
Carlos Montefusco refleja en sus cuadros diversos temas camperos y es considerado, por la calidad de sus obras, un nuevo Molina Campos
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TANDIL.- El hombre pinta bien. Pero no "que promete". Pinta bien con el pincel y los colores. La suya, la de Carlos Montefusco, es una historia más en las que la tierra hizo un llamado, y él tuvo la virtud de responder. Porque si no, cómo puede explicarse que hace 41 años la partera haya cantado varón en la urbana Avellaneda y se haya convertido, a fuerza de instinto, puntillosidad y talento, en un gran exponente de la pintura costumbrista actual, destilando olor a campo desde la Tandil que adoptó para vivir.
Montefusco, ataviado con prendas criollas la mayor parte del tiempo, es bastante cruel con su talento, aunque con salpicaduras del humor que impregna en sus obras. "Mi galerista principal es San José", dice entre risas, tras considerar "de donde se vea, un milagro" que haya pasado de su trabajo como ingeniero zootecnista en Saladillo a su presente de pintor, que le permite vivir de esto y darle de comer a su familia.
Sus obras, más de 200, "desprenden" brisas de campos húmedos, pedazos de cardos movidos por el viento, el olor rancio del sudor de los caballos, el ruido de las pisadas sobre la hierba. En fin, tradición bonaerense pura. "Quiero hacer mi aporte para difundir nuestra tradición a través del humor, que es una vía fluida para transmitir un mensaje: nuestros gauchos tenían mucho para dar, a partir de comentarios chispeantes y ocurrencias. Lo suyo no eran todas penurias."
Si bien cree que llevaba en la sangre el instinto campero, el cuerpo y el alma le hicieron descubrir otra cosa a partir de una visita ocasional a Chascomús. Después, llegó su ingreso en la universidad, donde empezó a tomar contacto con alumnos de pueblos del interior, a quienes acompañaba a trabajar por la comida a los campos. Luego pasó por Saladillo como ingeniero, pero ya estaba cansado de los cañadones y de no poder desarrollar lo suyo.
Hasta que hace 12 años, cuando un pintor conocido le ofreció armar una muestrita como para llevar a una galería conocida de Tandil, la taba se le dio vuelta, porque su obra gustó y consiguió vender algunos cuadros. Además, se enamoró de Tandil, por sus paisajes, sus campos y su gente. Y se mudó.
Para cada una de sus obras, Montefusco se documenta casi tanto tiempo como el que le lleva pintarla, ya que, por su meticulosidad, no se permite un detalle fuera de lugar, un elemento campero que no se ajuste a la historia o al paisaje. Así, por ejemplo, aprovechó un viaje a Salta para informarse sobre elementos puntuales de las monturas. Todo mezclado con una buena dosis de fotos antiguas, escritos, museos o testimonios orales.
"Busco pintar imágenes reales, no tanto la caricatura aunque sí el humor puesto en la tierra", cuenta Montefusco, que considera "un verdadero honor" que se lo compare con Molina Campos. "El llegó a ser tan grande que a cualquier costumbrista se lo relaciona. Más en mi caso, porque trabajo el humor."
En los 10 años que lleva en la pintura ("Cuando digo que pinto, muchos me dicen: «sí, pero de qué trabaja»") aprendió que los cuadros más buscados son los que tienen gauchos a caballo o, en ciertos ambientes, imágenes de partidos de polo.
Todos se van
Y también advirtió, por su presencia en las galerías donde expone -la última fue Galería El Socorro, de Capital Federal-, que cada cuadro tiene "su novio" (como él dice). "Algunos antes, otros después, pero todos se van. Y en la mayoría de los casos me quedo contento porque advierto que se los lleva la persona adecuada para cada uno."
Hoy, si bien vive en una casona en una zona todavía despoblaba, añora lo que podía hacer hasta hace poco tiempo, con menos vecinos, cuando tenía en el lugar a sus caballos criollos puros, "El Chalchalero" y "El Chino", a los que menciona como a otros hijos, junto con su perro.
De todos modos, conserva en su casa una suerte de reservorio de especies vegetales autóctonas, cada una con su historia. Como no todo son pomos de acrílicos o lienzos, anticipa que, si puede, en el verano participará de una boleada de guanacos y avestruces en la Patagonia. Además terminará de domar un caballo que lo vuelve loco.




