y rigurosas bermudas caqui, azul o cuadriculada. Pero por la cantidad de gente vestida igual que se acumuló en la pista 21 para subirse a la formación, es seguro que el destino de casi todos es el torneo. Incluso, muchos cargan con la sillita portátil y los paraguas, decididos a recorrer la cancha aún en estos días de práctica. Hablan enérgicamente, la palabra "Tiger" se cuela cada cinco o seis frases, y el entusiasmo crece con el traqueteo de las vías. Allí van.
"Tome este tren para ir al US Open", recuerdan las señales luminosas desde dentro de los vagones y también en las estaciones, según van pasando. Por las dudas, los altavoces señalan la misma información y dan el aviso de bajarse en Farmingdale para no seguir de largo. Imposible perderse. La promoción del segundo Major del año bombardea en cada rincón y se expresa en todas sus formas: con afiches colgados en los techos de Penn Station, con cronogramas de trenes adicionales para el certamen y publicidades alusivas. Entre la inacabable oferta de espectáculos de esta ciudad, el US Open es la joya deportiva de la semana.
En la llegada a Farmingdale, adornada con escarapelas nortemericanas, el tren se desagota casi por completo. Espera una larga pero ágil fila de espectadores, entregados a los controles de tickets y a la detección de metales. Los celulares, los Ipods y los MP3 son los principales enemigos del golf y no van a traspasar los arcos magnéticos. Cualquier descuidado ya sabe que se separará de su aparato compañero por unas cuantas horas, a riesgo de perderlo. La siguiente etapa es subirse a algún ómnibus de la numerosa flota que cruzará las pintorescas casitas de Bethpage hasta llegar en unos cinco minutos a la tierra prometida .
Desde la entrada de la cancha pública continúa esta armónica coreografía de voluntarios, personal de la USGA y los troopers, los típicos policías norteamericanos de tierra adentro. Pero no hay por qué inquietarse si el espectador lleva su entrada correspondiente y camina por los sectores permitidos. Es el momento, entonces, de disfrutar del campeonato de golf más emblemático de los Estados Unidos junto con el Masters.


