
Angel Fernández montaba un bayo cuando una tormenta lo puso a prueba y salió adelante.
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Tandilense como la Piedra Movediza, don Abel Fernández trabajó durante más de tres décadas como encargado en las estancias San Lorenzo y El Hervidero, con rodeos de hasta 20.000 cabezas. Recién cumplidos los setenta años, trabaja en forma más independiente. Atiende el suyo y otros tres campos. En su propia tierra -unas quinientas hectáreas en estación Bunge, partido de Juárez- se dedica a la hacienda de cría, siembra girasol, trigo y también pasturas para eliminar la paja. Fernández es criador por donde lo miren... y ha visto mucha hacienda y muchos cambios. Vende el ternero al destete y guarda las vaquillonas un año más para comercializarlas a los 300-320 kilos.
"Saco la vaca vieja, que no le echo el toro, sino que la engordo y la vaca vacía también la saco, no le doy servicio. Es una forma de tener el rodeo más o menos bien. Antes, con una ternera compraba una vaca preñada. Hoy es más difícil. Lo único es que hay que trabajar más fino. La vaca hoy tiene que tener ternero en la panza o caminando, si no no es negocio", sostiene Fernández.
Entre rayos y centellas
Pero Don Abel no sólo tiene fama de criador, buen criollo y prolijo administrador. En el invierno de 1965, un rayo lo derribó fulminando el bayo claro que montaba. Fernández se convirtió así en "el hombre que sobrevivió al rayo", mote que logró perdiendo el setenta por ciento de su capacidad auditiva.
"Hace 33 años justitos, iba a caballo por el campo. Se levantó una tormenta bárbara. Estaba a dos leguas de la estancia. Me encontré con la gente que venía de hacer un trabajo, y como andaban sin ponchos les dije, vayan para el puesto, yo doy una vuelta y voy para allá. Cuando llegaron al puesto, se largó el agua y zas ... sentí una estampida: el rayo me entró por la cabeza y ... me partió en dos el sombrero", explica Fernández, señalando las marcas que el tiempo no ha podido borrar en su cuerpo.
Aquella tarde de agosto, Don Abel la recuerda claramente. No sería una exageración decir que le quedó marcada. Su cuchillo de plata, a modo de testimonio le grabó un dibujo plano, sobre la cintura.
"La rastra hizo un fogonazo Ôreditiendo´ el monograma de oro.Y así estuve varias horas tirado, en medio del campo, bajo la lluvia. Luego me recuperé y me fui caminando, medio a los tumbos, hasta que llegué ayudado por la luz de un farol que agitaba la señora del puesto", dice Fernández, aún emocionado.
Con su propia osamenta a cuestas Abel Fernández, cuenta que al llegar lo atendieron, lo secaron y le cambiaron la ropa. "Me preguntaban qué me había pasado, pero yo no contestaba porque estaba sordo del todo, a raíz de eso tengo los audífonos desde esa época. Me llevaron a Tandil y yo sentía un dolor tremendo en los brazos, en los hombros y la cabeza", recuerda.
Unos horas después, la señora de Fernández se comunicó con su patrón, Valerio Zubiaurre, que lo hizo atender por otro médico.
"El hombre se va a componer, tiene atrofiados los vasos sanguíneos", dijo el médico. Don Abel anduvo mal el primer año y al segundo logró una cierta mejoría, y con voluntad salió adelante casi a los mil días del accidente.
"Y aquí me tiene amigo", sonríe Fernández y abre sus ojos celestones, que también sonríen.
Además de su propio campo, arrienda unas 400 hectáreas y atiende un campo en Fulton, de Alvarez Rivera y otro en Gardey, cercano a Los Bosques de Figueroa. "Me jubilé hace diez años. A los setenta sigo andando a caballo, porque cada vez que subo me olvido que soy viejo. Enlazo, pialo y también me doy maña como soguero", dice don Abel, que ahora celebra dos cumpleaños con su mujer, hijos y nietos, a causa del rayo que marcó su vida.
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