
Expertos de Illinois Semillas señalan que el ciclo abre la posibilidad de aumentar la proporción de maíces tempranos y buscar mayores rindes, con ajustes de fecha de siembra, densidad, nutrición y genética según cada ambiente
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La campaña de maíz 2026/27 comienza con una condición que genera buenas expectativas: perfiles de suelo con adecuada disponibilidad de agua y un escenario climático asociado al fenómeno El Niño, que podría favorecer la ocurrencia de precipitaciones por encima de los promedios. Frente a este contexto, especialistas de Illinois Semillas advierten que la estrategia no será única, sino que deberá definirse según el ambiente, el potencial de cada lote y el objetivo productivo.
Para Jorge Pellegrino, gerente de Desarrollo de Illinois Semillas, el primer paso antes de definir la estrategia es conocer en profundidad el ambiente productivo y, a partir de allí, ajustar las decisiones de manejo.
“Lo primero que debe saber el productor es qué ambiente productivo tiene, qué lote, qué rendimiento potencial o qué rendimiento objetivo tiene en mente. Sea de 8000 kg, 10.000 kg o 14.000 kg, debe medir variables como el relieve, la presencia de napa, la disponibilidad de nitrógeno, fósforo y materia orgánica, o si hay compactación física”, explicó.
Ese diagnóstico, señaló, será determinante para definir la genética, la fecha de siembra, la densidad y el nivel de inversión. En ese sentido, consideró que las condiciones con las que comienza la campaña abren una oportunidad para incrementar la proporción de maíces tempranos en aquellos ambientes capaces de sostenerlos.
“Estamos ante una campaña que arranca muy bien, con muy buena expectativa, de un año Niño, lloverá más de lo normal. En la provincia de Buenos Aires y Entre Ríos viene lloviendo relativamente bien, y en el centro de Santa Fe también, con lo cual los perfiles están cargados. De hecho, Entre Ríos y el centro-norte de Santa Fe arrancan a sembrar de inmediato y las expectativas de rendimiento son altas”, señaló.

La elección entre una siembra temprana o tardía vuelve así a ocupar un lugar central en la planificación. Según Pellegrino, no se trata de establecer una fecha universal, sino de aprovechar las condiciones de cada lote y considerar el nivel de riesgo que se está dispuesto a asumir.
“La fecha de siembra tardía nos da más estabilidad, mientras que las tempranas ofrecen un potencial mayor. En años anteriores secos, tal vez jugábamos entre lotes con napa a fecha temprana y otros sin agua suficiente a fecha tardía. En esta campaña, con perfiles cargados, una proporción mucho mayor de los lotes en zona núcleo irá a siembras tempranas”, sostuvo.
En los planteos tardíos, además, la recomendación apunta a no demorar innecesariamente la implantación. Adelantar la fecha respecto de las siembras más tardías puede permitir capturar parte del potencial que se resigna cuando el cultivo ingresa demasiado tarde en el calendario.
“En planteos tardíos, lo que muchas veces hace el productor es adelantar la fecha de siembra en lugar de ir al 20 de diciembre. Adelantarse 15 o 20 días, por ejemplo hacia el 25 de noviembre, permite captar un plus de rendimientos, sabiendo que el rango óptimo va del 1 al 15 de diciembre y que luego el potencial decae a medida que se atrasa la siembra”, explicó.

La densidad, en tanto, deberá acompañar las características del ambiente y el rendimiento objetivo. Según explicó el especialista, se realizan ensayos con diferentes combinaciones de densidad y nitrógeno, tanto en fechas tempranas como tardías y en distintas regiones productivas, con el objetivo de determinar qué planteo se adapta mejor a cada condición.
“El ambiente determina qué híbrido puede jugar. Si la campaña es Niño con un ambiente excelente, podemos ir con un híbrido de máximo potencial. Si el ambiente es más restrictivo o buscamos seguridad, podemos elegir un híbrido que combine potencial y estabilidad”, sintetizó Pellegrino.
El escenario de precios de los fertilizantes también modifica las posibilidades de manejo para esta campaña. En particular, el descenso del valor de la urea puede favorecer una estrategia de nutrición más ajustada al potencial productivo del cultivo.
“Un beneficio de estos últimos meses, que no lo tuvo el trigo, es que el precio de la urea bajó bastante, pasando de estar casi en 1000 dólares a menos de 600. Esto ayuda a que el cultivo tenga una mayor rentabilidad”, destacó el especialista.
La recomendación, sin embargo, no pasa por aumentar los niveles de inversión de manera indiscriminada. La fertilización deberá estar asociada al ambiente y al rendimiento objetivo, de manera de aprovechar el potencial que ofrece cada lote sin perder eficiencia económica.
En ese esquema, las combinaciones de densidad y disponibilidad de nitrógeno adquieren relevancia. La decisión sobre cuántas plantas llevar por hectárea debe estar vinculada con la capacidad del ambiente para sostenerlas y con las características de la genética elegida.
La estrategia cobra especial importancia en una campaña en la que las condiciones hídricas podrían permitir una mayor expresión del potencial. Una mayor disponibilidad de agua no significa que todos los lotes deban manejarse de la misma manera, sino que abre la posibilidad de elevar el nivel de inversión allí donde el ambiente puede responder.
La elección del híbrido será otra de las decisiones que deberá acompañar el diagnóstico de cada lote. Para los ambientes restrictivos, la búsqueda estará orientada hacia materiales que prioricen estabilidad, rusticidad y adaptación a menores densidades, mientras que en ambientes de mayor potencial podrán utilizarse híbridos destinados a planteos de media y alta inversión.
También deberán considerarse variables como la duración del ciclo, la estabilidad, la adaptación regional y el comportamiento sanitario, además del rendimiento potencial. En determinadas regiones, el ciclo puede adquirir una importancia estratégica para definir la fecha de siembra y la utilización posterior del lote.
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