
La pesca se transmite de generación en generación en esta comuna ubicada a orillas del río Coronda; la familia Fernández mantiene viva esa tradición
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PUERTO GABOTO, Santa Fe.- Este pueblo, ubicado a orillas del río Coronda, tiene con 3200 habitantes de los cuales 348 son pescadores. Uno de ellos es el presidente de la comuna, Dalmacio Fernández. Con sus 80 años, aún sigue arriba de la canoa al igual que su hijo Carlos Alberto, de 53 años, y su nieto Fabián, de 23.
"Soy pescador desde que me acuerdo, de toda la vida, primero me enseñó mi padre y después me largué solo. Mis hijos aprendieron un poco del padre, un poco del abuelo y después se largaron solos", dice Dalmacio. La pesca es una actividad milenaria y así parece haberlo entendido este hombre de 80 años que supo transmitir y enseñar este trabajo a sus hijos y nietos. Ellos mismos refieren que son pescadores por elección. "Nosotros pescamos a veces de noche o de día, a veces de madrugada, es difícil la vida del pescador porque no tenés horarios y algunas veces en una tirada del trasmallo no sacás nada. Pero así es la pesca, quizás uno saca diez peces, pero ninguno dio más de 40 centímetros y hay que largarlos vivos antes de que se mueran porque ésa es la medida que está permitida", asegura Fabián.
Recientemente se realizó un censo en Puerto Gaboto para saber cuáles son las necesidades de la gente que se dedica a esta actividad, así como para analizar eventuales modificaciones de la ley de pesca. A su vez, se evalúa la entrega de algunos subsidios, según la necesidad de cada familia.
Pero la actividad tradicional que realizan se enfrenta con el crecimiento de las ciudades. Según los pescadores, la construcción de algunos puentes como el que une Santa Fe con Paraná o el de Rosario con Victoria derivó en la falta de algunos tipos de pescados: "Antes salía el dorado o el pacú, pero eso se terminó cuando se hicieron esos puentes. Yo sacaba 8 o 12 pacúes por día y ahora es difícil llegar a esa cifra. Antes de los puentes salía toda clase de pescado, dorado, boga, armado, sábalo, pacú", cuenta Carlos Fernández.
Los precios de los pescados varían según quien sea el comprador. Camiones vacíos de los pueblos vecinos e incluso del mismo Gaboto se acercan a la costa a la madrugada y se retiran llenos de peces. Un sábalo, por ejemplo, vale 70 centavos, a precio mayorista, y 2 pesos si quien lo compra es particular.
Una tradición familiar
En una casa muy humilde, a orillas del río, está Dalmacio sentado con su cabello blanco, su cara arrugada y sus manos ásperas, propias de quien trabaja con ellas. De un palo de un árbol cuelgan redes y un niño de 3 años juega entre ellas: "La historia no termina acá-explica señalando a su bisnieto- él también va a ser pescador."
Dalmacio Fernández inició una tradición que más que un modo de vida o una actividad, es un legado familiar que hoy cuenta con cuatro generaciones de pescadores y promete seguir extendiéndose a través de la historia.
A un costado del río sobre una barraca se erige una estatua de cuatro metros de alto con la imagen de Jesucristo con los brazos abiertos. Realizada por un escultor llamado Miler que vive en San Lorenzo, un pueblo cercano, esta imagen fue bendecida por el sacerdote del pueblo e inaugurada el 24 de diciembre de 2000. Esta hecha íntegramente de cemento y adentro es hueca. El escultor primero hizo la cabeza, las manos y los pies en San Lorenzo, para luego realizar el cuerpo en Puerto Gaboto.
En un mes la estatua de Jesucristo ya estaba lista y terminada. Para pagar el costo, que fue de 4000 pesos, un comerciante de la zona, Darío Caminos, organizó una comisión que se llamó Grupo de Trabajo de la Iglesia Nuestra Señora del Luján. "Para reunir los fondos hacíamos bingos, vendíamos las tarjetitas y hacíamos alguna comida. Esto se concretó con gente de Gaboto. Y lo hicimos a pulmón", recuerda Caminos.
Pescadores protegidos
La imagen, según los pobladores, ya hizo milagros. Caminos asegura que desde que pusieron el Cristo no se ahogaron más personas en el pueblo, cosa que solía suceder: "Desde hace cuatro años no se murió nadie más en el río; un año antes se habían ahogado cuatro personas", dice.
Tanto los pescadores creyentes como los que no lo son se sienten más tranquilos con la estatua del Jesucristo de los pescadores que parece protegerlos desde aquella barranca desde donde se puede observar toda la inmensidad del río Coronda.





