
Este texto obtuvo el primer premio en el Concurso Rincón Gaucho en la Escuela, por el nivel primario; la autora describe una geografía transformada por la inundación
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Antes de mi relato, quiero contarles que me llamo Erica, que soy descendiente de un papá pilagá y de una mamá wichi, que tengo trece años y curso el sexto grado en la escuelita de "nuestra comunidad", por decirlo así, ya que a ella pertenece mi papá y es la tierra de mi abuela paterna. Yo vivo aquí desde que tengo edad escolar. Vine a los seis años y siempre he sido muy estudiosa, a pesar de los problemas que tuve que afrontar desde chica, tal vez por el hecho de tener padres de diferentes etnias, cosa que yo no he elegido pero es así, lo cual a veces me pone pensativa o triste. Sólo la vida simple de mi pueblo me devuelve el ánimo.
Ah, me olvidaba de decirles: mi hermana tiene diez años y parece que la vida no la afectara, a pesar de que estamos en igual situación. Es que somos tan diferentes...
El relato que voy a compartir se refiere a un suceso natural que afectó este año a nuestra comunidad. No se trata de un cuento, ni de una fábula, sino de un hecho real que ocurrió aquí y en parajes aledaños. Fue una tarde en la que justo estaba sola en mi casa. Mi abuela y mi hermana se habían ido a Las Lomitas por provisiones, y yo quedé a cargo de los cabritos y cerditos. Ese día los animales me daban a entender algo que todavía yo no lograba interpretar: no querían retirarse del patio. Hacía calor y el sol pegaba fuerte cuando el agua llegó a torrentes y comenzó a correr por la cañadita que pasa por el frente de mi casa. La ruta corta esa cañada y por ahí pasan los vehículos que van a otros parajes.
Al ver el agua, entre marrón ocre y rojiza, entré en desesperación, pero Dios no abandona, pensé en silencio. Esa noche no pude dormir tranquila, los animales estaban inquietos y no tenían dónde ir, pero yo sabía que no todo estaba perdido.
Al día siguiente llegó mi abuela y decidimos corrernos al salón comunitario. Allí todavía estaba seco, pero en un día después el agua arrasó también. Para nosotros, los chicos, esto era más que divertido. Atrapábamos pececitos y chapoteábamos en el agua sin pensar en las consecuencias.
A los cinco días era insoportable tanta agua y aunque estaba clara, comenzaban a sentirse los olores nauseabundos de todo lo que arrastraba: chivos, chanchos y todos los animales del monte que quedaban atrapados en sus madrigueras y perecían. Y toda esa descomposición contaminaba el agua, lo cual para nosotros era algo increíble.
A la semana tuvo que salir toda la comunidad. El agua había avanzado por lo menos dos kilómetros más. Los maestros venían a vernos pero nada podían hacer. Sólo esperábamos la decisión del Creador, que el agua dejara de avanzar para construir la escuelita, decía el dire.
Unos ochenta centímetros de agua corrían sobre la ruta y tal era la gravedad de la situación que empezó a llegar gente desconocida que nos interrogaba y nos fotografiaba. Nosotros estábamos contentos porque todo era novedad. También vino ayuda de la Policía y del Ejército, con alimentos, chapas y carpas, con las que armamos nuestras nuevas viviendas.
Nos juntábamos a la noche para mirar películas con la video y la tele de la escuela, encendíamos un motor a nafta y asunto solucionado. Esos eran los mejores momentos, la única diversión en medio de tanta adversidad.
Así todas las noches. Nos juntábamos mientras esperábamos con ansiedad la construcción de la escuelita, que de a poco se iba armando.
La inauguramos con un rico asado de cordero el 19 de abril, el día del aborigen. Era una casita de cinco por cuatro metros, con estructura de madera y techos y paredes de chapas de cartón. Empezamos las clases de nuevo. Los maestros se quedaban con nosotros en una vivienda con techo y sin paredes, igual que las nuestras.
