Pueblos fantasma, pequeñas comunidades que perdieron vitalidad, escuelas vacías y ancianos solitarios son parte de un escenario cada vez más difundido en el interior de estas provincias
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PARANA.- "En su pago los mozos vieron ruinas / y están en la ciudad capitalina / buscando lo que el surco no les diera." La poesía de Marcelino Román pinta el paisaje entrerriano actual. Donde hubo familias bulliciosas hay silencio, árboles solos, paredes caídas. En el mejor de los casos uno de los numerosos hijos acompaña a los ancianos que esperan a la Navidad o al Año Nuevo para recibir la visita de sus nietos lejanos. "El rancho ahí, su mundo, su tibieza, / la soledad del campo y la pobreza, / los viejos con las hijas y la nuera", denuncia el poeta.
Los últimos censos de población demostraron que Entre Ríos compite entre las provincias argentinas que más hijos expulsa, por falta de oportunidades. Pero si las estadísticas no existieran, no costaría darse cuenta: el campo entrerriano está plagado de taperas. La tapera es una casa abandonada, en ruinas. El estudioso Gaspar Benavento creía que el término deriva de tape (indio) y ra (para), es decir, "lo que ha quedado para el indio después de haber sido abandonado por el blanco". En cualquier caso, es un lugar desolado, con "rastros de vida rota", como dice un poema.
Dado que el despoblamiento del campo y de los parajes menores se sostiene de modo constante, para algunos especialistas es un problema crónico de esta y otras provincias, y las estadísticas son incontrastables aquí: 37.800 productores en 1969, 27.100 en 1988, y 21.500 en 2002.
Entre 1988 y 2002 desaparecieron más de 5000 establecimientos agropecuarios, y nueve de cada diez eran menores de 120 hectáreas. En simultáneo, las explotaciones que más se agrandaron fueron las que superan las 5000 hectáreas. Paradójicamente, de 1994 a 2006 la producción granaria creció de 600.000 a 1.700.000 hectáreas, de las cuales el 80 % es ocupado por la soja, con una abrupta tendencia al monocultivo.
"Me pongo triste..."
El desasosiego de los mayores dice más que los números. "Me pongo triste, porque veo que la gente se va, uno se queda solo. Los viejos quedamos, la juventud se va", lamenta Irma Grígoli en Irazusta, 60 kilómetros al oeste de Gualeguaychú.
"Tenemos nueve hijos, casi todos en Gualeguaychú, y uno solo con nosotros. Acá no hubieran hecho nada, ¿qué van a hacer? La gente se va, y se van a ir más", se resigna. Irazusta contaba en 1991 con 472 habitantes y llegó a 2001 con 354, un 25 por ciento menos.
En el mismo departamento Gualeguaychú, Costa Uruguay Norte pasó de 556 habitantes a 321 en 10 años: perdió el 42% de su población. Esa tendencia se calca en gran parte de la provincia. En 1960, los habitantes del departamento Tala sumaban 26.636. Cuarenta y un años después, el censo 2001 dio 25.892 almas.
De 1991 a 2001 casi todas las juntas de gobierno y las zonas rurales de ese departamento mediterráneo se achicaron: así ocurrió en Echagüe, Altamirano Sur, Las Guachas y Guardamonte. Y las familias de campo-campo bajaron allí de 2561 personas a 788. En Nogoyá, lo mismo: registraba 41.289 habitantes en 1960, y en 2001 sólo 38.840.
Roberto Riolfo ve en Irazusta un panorama sombrío. "Ha quedado menos de la mitad. Antes había barrios que estaban poblados y ahora son terrenos baldíos. Estos pueblos se van apocando porque no hay trabajo". La decadencia acá es palpable: "Yo lo noto en la carnicería misma; cuando la puse hace 45 años mataba una vaca grande por día, y ahora a veces una ternera por semana. Ahí está la diferencia. Era una romería, a cualquier hora estaba lleno de gente. Ahora se han ido. De los chacareros no quedó ninguno, salvo en la colonia Stauber, que son propietarios, pero los de 50, 100 hectáreas, no quedó ninguno, se ven taperas nada más".
"¿Y otros lugares vecinos?", preguntó este cronista. "Parera está más destruido que Irazusta. Almada también. Pastor Britos va desapareciendo. No queda nada, unas casitas solamente. Talitas, Las Flores, no quedó nadie. Y de las estaciones del tren no funciona casi ninguna. Si pudiera pedir algo pediría una fábrica, ¡es lo principal para repoblar esto! O lo imposible: que se vuelvan a poblar los campos", respondió Riolfo.
Criollos en el monte
El proceso afectó de distintos modos, y en una misma línea expulsora, a los descendientes de criollos, italianos, alemanes o judíos; a los peones, a los arrendatarios, y a los pequeños propietarios, con la excepción de pocas colonias que salieron de la ganadería y la agricultura extensivas y se consolidaron en las frutas (Chajarí) o los pollos (Crespo, Colón).
Ramón Balbuena fue "mencho de campo" en Las Mulas. "Un mencho es el que sabe andar con los animales, cuidar las vacas, recorrer los campos, cuando hay que bañar, bañar", define el paisano de 75 años, montado en su caballo colorado.
