
Las gracias propias de la campaña se han esfumado: no las retienen ni el folklore, ni las tradiciones ni las leyendas
1 minuto de lectura'
En las Notas al castellano en la Argentina, de Ricardo Monner Sans, se lee que "gauchada" tiene, entre otros significados, el de cuento, historieta, chiste, acepción cercana a la de "improvisación versificada", también correspondiente a la misma palabra; a una de estas dos debe hacer referencia Hilario Ascasubi en su Santos Vega cuando expresa, un poco oscuramente, que "le cortó al cantor el cuento/ metiéndose a la colada/ con la siguiente gauchada / que correspondió a su intento..."
Ahora bien, esa obra del ilustre gramático y lexicógrafo barcelonés avecindado entre nosotros es de 1903, y en el transcurso del siglo que está por concluir muchas modificaciones ha registrado el habla regional.
Sin el menor empacho reconozco que nunca he oído utilizar esa palabra en alguno de esos sentidos; advierto, además, que en la mencionada cita poética, sin forzar mucho las cosas, cabe atribuirle también el parecido significado de ocurrencia, al fin y al cabo no demasiado ajeno al de "acción ejecutada con maña o habilidad", que justifica el apelativo de gaucho, o gauchito, aplicado al que habitualmente sabe salir bien parado en trances arduos.
Pero nos interesa aquí lo de chiste: si existía una palabra específica para el chiste en estas tierras cimarronas es porque, necesariamente, había chistes.
Entendámonos: buscamos chistes contados y gozados por los pobladores de la campaña y no chistes contados o gozados a costillas de ellos. Y es curioso, pero al parecer no nos ha quedado ninguno.
Sin embargo, hay noticias de juegos, de jaranas, de mamúas, y el almacén bien podía llegar a ser un peringundín, como ese de La Estrella en que fue a morir Juan Moreira.
Así, por distintas vías, sabemos que la vida del gaucho no era tan adusta como se la pinta y que tampoco andaba perpetuamente prodigando, a troche y moche, sentencias y otras engorrosas manifestaciones de sabiduría.
Esas apenas aludidas gracias gauchescas se han esfumado: no las retienen ni el folklore, ni las tradiciones, ni las leyendas ni las profusas compilaciones de frases, de vocablos, de adivinanzas.
Modernamente, puebleros afectuosos han tramado relatos, fabulitas y comparancias con más o menos vis comica, pero eso ya es harina de otro costal.
En general, la gente de la ciudad encuentra pintorescos y divertidos a los habitantes del campo: sucede con los chamacos, los tiroleses, los baturros, etcétera, y no hay motivo para que no suceda otro tanto con nuestros paisanos.
A partir de la imagen de ese pobre pajuerano recién descendido del tren, vinieron mil más, como en malón: el gaucho con botas es una figura local del gato con guantes y da pie al latiguillo aquel de "vos que tenís botas..."
La tentación de la caricatura la tenemos todos y, pocos, muy pocos, poseen el talento merecedor de que se la perdone: hay que ser -y no es exageración- un Estanislao del Campo o un Molina Campos para que la burla, sin dejar de serlo, no parezca una parodia hiriente. Y a veces se incurre en esto hasta con las mejores intenciones, según a menudo testimonia el nativismo literario.
Borges, que era más áspero de lo que suele reconocerse, habría dicho por ahí que posiblemente los gauchos nunca existieron, sino que se ha tratado siempre de hijos de estancieros disfrazados.
Viene lo anterior a cuento por un curioso papel que me ha caído, "copia fiel del original que obra en poder de la Intendencia Municipal de San Justo, provincia de Buenos Aires, Lº 2, Fº 2, año 1860" y que transcribe el "Acta de defunción de Don Manuel Chico labrada por el alcalde de la Matanza el 24 de febrero de 1860".
"El infrascripto -se lee-, Eusebio Rodríguez, Alcalde. Certifico que Don Manuel Chico, que muerto lo tengo de cuerpo presente, tapao con un poncho pampa de al parecer rayuno, lo sorprendió la muerte al salir de un baile de Don Rufino de Catalán, de la quebrada de doña Pepa, lugar muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogado el cadáver por tercera vez, y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categórica alguna, resuelve darle sepultura en el campo de los desaparecidos, conforme cuadra su circunstancia física que certifica.
"Nota: Hago constar que el finado era muy amante a la bebida y muy dado a las galanterías amorosas, por cuyas circunstancias tenía una cicatriz de quemadura en la quijada izquierda producida por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa no se sabe porque zafaduría."
Se me porfió: humorismo gaucho. Respondo que no, que somos nosotros los que por ahí vemos como graciosas las referencias a ese picaflor muerto en pleno vuelo, pero que no tenían por qué verlas así ni el tal Rodríguez ni, mucho menos, la hija de la parda Nicolasa.
La noción de lo ridículo es problema nuestro y los sentimientos asociados que nos genera deberían ser de culpabilidad sin atenuantes: me acuerdo, a propósito, de cómo, con esa terrible maldad de adolescentes, nos desternillábamos de risa de un chico del campo que se resistía a creer que una calle se llamase Cochabamba. Y ya que estamos en memoriosos; ahí va algo muy viejo, oído quién sabe cuándo: un inglés se había quedado de a pie, al desatársele su caballo bayo: -Diga, por favor, ¿un caballo bayo ver?
-No, don Guillermo -porque en principio todo inglés se llamaba Guillermo-, quédese tranquilo, no va a llover nada; tenemos seca para rato.
Y no conozco otro: el que pueda seguir esta historia, que la siga.
1
2Medida histórica: la identificación electrónica obligatoria del ganado generó una explosión de ventas
3“El único que paga”: productores presentan recursos contra la identificación electrónica obligatoria del ganado y no descartan ir a la Justicia
4Abrupta caída: una importante región agrícola tuvo una de las peores sequías en 40 años



