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La imagen definitiva del Gran Premio quedará representada en el tiempo, por el avance de dos coches separados por milésimas. Por unos pocos metros. A punto de soldarse en una nueva estampa de la casi increíble Fórmula 1, que no conoce el límite para el asombro.
Un Williams, conducido por el canadiense Jacques Villenueve, complicado a dos puntas. Con las cubiertas torturadas por un calos excesivo para el caucho elegido -el juego del tren delantero estaba a pnto de saltar en pedazos cuando la máquina estacionaba, definitivamente, al lado de la gloria- y una caja de velocidades díscola, que funcionaba cuando ella -la caja- quería. Y una Ferrari manejada por el irlandés Eddie Irvine tan potente, que en las últimas curvas lentas del círcuito número 6 se echaba encima del coche inglés. Como dispuesta a demostrar que todos sus pergaminos siuen hoy tan impecables y merecidos como cuando el viejo comendador hacía resonar la gruesa suela de sus claveteados zapatones, por las losas de la planta original de Módena.
En el medio, la gente, recuperada de la monotonía que durante la parte central de la carrera había aplastado a los que miraban, hundiéndolos en el silencio que rozaba el aburrimiento.
Un público atrapado por la conematógrafica persecuci`n que, como dirigida por un duende invisible, hacía flamear las banderas con el caballito encabritado. Conmovido por una batalla deportiva que pocas veces puede verse.
Y que seguramente estará compendiada en un telegráfico mensaje: "Dieferencia definitiva del primero al segundo: 979 milésimas". ¿Qué más?
Porque atrás de Villenueve y de Irvine, el Jordan-Peugeot de Ralf Schumacher no perdía distancias. No se trataba de un tercer hombre ajeno a lo que se discutía un poco más adelante. El joven Schumacher -con una trayectoria en esta categoría inferior a las cinco semanas- llevaba una máquina que confirmaba la propiedad de un motor (Peugeot) elaorado con una paciencia artesanal por una casa cuyos orígenes se remontan a las mismas raíces, que desembocaban en los primeros automóviles que caminan ensordecedoramente por el mundo. Un motor que, cuanto más caminaba, más rendía.
Tres pilotos, tres máquinas distintas. Tres estrategias en pugna. Por eso, las últimas 18 vueltas fueron de muy alto voltaje. Es que entre tres hombres y sus autos, se bastaban para generar el Gran Premio que, en una de esas, se convertirá, andando el año, en el más excitante del actual calendario. ¿Y antes?
Dos minutos después de la hora señalada, el pelotón reconocía el lugar con algún sobresalto y la primera transgresión reglamentaria, insólitamente dejada de lado cmo otras que iré ennumerando, por una autoridad que muchas veces peca de excesivamente rigurosa. Y que ayer apareció casi indiferente con la ley.
La máquina de Frentzen no arrancaba cuando debía. Su piloto, mal encolumnado, se adelantaría sin ser sancionado... Al apagarse las luces rojas, se salía. Todos querían ganar antes de la primera curva; aparentemente la impaciencia mortificaba ada vez más a la gente que corre, porque ni siquiera se esperaba a doblar una vez.
Camino del primer viraje, cuando tumultuosamente se formalizaba el frenaje inicial, el Prost de Panís, tocado por Michael Schumacher, salía catapultado hacia la derecha, para ir a leer más de cerca, los carteles publicitarios que por ese lado estaban. Por suerte, Panís podía regresar a la pista. Era una señal.
Al doblar, la Ferrari del ex campeón golpearía al Stewart de Barrichello. El del brasileño giraba hacia su derecha y tapaba el camino de la Ferrari; Schumacher perdía allí s auto mientras el brasileño, casi flemático, recomponía la línea y sin machucones mayores, seguía...
En la polvareda, además de la Ferrari, se perdía el McLaren de Coulthard, al que sin prejuicios se le arrancaba una rueda. Se agitaba una bandera roja (¿la tenía la autoridad máxima?), ingresaba el safety-car (pero con las luces apagadas, ¿se notaba esto?) y como a regañadientes, la columna trataba de ordenarse (aunque Panís en este tiempo de veda, se adelantaba, cometiedo otra infracción). Schumacher corría hacia el box, ilusionado porque seguramente se le había indicado que se detendría la carrera. ¿Qué pasaba ayer con Schumacher? Cuando se volvía a correr, también se le daba el paso al aburrimiento, porque al canadiense lo seguía Panís, que controlaba, perdiendo medio segundo por vuelta apostando a dos paradas, pero surgía un problema hidráulico y reventaba un radiador. Y Panís pasaba a oficiar de pasajero.
