Carruajes que transitaron la historia

Sulkys, americanas y volantas recorrieron la campaña al servicio del hombre de campo; hoy se conservan como piezas de colección
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7 de marzo de 1998  

Por Alberto Martín Labiano

Hasta la difusión del automóvil en la campaña, que se inició tímidamente en los años veinte, el sulky fue el medio de locomoción indispensable. Versátil, fuerte, liviano, de costo accesible y relativamente cómodo, sirvió tanto para afrontar un largo viaje como para llevar cada día los chicos a la escuela. Su único motor era un caballo, por lo general un animal de silla, que por su mansedumbre había sido iniciado en el arte del buen tiraje con el mismo sulky.

Los hombres mayores, que por excedidos en años y en kilos habían abandonado el recado de los tiempos mozos, recorrían su campo en sulky; viajando en sulky se visitaban las señoras en las tardes de buen tiempo y, cualquiera fuera el tiempo, debía ser el sulky el protagonista de la gran trotada que emprendía el paisano para buscar a la comadrona, ante la inminente llegada de un nuevo vástago. Durante cuarenta o más años, los sulkys trazaron sobre los campos porteños muchas leguas de huellas "de tres ramales".

El aporte de "la americana"

Casi tan guapo y campero como el sulky, "la americana" compartió la responsabilidad del transporte diario. Este carruaje, que dentro de la nomenclatura debería catalogarse como un "drop front buggy", posee cuatro ruedas y un asiento principal, donde se ubicaban el conductor y un acompañante al abrigo de una amplia capota.

Podía llevar un solo caballo, pero en recorridos largos debía atarse con una yunta porque sus cuatro ruedas requieren un esfuerzo de tracción superior al del sulky.

Detrás de la capota solía tener un segundo asiento para el "asistente", siempre listo para abrir y cerrar las tranqueras, ajustar y corregir algún detalle de la guarnición.

Pero el carruaje preferido para el transporte del estanciero y su familia era la volanta. En realidad, se utilizaba casi siempre lo que debería llamarse un break-wagonette, con pescante bajo, cubierto con una capota plana, fija sobre soportes de hierro, de la cual pendían a los lados y hacia atrás amplias cortinas ajustables.

Se lo ataba a yunta, pero para los viajes largos se aumentaba la fuerza de tracción, agregando uno o dos delanteros, a veces uno o dos postillones montados y frecuentemente, algunos laderos que tiraban no al pecho sino a la cincha y cuyo único atalaje era, por lo general, un recadito rudimentario.

La volanta, cuyos asientos podían alojar con comodidad a ocho o más personas, era utilizada para asistir a celebraciones de cumpleaños, bodas y bautismos y, sobre todo, para asegurar la puntual concurrencia de las muchachas a los bailes.

El conductor era un peón veterano de absoluta confianza, que llevaba en el pescante las valijas y cajas que contenían las galas que lucirían las niñas, porque ellas cambiarían en casa de amigos las vestimentas magulladas por el traqueteo de la volanta, repitiendo una vez más la transformación increíble de las mujeres en víspera de fiesta.

Pero era a fin del verano que se alegraba la volanta, cuando el break se convertía en amplio coche abierto, listo para llevar la señora y sus hijas al corso que comenzaba el sábado de carnaval en la calle principal del pueblo.

Corsos de carnaval, fuentes de evocación inagotables, frecuentados en todas las ciudades por multitud de carruajes, que al paso de la sufrida caballada transportaban la juventud alegre y la madurez divertida y daban principio con escaramuzas de pomos y serpentinas a tantos romances que habría que definir en la cuaresma. Varios durmientes en desuso sosteniendo un viejo tramo de riel conformaban, sobre un costado de la gran playa de la estación, un largo palenque. Allí se arrimaban sulkys, americanas y volantas, que junto con otras estacionadas sobre el palenque del almacén de ramos generales ubicado enfrente y numerosos caballos ensillados, completaban un vasto "meeting" que se reunía espontáneamente los días en que venía el tren "de adentro", es decir, desde la ciudad de Buenos Aires.

Era posible entonces la observación de carruajes, caballos y guarniciones, con apreciación de la calidad y el estado de conservación y limpieza del conjunto, de cuyo análisis podía deducirse la personalidad de su propietario. Y cuando la silueta del tren se perdía ya en otro tramo del horizonte, el abigarrado conjunto de carruajes se dispersaba a los distintos rumbos, llevando la correspondencia recién llegada, los diarios de varios días y algún encargo de último momento.

El viaje de las noticias

Un viejo ómnibus, un break o un simple vagón toldado, todos convenientemente reforzados para un uso severo fueron los vehículos que transitaron como galeras hasta alrededor de 1940.

Arrancando desde un pueblo, este carruaje recorría un itinerario más o menos fijo, donde el galerista y la buena voluntad de los pobladores habían establecido los lugares convenientes para pernoctar y dar descenso a la caballada, o eventualmente, mudar caballos en caso de malos caminos.

El galerista, portador de cartas, diarios, alguna encomienda, a veces algún pasajero, era siempre recibido con alegría y atendido con los mejores recursos de la hospitalidad criolla.

Como queda dicho, fueron sulkys, americanas y volantas las que tuvieron a su cargo la mayor parte del tránsito por los campos argentinos llevando pasajeros.

Sin embargo, también se usaron con el mismo objeto otros modelos de carruajes, cuya nomenclatura original muchas veces inglesa o francesa fue pronto sustituida por el hábito de las denominaciones comunes. Pero el hombre criollo, usando su prudencia ancestral, dijo siempre "coche" al referirse a un carruaje desconocido, sin caer en la grosería, de llamar carro a todo vehículo tirado por caballos, expresión reveladora de una incultura imperdonable.

Sería injusto no mencionar la labor de los caballeros argentinos que, llevados por su afición al conocimiento de las técnicas europeas referidas al atalaje y manejo de los coches, reunieron en sus estancias notables colecciones de vehículos y guarniciones importados. Y es así como en esta evocación se destacan las figuras elegantes de aquellos señores y, con ellas, una pléyade de nombres inolvidables en cuya recordación y homenaje van estas líneas.

El autor es ingeniero agrónomo y socio fundador del Club Argentino de Carruajes.

Voces criollas

Lonja: cuero descarnado con pelo o sin él. Del cuero de yeguarizo se saca la lonja de potro, sin pelo, lonjeada, de la que se cortan tientos, para coser, hacer botones, etcétera. Cuando es lonjeada a cuchillo debe mojarse para que de esta manera se afeite bien el pelo. También puede ser lonjeada con el filo de un trozo de caña tacuara cortada verticalmente en su largo. Después de haber sido estaqueada y seca, se pone la lonja sobre una tabla o una parte dura y bien lisa del suelo y espolvoreándole el pelo con flor de ceniza, se procede a refregarla con el filo de la caña, en forma oblicua, hasta que quede completamente sin pelo.

* * *

Resuello: respiración ruidosa. El paisano dice tomar un resuello por tomar un descanso en medio de una faena penosa, de un viaje o carrera.

(Extraído de "Vocabulario y refranero criollo", de Tito Saubidet)

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