Juan Goya, tercera generación de ganaderos en Esquel y dirigente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), habló de pérdidas ambientales “irrecuperables” y un impacto emocional devastador
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El humo no solo tapa el paisaje. También arrasa recuerdos, proyectos y herencias familiares. En la Patagonia profunda, donde el arraigo se mide en generaciones, el avance del fuego volvió frágil algo que parecía inamovible: la relación entre el productor y su tierra. Juan Goya, tercera generación de ganaderos en la zona de Esquel, lo vive en primera persona mientras los incendios forestales avanzan sobre el bosque y su campo.
En su establecimiento Estancia Vieja, donde realiza cría y recría a campo de ganado Hereford y también ganadería ovina, el productor y representante por Chubut en la Mesa Ejecutiva en Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) describe una escena que ya no se parece a nada de lo que conoció en más de seis décadas de vida rural. “Tengo 67 años y no recuerdo en el campo nuestro haber tenido un incendio de esta magnitud”, cuenta a LA NACION.
Los focos comenzaron a inquietar desde diciembre pasado, cuando el fuego avanzaba en el Parque Nacional Los Alerces hacia el lado de Cholila: “Con los vecinos productores veníamos siguiendo paso a paso los focos ígneos en medio de una geografía que no ayuda. Son campos de veranadas, de mucho bosque de lenga y de ñires que están con una situación de muchísima sequía, y por lo tanto es un material muy fácil de combustionarse, sumado a que el ñire tiene un alto poder calórico”.

Esa combinación transforma cada chispa en una amenaza descontrolada. Aún hoy, explica, ni siquiera pueden medir con precisión la dimensión del desastre. “Hay lugares a los que todavía no se puede acceder. Por eso no podemos dimensionar las hectáreas quemadas, porque todavía están ardiendo. La prioridad, por ahora, es otra, estamos más preocupados por apagar esos focos que por evaluar por ahora cuánto se quemó”, dice.
El impacto no es solo productivo. Es ecológico, ambiental y, para Goya, también emocional. “Se está llevando una parte de bosque de lenga muy importante desde el punto de vista ecológico y ambiental y paisajístico realmente irrecuperable”, advierte.
En su campo, la línea de fuego llegó a extenderse de manera alarmante. “Es una línea de fuego de alrededor de 12.000 metros que nos ha venido impactando en el campo”, señala. Aunque no toda esa franja está activa al mismo tiempo, el comportamiento del fuego es impredecible. “Todo depende mucho del cambio del viento”, resume.

Las condiciones meteorológicas se volvieron un factor obsesivo en la región. “Hoy se anuncia que va a haber un poco, está más fresco, pero va a haber viento, con lo cual eso lo lleva rápidamente al incendio, lo hace tomar velocidad”, explica.
La esperanza, como siempre, vuelve a estar puesta en la lluvia. Mientras tanto, el despliegue de recursos convive con la sensación de impotencia. “Ayer, en el campo nuestro había dos camiones de bomberos que llevaban agua y después había brigadistas que habían llegado esa noche desde Buenos Aires, había unos bomberos de la ciudad bonaerense de Rauch y había gente del manejo del fuego de la provincia”, describe. Pero aun con presencia en el terreno, admite que muchas veces solo pueden mirar. “Ayer todos éramos simples espectadores de un incendio monumental”.

La imagen que más se repite es la de un fuego fuera de control. “Imparable, realmente era de una velocidad y de una magnitud, de una voracidad enorme, absolutamente muy voraz, una cosa tremenda”, detalla. Por ahora, sus instalaciones principales se mantienen a salvo. “La casa, el galpón de esquila, las viviendas del personal, están por ahora lejos del foco del incendio, por ahora”, aclara, consciente de que todo puede cambiar con un giro del viento.
El peso de la historia familiar aparece en cada frase. Fue su abuelo el que se instaló en la zona. En estas circunstancias, para Goya sostenerse en pie no es sencillo. “Uno intenta tener la mayor fortaleza posible, pero el deterioro emocional es muy fuerte”, confiesa.
El fuego ya cruzó límites naturales y productivos y el paisaje queda marcado por franjas negras donde antes había bosque. “El fuego del parque Los Alerces pasó al campo del vecino, y de ahí pasó a nuestro campo. Debajo del ñire no queda absolutamente nada, pero absolutamente nada”, describe.
La evacuación de los animales fue una carrera contra el tiempo. “Mi vecino logró mover su hacienda al igual que nosotros, que con nuestra gente logramos mover hacia abajo, a lugares un poco más seguros”, cuenta. Hasta el momento, dice, no se reportaron muertes de animales.

En medio del drama, los productores se volvieron observadores compulsivos del clima. “Nos hemos convertido en expertos, mirando diariamente los reportes de la NASA”, comenta. Cada baja de temperatura se celebra como una tregua. “Pasamos ayer de 30 a 32 grados a hoy que estamos en 17, 18 y probablemente seguimos a 20 y eso hace que aumente un poco la humedad”.
En este contexto desolador, la vida rural también se detiene. Varias exposiciones fueron suspendidas. “En la Rural de Esquel, de la que formo parte, suspendimos la muestra por una serie de cuestiones que están vinculadas a la evolución de los incendios. Organizar una fiesta del campo en este contexto resulta imposible. Hay mucha angustia”, explica. Más allá de las pérdidas materiales, Goya insiste en la dimensión humana: “Mis vecinos hacia el lado de Cholila, toda la gente que tiene veranadas ahí, todo el mundo ha tenido que disparar con su hacienda. Eso tiene consecuencias que van más allá de lo meramente económico”.
La voz se le quiebra cuando habla del ánimo colectivo. “Lo digo y me quiebro, pero la verdad que es lamentable lo que estamos viviendo”, admite.
En medio del desastre ambiental, para Goya, lo que ocurre deja una enseñanza tan dura como evidente. “Al margen de que esto nos muestra la grandeza de la naturaleza, que la hace imparable; para el productor y el dueño del campo que tiene una relación con la tierra y sus animales de toda una vida; ver cómo todo eso va desapareciendo con el paso del fuego es de un dolor muy profundo”, concluye.
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