"¿Y sus hijos?", pregunta este cronista. "Están por Buenos Aires. Son seis varones, y uno está aquí en San Víctor. Las mujeres son dos y una está aquí. El mayor está en Balcarce, trabaja en una estancia. Vino hace mucho, después no vino más. Los demás vienen medio seguido, a veces a fin de año, para Navidad". "¿Esta zona se ha ido despoblando?", insiste el cronista. "Y, sí. En el pago de Las Mulitas, que había mucho vecindario, quedaron pocos. Y en San Víctor lo mismo, viste, antes había mucha gente".
La historia de Balbuena es la de la mayoría, y como prueba hay que decir que todos los testimonios apuntados aquí como ejemplos, sin excepción, fueron hallados por azar.
Algo similar cuenta Tránsito Ojeda, un hombre de 77 años que vive ciego rodeado de montes en el distrito Chañar, cerca del arroyo Pozo Ju, con su esposa María Fermina Monzón. "Tengo muchos hijos, como doce, cinco varones y siete mujeres. Todos casados, una en Paraná, Ricardo con nosotros, y todos los otros en Buenos Aires, se fueron a trabajar", aclara Tránsito.
"Tengo nietos, todos porteñitos", ríe María Fermina; "por ahí vienen, para fin de año. Nunca fui a Buenos Aires, conozco esto nomás: Mulitas, La Paz, Feliciano. Me quieren llevar pero no quiero dejar mi casa vieja", agrega, aunque no esconde cierto cansancio de soledad. Ricardo, uno de sus hijos mayores, trabajó en montes de eucalipto de Córdoba, en plantaciones de papa de Balcarce, en un tambo de Rufino, Santa Fe, y regresó a hachar los montes de Feliciano hace dos años.
"Hay muchas máquinas, hace tres meses sacaron más de cien hectáreas aquí cerca y le metieron arado", dice, y señala enormes extensiones tapizadas de soja en estos días.
Salvador "Chule" Hecker, de 86 años, y Reneé Hurovich forman uno de los matrimonios que más tiempo resistieron al éxodo rural en la colonia Lucienville, entre los colonos judíos ashkenazis (del oriente europeo) que poblaron el campo entrerriano y que fueron protagonistas del sacrificio primero, y luego testigos del largo e irreversible proceso de descolonización. "A mí me causa mucho dolor; se fueron yendo porque no les daba el campo para vivir, los hijos se iban a la ciudad y después llamaban a sus padres, y esos campos fueron comprados por otra gente", comenta Reneé.
"Hace dos años nos vinimos a Basavilbaso, pero el campo se extraña, fueron muchos años", admite, y recuerda a sus vecinos: "La mayoría se fue a Buenos Aires, eso atraía mucho".
"¿Hoy qué ve cuando vuelve al pago?", se le pregunta. "Nada, taperas; siembran, tienen animales, pero no viven en el campo. Yo cuando era chica vivía al norte de Basavilbaso, en la Colonia 20, y ahí pasó lo mismo que en Lucienville, se despobló. Mis padres quedaron casi solos y al final se vinieron a Basavilbaso", comprende Reneé.
"Nunca viví en la ciudad. No, no me gusta. El campo sí. En los árboles, andar caminando por ahí", dice Segunda Taborda, con 91 años, en su casita en el medio del monte de algarrobos a la vera del arroyo Achiras.
Segunda no sabe de médicos ni de luz eléctrica y acepta que el campo del norte entrerriano se ha despoblado, que el momento de mayor actividad se vivió con los obrajes (leña y carbón) hasta mediados del siglo XX y luego su familia y las de sus vecinos empezaron a desmembrarse y a mirar hacia la gran capital.
La expulsión
Los dos hijos varones quedaron de peones, esquiladores, hacheros. Las tres mujeres se radicaron en Buenos Aires y le han regalado nietos porteños a doña Segunda. Dardo (Quiyín), su hijo mayor, recuerda que cuando era mozo, en una sola estancia de la zona "ponían setenta y cinco esquiladores a mano", y esa misma estancia hoy luce soja y ganadería vacuna.
En el centro de Santa Fe, Héctor Arbisana explota un almacén de ramos generales en la comuna de Naré, 120 kilómetros al norte de la capital.
Allí, como en otros sitios del interior del país, los vecinos reconocen el despoblamiento paulatino. "La gente se fue, el pueblo se achicó mucho porque no había nada que hacer; antes había tamberos, chacareros, y un golpe duro fue el levantamiento de la línea del tren de pasajeros porque había 40 familias que vivían de eso y le daba vida", dice don Héctor, y apunta que el retroceso demográfico se repitió en localidades vecinas como Cayastacito, Villa Saralegui, Cacique Ariacaiquin, Ramayón, sin contar la experiencia del norte de la provincia con la explotación del quebracho colorado.
