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RIO DE JANEIRO (De un enviado especial).- A Vicente los recuerdos lo abruman. Se le adivinan en las arrugas tantas anécdotas propias, tantas historias de su familia. Su nombre no revela nada. Tampoco el puesto que ocupa como delegado del seleccionado femenino de fútbol que debutará mañana en los Panamericanos, en la apertura de las competencias. Pero su apellido dice mucho: Bonavena. Y esas ocho letras remiten a Ringo, esa gloria del boxeo argentino, su hermano menor.
"¿Recuerdos? Muchos ", murmura, y por primera vez se queda en silencio. Amable, gracioso, Vicente no encuentra rápido cómo recordar a Oscar, como lo llama él. "Lo primero que se me viene a la mente, justo, son los Panamericanos de San Pablo, en el 63 Aquella vez, cuando peleó con el americano Lee Carr y le mordió la oreja, lo suspendieron de la Federación. Pero Oscar estaba enojado: decía que Carr le sujetaba los brazos y no lo dejaba mover. Por eso lo mordió "
A los 70 años, a Vicente se lo ve vital; le llevaba cinco años a Ringo. Siempre jugó al fútbol ("era goleador, pero malo"). Se inició en las inferiores de Huracán, pero luego paseó por varios clubes del ascenso, en Once Caldas (dos temporadas a comienzos de la década del 60) y ligas regionales. Después estuvo a cargo de las inferiores de Huracán y fue vicepresidente de esa institución. "Si hasta fui goleador en Temperley, creo que en el 59. Lo mismo en Leandro N. Alem, en primera C. Me acuerdo de una tapa de El Gráfico de ese año, en que estábamos los goleadores de las tres categorías: Sanfilippo, un tal Suárez y yo. En casa la debo tener "
Pero enseguida vuelve a Ringo. "¿Si él era como aparentaba? ¡No, para nada! Oscar no era un canchero, sólo tenía salidas graciosas. Pero no era un fanfarrón." Lo que también asevera es el gusto por el buen vestir del boxeador. "Pero eso creo que era porque de chicos no teníamos muchas cosas. Oscar decía: ´Eramos tan pobres que una vez pisé un pucho y me quemé el pie . Así de gastadas teníamos las zapatillas", dice, entre risas, y sigue. "Iba a comprarse camisas a Rigard s, y le decía al gordo: ´Dame dos de éstas, dos de aquéllas , y así. Después nos las regalaba a nosotros. Pero era tanto el asunto que a mi vieja le tiraba los batones viejos; no le gustaba verla mal vestida."
No lo incomoda seguir con los recuerdos. Casi parece un juego traer la figura de su hermano. "Le gustaba ayudarnos. Una vez yo vivía en Necochea y me llamó Oscar, desde Miramar. ´Venite para acá a buscar el Jeep y llevátelo. Si querés, te lo quedás o lo vendés . ¡El se había comprado un Jeep para estar un mes en la playa y después me lo regaló! Era único."
Vicente pide disculpas; es hora de descansar. "A Don Julio (por Grondona) le dije que se quede tranquilo, que con las chicas una medalla ganaremos, aunque no sé de qué color", dice antes invitar a seguir la conversación en otro momento. Quizá siga buscando recuerdos desdibujados en una memoria que empieza a flaquear. Pero que sirvió para revivir unos minutos a Ringo Bonavena, un mito del deporte argentino.