Redescubrir el paisaje
Algunas noches eran oscuras y lo único que se divisaba era el reflejo del agua, el croar de ranas y sapos y toda clase de gritos de las aves que llegaban con el agua. Con ayuda de linternas encontrábamos alguna cascabel que venía con la corriente. Algún hombre corajudo terminaba con ella y al día siguiente los chicos nos divertíamos cortándole los cascabeles. Pero estábamos avisados de los peligros que nos asechaban. Lo que sí nos causaba un poco de miedo era una leyenda de esta comunidad, que nosotros llamamos "Arco Iris", un gran misterio de la madre tierra y el monte mismo. Algunas veces, cuando andamos buscando frutos, animales o materiales para nuestras artesanías, divisamos a lo lejos una especie de vapor que viene de algún lugar inesperado. La intuición nos dice que no nos acerquemos porque puede aparecer "arco iris", una serpiente enorme que fluye feroz y maligna, y es capaz de tragarse a alguno de nosotros.
Cuando vemos esa señal de humo, corremos hacia atrás y no regresamos a ese lugar. Un hecho así pasó justo en esos días en que estábamos inundados. Vimos la señal cuando andábamos buscando chaguar y quedamos tan asustados los chicos que preferimos no intentarlo más.
Para terminar el relato del agua que corre sin llover, quiero contarles que este lugar se llama Bañado La Estrella, que años anteriores afectó a otras zonas y ahora nos cubrió también a nosotros. Estamos contentos a pesar de las dificultades que hemos tenido. Ahora nuestra tierra parece un Edén, por los arbustos y plantas nuevas que han nacido y eso es más que maravilloso, disfrutar de ese aire puro y fresco con olor a hiervas que nos regala la naturaleza.
La autora es alumna de sexto grado en la escuela N° 429. La Línea, Formosa.
Diversas lecturas de un mismo fenómeno
La inundación que describe Erica del Carmen López, la primera que afecta a La Línea, golpeó duro a la comunidad pilagá. "El agua vino con mucha fuerza", dijo el director de la Escuela N° 424, Rubén Rojas. Para los pobladores, el fenómeno responde al hecho de que el agua busca su cauce natural. Hay referencias de eso: a varios kilómetros de allí se encuentran riachos muertos por donde hace algunos años pasaba el río, cuenta el docente.
Coexiste, sin embargo, otro punto de vista que relaciona directamente las inundaciones extraordinarias que sufrieron varias comunidades con una obra hidrovial que encaró el gobierno de la provincia sobre la ruta 28 y que alteraría la dinámica y el equilibrio del Bañado La Estrella.
Según la asociación de productores de ese extenso ambiente (ocupa unas 400.000 ha en el noroeste de Formosa), tal construcción altera el equilibrio natural. Por un lado, afectaría la circulación y migración de diversas especies animales, por otro, generaría un área de inundación permanente. La obra de infraestructura en cuestión consiste en un terraplén sobre las cuencas del Río Salado y del Bañado La Estrella, usando como traza de la elevación la ruta provincial 28. La entidad inició diversas acciones administrativas y judiciales contra la obra, y también una queja ante el Mecanismo de Investigación Independiente del Banco Interamericano de Desarrollo, fuente de la que provino el financiamiento.
Las autoridades de la provincia aseguran que el beneficio de tal intervención es llevar agua a otras poblaciones (donde ahora hay un importante desarrollo agropecuario); recuperar la red vial y reactivar cauces de diversos riachos. Señalan, además, que el proyecto contempló una evaluación de impacto.
Desde un punto de vista geográfico esta obra está lejos de La Línea y tal vez por esa razón los pobladores locales no la vinculan con la crecida. Por otra parte, a diferencia de otros, ellos cuentan con la titularidad de sus tierras, por lo que no tendrían motivos para reclamar al gobierno por la declaración de la utilidad pública del Bañado La Estrella, que aún genera litigios.




