
El horseball, variante de nuestro deporte nacional, se ha establecido en países como España, Francia y Perú
1 minuto de lectura'
Es curioso: el juego del pato, que aparentemente no tiene origen en ninguna práctica extranjera reconocible, ha concluido por originar una llamativa variante ya establecida en países como España, Francia y Perú, por ejemplo. Se trata del horseball, por medio del cual el pato ha superado la mera condición fijada por expresas disposiciones administrativas de deporte nacional, para proyectarnos al mundo, convirtiéndonos en promotores impensados de nuevos deportes, al modo como lo hacían los ingleses victorianos. La innovación deja casi inmodificado al pato, sólo que usa una cancha que es, poco más o menos, la mitad de extensa que las que conocemos, hecho al que cabe considerar acostumbrado rasgo de las cosas que por aquí suceden, siempre afectadas por la desmesura que imponen los inmensos espacios de la pampa.
También es curioso que apenas si sepamos algo concreto sobre cómo y cuando surgió, no habiendo más datos que ciertas indicaciones de que era una diversión común en estas llanuras repletas de caballos. En Europa existió, de siempre, el juego de la oca, en el que los chicos se reunían inmisericordes para perseguir a un pobre pato. Durante la etapa colonial la práctica se extendió por este lado del Atlántico y fue ejercida en esta ciudad muy tempranamente, dando, a veces, ocasión a violencias y disturbios considerables, documentados por lo menos desde 1610.
Resulta comprensible que en la pampa, donde todo se hacía a caballo, también ese juego desarrollara una forma ecuestre pero hay que esperar hasta fines del siglo XVIII para que Félix de Azara la describiera según modalidades de acentuado primitivismo: grupos de paisanos correteaban, pujaban y cinchaban, "de estancia a estancia", con brutalidad extrema y no escasos accidentes mortales, a más de las habituales secuelas de peleas y crímenes. Para esa época ya los virreyes tenían estrictamente prohibidas esas diversiones, antecedente de las numerosas oportunidades en que los gobiernos patrios hicieron lo mismo, en tanto que la autoridad eclesiástica hasta negó entierro en sagrado a los fallecidos en esos encuentros, execración que seguramente no consiguió que se observasen las normas prohibitivas más de lo que eran las que vedaban la riña de gallos.
Después el silencio rarísima vez es quebrado: Mitre -que no en balde transcurrió su niñez en el campo-, menciona al pato en verso pero como algo ya del pasado. Hudson formula referencias sobre él en su libro El Ombú y no hay demasiados otros testimonios, siendo bien raro el que, al respecto, en el gran ciclo de la literatura gauchesca no aparezca para nada. Pero existir debía existir, pues por algo se lo prohibía una y otra vez.
Como muchas veces se ha contado, restaurador y modernizador del pato, fue don Alberto del Castillo Posse, jinete de agallas, genuino hombre de campo y funcionario policial en La Plata, quien en la década de los ‘30, y como parte del gran proceso de revalorización de lo gauchesco propio de esos años, redactó un reglamento algo afín al del polo e inventó el resto, hasta las asas para ponerle a la pelota que vino a reemplazar al desventurado animal que la salvaje costumbre anterior instituía como eje de la contienda.
El afán patriótico y nacionalista de Manuel Fresco hizo que a poco caducara la vieja prohibición en la provincia de Buenos Aires y, al cabo de un tiempo, Perón declaró a la diversión deporte nacional, en tanto designaba al pueblo bonaerense de Las Heras como Capital Nacional del Pato, en atención a que en esa zona se criaban los caballos más adecuados a ese fin: pingos criollos resistentes para aguantar las cinchadas y de no más de metro y medio hasta la cruz.
Pero, pese a la unción oficial y al entusiasmo de los tradicionalistas, el pato ha tenido hasta hoy apenas limitada difusión y no sólo porque, como es lógico, un deporte ecuestre presenta siempre serias restricciones para sus cultores, sino también porque, aun entre los diversos de ese tipo, nunca pasó de hermano menor del polo. Ahora parece que en ultramar ha dado el fruto exótico del horseball... "Cosas veredes"; o, acaso, enésima confirmación de aquello de que nadie es profeta en su tierra.
1- 2
El precio más alto en casi dos años: la soja vive una jornada muy volátil por la guerra en Medio Oriente
3Mensaje: Kicillof le metió presión al Gobierno por las retenciones y expresó que el libre mercado “pasó de moda en el mundo”
4“Vine con mucho entusiasmo”: inquietos y sorprendidos, los productores ponen el foco en la inversión en Expoagro