Villenueve tenía el control de la carrera. Irvine todavía estaba lejos. Se confundían Fisichela y Ralf Schumacher y aquél, enojado, regresaba a los boxes pateando el pasto. Se deshilachaba el pelotón. Pero entonces, en la vuelta 56, Villenueve paraba por tercera vez. Y los dos primeros coches quedaba muy cerca.
La carrera cobraba la misma temperatura de la tarde. Villeneuve no podía ir más rápido, porque el caucho del tren delantero corría peligro. A cargas iguales de combustible, la Ferrari era más veloz. Un duelo de inteligencias entre el canadiense que no quería perder y el irlandés que no se animaba a consultar con su box, si era conveniente atacar. A cinco segundos, aparecía el Jordan...
A mucha gente le dolían las palmas de las manos cuando bajaba la bandera a cuadros. Porque aquel remate había sido excepcional. Porque en tres podios, la categoría mostraba ocho pilotos diferentes.
La increíble alquimia de la Fórmula 1 pasaba por Buenos Aires, dejando un sello indeleble. Fantástico.
Raza de campeón. El canadiense demostró, cuando las circunstancias lo exigieron, poseer la estirpe de los grandes.
El pequeño Jacques Villeneuve ganó como los grandes: por la mínima diferencia.
Era nada menos que Juan Manuel Fangio el que siempre repetía una definición que es la más adecuada para entender lo que pasó ayer. "El mejor piloto es el que gana por la menor diferencia. Eso significa que llegó a la meta triunfador sin desperdiciar nada de su auto". Y a Jacques Villeneuve no le sobró realmente nada. Aguantó a pie firme el embate final de Irvine, lo aventajó por sólo décimas de segundo, pero siempre dejó la sensación de tener la situación controlada.
En verdad, fue el dominador del día, como lo había sido durante todo el fin de semana. Pero lo que hizo verdaderamente interesante al Gran Premio argentino 1997 fue que en las últimas 10 vueltas se electrizó el ambiente cuando el avance de la Ferrari de Eddie Irvine transformó toda la ecuación de los días previos.
Hasta ese momento, el brillo de la Fórmula 1 estuvo dado por la alta teconolgía, la estrategia de los equipos en las paradas a cambiar gomas, el asombro de la aceleración y las frenadas de estos vehículos de excepcional avance. Pero, de pronto, aparecieron las banderas y la emoción en las tribunas. La técnica dejaba paso a la lucha deportiva hombre a hombre. Villeneuve e Irvine, mano a mano, jugaron sus últimas cartas a fondo, a todo o nada en 10 vueltas que fueron el broche ideal para tres días de Fórmula 1.
Todo el mundo se preguntó, por un momento, qué pasaría en el autódromo de Buenos Aires si la Ferrari doblegaba al Williams en las últimas vueltas. Se podría haber asistido a una explosión de entusiasmo similar a la de Monza del año último, cuando ganó Schumacher con el auto de Maranello. Si la Argentina se parece a Italia, si gana Ferrari se hace casi idéntica.
Para frustrar esa sensación estaba el flemático Villeneuve y los no menos flemáticos mecánicos de Williams que le permitieron mantener el primer puesto en la última y decisiva parada en boxes porque trabajaron con una eficiencia suprema.
Y, en verdad, también se hizo evidente al final que Irvine no tenía el resto necesario para superar al Williams en la recta de boxes, único lugar realmente apto para pasar a otro auto en este circuito demasiado trabado para la Fórmula 1.
Villeneuve no tenía todo en su favor, sin embargo. No estaba en impecable estado físico por una fuerte intoxicación y sufrió, además, un impensado deterioro en sus neumáticos. "El compuesto que habíamos elegido era demasiado blando porque no calculamos que podía hacer tanto calor. Al final el auto estaba difícil de manejar", contó después de la carrera, con el tono sereno de quien relata un banal episodio de la oficina al cabo del día.
Esa misma tranquilidad es la que transmite en la pista, volando al ras del suelo. Es la confianza que distingue a los grandes pilotos, los que por algo son ganadores natos.
Villeneuve pertenece a esa raza y lo demostró ayer cuando hizo falta.


