
Casi como una aparición, la figura de este personaje se cuela por las calles del pueblo, que todavía lo recuerda
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REALICO.- Andar por La Pampa le había creado un hábito que despuntó desde su infancia en Quetrequén, al norte de La Pampa, donde había nacido en 1911. Con la misma tranquilidad con que el viento mece las flores de cardo, Pedro Vincén comenzó a atesorar los mensajes de la tierra: el reflejo del amanecer en el horizonte, que se hermanaba con el de tantos fogones, el suelo cuarteado, que presagiaba sequía y hambre, lo sobrecogedor del silencio, cortado a veces por algún trino, y el ritmo seco del trotar de su caballo.
Por 1949 Perico, como le decían a Vincén, recaló en Rancul, pueblo enclavado en medio del monte. Allí, caldenes y chañares dibujaban en el cielo formas diversas, que cambiaban los hombres a golpes de hacha. En esos pagos, sufridas mujeres horneaban pan para sus hijos y les daban cobijo con las mismas ramas que quedaban en carne viva, esas que se conocen como "penachos" o "paja brava", y se utilizaban para techar viviendas, en aquel Rancul que crecía porque había trabajo.
Eran tiempos de aire empañado por algunas quemazones y un tinte rojizo se fundía con las nubes. Vincén había formado su hogar y cada día marcaba la huella, que lo hacía rumbear hacia los surcos prometedores. Cuántas veces le habrán dolido los huesos en los crudos inviernos pampeanos, que parecían eternizar la noche. Cuántas veces sus ojos sortearon la polvareda.
Con la misma tozudez de los jagüeles, que resisten en la inmensidad desértica, Perico abrevaba en el lugar que había elegido para afincarse y se acomodaba a las circunstancias.
Cuentan los que lo trataron, que cuando se le hacía difícil alimentar a su caballo, se movilizaba hasta el campo en bicicleta, aunque no por eso perdía su condición de paisano.
Inconfundible, su figura se cuela, casi como una aparición, por las calles de Rancul, que a fines del año pasado -el 22 de noviembre- celebró cien años, con la presencia de Alberto Cortés, también oriundo de esos pagos.
No hay épocas de esplendor ni de desesperanza en las que el perfil de Vincén no se haya corporizado, con esa bohemia criolla de aquellos que llevan en la memoria un sino fatalista, que les hace reconocer el peligro y, en consecuencia, lo esquivan o le ponen el pecho con la misma templanza.
De la canción a la leyenda
Una zamba del Cancionero Pampeano, "Paisano Vincén", del poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz, con música de Juan Neveu, lo perpetúa en el recuerdo. En su primer estribillo canta: "¿Paisano Vincén/ dónde está el pueblero que no te miró?/ Tu larga melena en el viento/ por los pajonales galopando al sol". Y ese halo de leyenda que lo envolvía lo trascendía aún a pesar de sí, aunque es seguro que no le daría mucha importancia.
"Rancul adentro" -como le cantó el poeta- el Paisano Vincén enlazó el cansancio para que no se escapara, y trató de enraizarse hasta que murió, a los 80 años, en 1991.
Habrán quedado algunas lágrimas, varias vigilias y muchas risas compartidas para que el pueblo todavía ahora se atreva a percibir su paso cada tardecita, con el respeto y el cariño que sólo pueden generar los mitos. Pero un mito palpable, como cualquier vecino obstinado que se resiste a dejar ese pedacito de suelo verdeado donde dejó descendencia.
"Rancul adentro", Vincén suma identidad a una tierra de inmigrantes, que la buscan en las señales del trajinar cotidiano, aunque el paisano se haya llevado los secretos de este territorio inabarcable, donde dejó sus huesos.






