
La estancia Gavilanes, rodeada de maizales y monte, conserva el estilo del siglo XIX y atesora una rica historia familiar
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En medio de maizales y monte se esconde la estancia Gavilanes, más de 300 hectáreas, a 7 kilómetros de Pila, en el sudeste bonaerense. La huella del camino de tierra que lleva hasta el casco se pierde entre los cardales. Al final del trayecto aparece la tranquera y detrás de una guardia de eucaliptos añejos, la casona alegre entre la arboleda y los laureles florecidos.
Sólo se escucha el viento entre las hojas, que se asemeja al sonido de aplausos lejanos. Quizá vengan del pueblo, que el 21 de diciembre festejó con bailes y desfiles criollos sus 125 años de fundación. Tal vez sólo sea el murmullo de los pájaros que advierten que alguien ha llegado.
La construcción de estilo colonial parece sacada de un cuento. Grandes puertas y ventanas de color verde pino contrastan con el rosa viejo intenso de la fachada, conservado de acuerdo al color original que, a mediados del 1800 se lograba mezclando sangre de toro y negro de humo.
Las macetas con malvones recorren toda la vereda de ladrillos que rodea la casa. Frente a la puerta principal está el aljibe repleto de helechos que asoman por las rejas hechas con puntas de flecha; y después el campo que se pierde en el horizonte. En el interior, el tiempo no parece haber transcurrido del todo, es como si un letargo flotara en cada espacio. Algunos retratos viejos cuelgan de las gruesas paredes blancas, hay un farol a kerosene en cada rincón y también velas aromáticas. Una combinación de la tradición familiar de aquellos y estos años.
En una época donde todos eran familiares y los apellidos eran mucho más que largos, Juan Casco Girado compró una extensión de tierra que había pertenecido a su abuelo, Don Gregorio Girado, el Teniente de Blandengues que fue padre de Chascomús y pionero en la explotación ganadera argentina.
A fines del siglo XIX estas tierras aún eran amenazadas por los malones de los indios pampas, ya que constituían el límite del mundo conocido por los blancos. Sin embargo el Blandengue defendió su propiedad y la conservó para su descendencia. Pasaron décadas y el único heredero de este campo fue Oscar Aráuz Casco, nieto de Don Juan Casco Girado. Este joven, luego de ordenar todos los papeles con su abuelo (como debía ser), recibió centenares de hectáreas y una tapera. En su lugar construyó una vivienda sencilla pero encantadora.
Casi 90 años después, María Antonieta Aráuz muestra su casa con orgullo y nostalgia, es una mujer cortés y reflexiva. Cuenta animada la anécdota que le repetía su madre, Doña Antonieta, cuando conoció a Oscar Aráuz. "Papá era terrible, la primera vez que vio a mi madre, se le declaró. Ella tenía 17 años y por supuesto lo sacó carpiendo."
A fines de 1920, después de 6 años, Oscar volvió de visita a la estancia La Alameda, sobre la laguna de Chascomús, donde vivía su tía y su joven prima de la que estaba enamorado. Esta vez montado en su auto de carrera, con antiparras y mameluco, apareció por la entrada trasera del lugar a pedir por la muchacha. Los empleados pensaron que era un delincuente, pero conociendo las ocurrencias del sobrino de la dueña de casa, lo dejaron pasar y, finalmente, el encuentro dio sus frutos. "En ese entonces los amigos y los novios terminaban siendo los tíos y primos, porque las familias eran pocas pero grandes, y en alguna parte del árbol genealógico todos se encontraban", explicó María Antonieta. Siguiendo esta costumbre, luego de algunos meses de visitas desde Gavilanes hasta La Alameda, Oscar y María Antonieta se casaron.
Un misterio
El origen del nombre Gavilanes es un misterio, existen muchas versiones, pero sus actuales dueños suponen que en el lugar habitaba una gran cantidad de estas aves y por eso surgió el nombre. En algunos mapas de 1826, ya aparecía la mensura del campo con el nombre de Gavilanes.
María Antonieta ojea un libro del escritor Fernández Moreno, que en una noche de reunión en la estancia, le dedicó a su padre unas décimas: Tal, Oscar Aráuz, te vi/ seis días en Gavilanes/ no creo que pierdas ni ganes/ por lo que diga de ti/ De un trazo te pinto así: / respetuoso, respetado/ bien pensado, mal hablado/ la tristeza en la pupila... / ¡Toda la carga de Pila/ toda la sal del Salado!
Alejandro Aráuz, su hermano, revuelve mapas y documentos viejos, donde ya se mencionaba a sus antepasados; recuerda que sus primeros pasos fueron sobre el sendero de ladrillos que bordea la casa. Ambos coinciden en que descubrir y mantener vivas las historias familiares es una buena manera de defender el patrimonio cultural que iniciaron con su accionar aquellos hombres en las fronteras.
Originalmente un puesto de lucha por la tierra y la expansión, hoy un lugar que recuerda la historia de la naciente provincia de Buenos Aires y las costumbres de las primeras familias que consolidaron el territorio argentino.