Hasta hace un mes, Naré no tenía siquiera un acceso afirmado, de manera que los habitantes quedaban aislados en los días de lluvia. "Llegamos a tener casi mil habitantes, hoy seremos 600; la agricultura se hace con grandes máquinas que vienen de afuera y muchos campos chicos en lugar de formar una chacra, como antes, se alquilan", reflexionó Claudio Arbisana, presidente comunal. "Si pudiera soñar, pediría la reactivación del tren y el impulso a algunas pymes para generar trabajo", concluyó.
Sin escuelas
La Asociación Responde buscó los poblados en vías de desaparición y detectó 42 en Entre Ríos, distribuidos en la mayoría de los departamentos, inclusive los de mayor producción, como Diamante, Paraná o Gualeguaychú. El éxodo repercute en las aulas del campo, que perdieron el 12% de su matrícula entre 1996 y 2000.
En 2005, el Consejo General de Educación de Entre Ríos categorizó 148 escuelas: ascendió a 50 establecimientos y bajó a 98, entre los cuales hay 95 que pasaron a funcionar con una sola maestra, porque cuentan con menos de 18 alumnos de primero a sexto grado.
Algunas maestras con menos de 5 alumnos comentaron su inquietud por la posible clausura de sus escuelas, por falta de alumnos. "Hace 14 años que estoy aquí, llegué a tener 27 alumnos y este año me quedé sin ninguno, así que en esta semana clausuran la escuela", relató Miriam Cardoso de Francisconi, en la escuela 107, de Colonia Güemes, 120 kilómetros al norte de Paraná.
Con la voz quebrada, esta maestra reconoció que el gobierno había pintado el establecimiento el año pasado, pero ya no tiene alumnos.
"Aquí he pasado los mejores años de mi vida con mi familia, hicimos lo posible para que continuara pero no hay gente; venía un alumno pero los papás consideraron que estaba muy solo y lo llevaron. Cuando llegué había mucho monte y se fue talando, ahora estoy rodeada de soja, mucha producción pero sin trabajadores, por las máquinas con alta tecnología y porque son grandes extensiones con un solo dueño", interpretó la docente, que pasa sus últimos días en Colonia Güemes y espera iniciar las clases en marzo en otra escuela.
Miriam ya fue informada del traslado, prepara la mudanza: "No le puedo expresar en palabras la tristeza que siento".
Reneé Hurovich de Hecker
"Siento dolor porque la gente se fue yendo porque no daba el campo para vivir, los hijos se iban a la ciudad y después llamaban a sus padres, y esos campos fueron comprados por gente de otro lugar. Hace dos años ya que nos vinimos a Basavilbaso, pero el campo se extraña, fueron muchos años."
Ramón Balbuena
"Mis hijos están por Buenos Aires. Son seis varones, y uno está aquí en San Víctor. Las mujeres son dos y una está aquí. El mayor está en Balcarce, trabaja en una estancia... en el pago de Las Mulitas, en donde había mucho vecindario, quedaron pocos... antes había mucha gente."
Roberto Riolfo
"Cuando puse mi carnicería mataba una vaca grande por día, y ahora sólo una ternera por semana. En Irazusta ha quedado menos de la mitad de la gente. Antes había barrios que estaban poblados y ahora son terrenos baldíos. Estos pueblos se van apocando, porque no hay trabajo."
Segunda Taborda
"El momento de mayor actividad fue con los obrajes de leña y carbón hasta mediados del siglo XX... luego mi familia y las demás empezaron a desmembrarse y a mirar hacia la gran capital... mis tres hijas se radicaron en Buenos Aires y me han regalado varios nietos porteños."
Una provincia expulsora
En las últimas décadas, Entre Ríos pasó de tener el 58% al 12% de población rural, y perdió un gran número de productores agropecurios
PARANA.- Entre los dos últimos censos, la población de Corrientes y Chaco creció más del 17%, y la de Formosa y Misiones más del 22 por ciento. En Entre Ríos, en cambio, sólo el 13,5%. Según las estadísticas, no es que las familias procreen menos, sino que la estructura socioeconómica expulsa más a los hijos de la tierra.
Esta provincia ya había sido la de menor crecimiento en todo el país entre 1980 y 1991, con el 11 por ciento. Así, en lo que va de 1947 a 2001 aumentó su población en un 47%, mientras que sus vecinas Santa Fe y Corrientes sumaron un 76% y un 77%, respectivamente.
La decadencia poblacional puede demostrarse también en una comparación con todo el país: en 1869 en esta provincia vivía el 7,7% de la población de la Argentina; en 1947, el 5%, y en 2001 sólo el 3,19% de los argentinos vivía en este territorio.
Los panzaverdes se jactaron durante décadas de la distribución equilibrada de su población, pero esa cualidad se pierde aceleradamente. Hace 60 años, la provincia tenía el 58% de su población en el campo. En 2001 sólo el 12,4% de los entrerrianos vivían dispersos en la campiña. Entre 1991 y 2001, esa población rural (no la que está en caseríos o pueblitos chicos) perdió 35.000 individuos.
A pesar de esta paulatina concentración demográfica, la situación de esta provincia es distinta de la de su vecina Santa Fe, donde la población rural total alcanza al 10,8% del total.





