Dos médicos que amaron el campo

El cotidiano esfuerzo de los doctores Carlos Macías y René Favaloro
(0)
23 de noviembre de 2002  

Quien, sino un médico, puede hablar, escribir y pintar con mayor propiedad los sinsabores, las alegrías y el acontecer diario de una comunidad, cuyos pobladores han pasado ante sus ojos y fueron observados al detalle con todos sus sentidos puestos al servicio de la noble profesión de la medicina en un medio rural.

Dos de ellos -entre otros tantos- relataron en dos jugosos libros la cotidianidad del lugar que fortuita o deliberadamente los tuvo como médicos. Carlos Macías, en "La Ría de Ajó y sus cosas", habla con minuciosidad la transición en la que un General Lavalle incipiente y casi inhóspito sienta las bases para encarar un futuro esperanzador. Por su parte, René Favaloro, en "Recuerdos de un médico rural", un poco más acá en el tiempo, relata situaciones tan similares que, de no ser por su proverbial y legendaria trayectoria y la fe de los pobladores-testigos, podría decirse que se las plagió a su colega, mucho menos popular, por cierto.

Algunas coincidencias biográficas bien pudieron haber sido las causas de ese extraño vinculo que establecieron con dos pueblos con los que hasta el momento del arribo nada los relacionaba. Ambos provenían de ciudades grandes (Buenos Aires y La Plata), pero los atraía el amor por la vida rural y las costumbres que, ya instalados en sus respectivos destinos, pudieron degustar con la intermitencia que sus actividades les permitían.

Cosas de General Lavalle

Carlos Macías comienza el libro relatando su llegada a Dolores en automóvil desde donde debió embarcarse en un galera que era el único medio que desandaba esos pantanosos caminos que unían -o más bien separaban- a General Lavalle y la zona de otros sitios más poblados en las primeras décadas del siglo XX.

Llegaba a un pueblo empobrecido tras el cierre del Saladero de Pedro Luro, acosado por las mareas que acarreaba la Ría desde el Río de la Plata y por la diarrea estival a causa de la contaminación de las capas freáticas y un sinnúmero de pobladores que más de una vez requería servicios de urgencia en lugares de difícil acceso.

Macías se animó de a poco a practicar una cirugía en un caso de peritonitis de vida o muerte, luego extirpó un quiste hidatídico organizando un quirófano en el mismo rancho del enfermo, operó a un domador de una estancia de la zona y realizó una cesárea, asistió un embarazo extrauterino, una hernia estrangulada y varias puñaladas, todas estas pequeñas hazañas resultaron exitosas y su prestigio en el lugar se consolidó rápidamente. Para esto se valió de un laboratorio adquirido con sacrificio y de un laboratorio que un tío químico le envió en una barcaza hasta el Puerto de Ajó y de Lino, un enfermero al que él instruyó sobre la marcha, y un par de ayudantes más.

Alguna vez debió pasar toda una noche cabalgando hacía un puesto desolado, cruzando lagunas y montes para asistir a un enfermo. Como ciudadano, contribuyó a la construcción de la red de agua corriente y de una serie de obras más.

Con el tiempo, pasó la posta a otro colega y volvió a Buenos Aires y junto a un grupo de médicos del Instituto Nacional de Hemoterapia, viajó a Paraguay para trabajar como voluntario durante la Revolución que arrojó miles de muertos y mutilados. Con los años, regresó a General Lavalle y fue elegido intendente, cargo que aceptó pactando con el gobernador la construcción de un camino asfaltado desde Dolores hasta la zona costera, que de esa manera tuvo un impulso frenético.

Memorias de un médico

Jacinto Arauz vio llegar a René Favaloro al tiempo que despedía a su médico de siempre. Las cosas no le fueron fáciles. Tres ancianos murieron en pocos días.

Debió repartirse para asistir a los colonos rusoalemanes, a los que visitaba en lo que lo llevaran antes de contar con su preciado Chevrolet 34.

Sus "Recuerdos de un médico rural" comienzan en mayo de 1950 describiendo la región aledaña a Jacinto Arauz por donde trajinaría durante más de una década y luego se adentra en el propio pueblo.

Los dos lados de la vía, las costumbres de los chacareros laboriosos y los changarines y del resto de la gente del pueblo que puso su esfuerzo para la creación de la clínica. Claro que antes, en medio de la escasez de elementos técnicos, veía con impotencia cómo casos en los que disponiendo de medios le hubieran resultado casi anecdóticos, se complicaban peligrosamente.

Las comadronas que oficiaban de parteras le fueron de gran utilidad en esta lucha solitaria; y una de ellas, María Forestier, devino enfermera y colaboradora en el quirófano por el que pasaban los cuerpos dolientes de muchos kilómetros a la redonda.

El otro aliado fue Juan José, su hermano, "con quien todo lo compartimos", escribe René en la dedicatoria. Casi doce años bastaron para que mostrara la madera de la que estaba construido este médico que en 1962 voló hacia Cleveland para acrecentar una trayectoria incuestionable y reveladora.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.