
Algunas trampas hicieron historia
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El ingenio para burlar al fisco parece trabajar constantemente, al menos en América latina. Y la Argentina y Brasil parecen buenos ejemplos.
En nuestras tierras, uno de los casos más famosos fue el conocido como Koner-Salgado, en el cual la Justicia determinó que se habían fraguado y vendido a buen precio certificados de la promoción industrial.
Supuestas empresas radicadas en territorios promovidos tenían certificados de créditos contra la entonces DGI, que debería devolverles importantes cifras.
Esos créditos podían ser comercializados y usados por terceros para abonar sus propias deudas por impuestos. Pero todo terminó cuando se descubrió que los papeles eran truchos. Grandes contribuyentes -entre ellos multinacionales- optaron por acogerse a una moratoria y regularizar sus compromisos.
Viejos papeles
En Brasil, en 1999, se usaron maniobras para cobrar reintegros fiscales con certificados del tiempo de la colonia portuguesa.
A fin de cuentas, la operación de la llamada "mafia del oro" en la Argentina no fue más que un esquema para cobrar ilícitamente reintegros a la exportación y devoluciones por IVA que nunca se pagó.
Mientras que la mayor parte de las maniobras contra las administraciones tributarias consiste en tratar de pagar menos o nada, hay quienes con mayor suspicacia y temeridad encuentran el modo de quitarle plata a los recaudadores.
Incluso en el llamado "caso Samid", la Afip insiste en que los acusados se quedaron con los impuestos que pagaban otros y de los cuales los frigoríficos eran agentes de retención.
Ese esquema que inventó Carlos Tacchi, según el cual los contribuyentes se controlan unos a otros, y los más grandes -y fáciles de verificar por los inspectores- retienen pagos a los más pequeños, tuvo un resonante éxito en casi todos los sectores, pero fracasó en el de las carnes.
Y según la Afip enriqueció a un grupo de personas a las que ahora intenta cobrarles.
En todo caso, para quienes se precian de ejercer la "viveza criolla" o su equivalente brasileño, quitarles dinero a los recaudadores debe de ser una especie de meta dorada, que da prestigio entre los colegas.
Una especie de "sueño del pibe" antisocial y que puede terminar con quien lo practica en la cárcel.






