
La popularidad de este personaje tradicional de Corrientes ha cobrado ribetes de devoción entre la gente más sencilla del campo
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"Grande gauchito Gil" y "gauchito Gil aguante", son inscripciones leídas en camiones estacionados cerca de mi casa y en las que reparé casi sin querer, pues, la verdad, poco me he ocupado de devociones populares.
Pero, como es natural, el dato me corrobora algo por demás evidente: que esto del gauchito Gil ha crecido mucho en los últimos años. Por otra parte, en el colectivo ya un par de veces he dado monedas contra estampitas en que las aparece un hombre trajeado a lo mazorquero, de rostro aniñado y con bigotes ridículamente finitos.
Lo descubrí hace unos años, en cercanías del pueblo de Rafael Calzada: allí, para ubicar una dirección, se me dijo que era a tantas cuadras "de lo del gauchito", forma de designar una ermita de mampostería puesta al costado de una de esas avenidas de las afueras, con viviendas recientes y pobretonas, en uno de los tantos imprecisos límites entre los barrios últimos y el campo anterior.
Ese día en la sociedad de fomento iba a haber, justamente, una fiesta a beneficio de una mutualidad correntina puesta bajo la advocación de Antonio Gil; en su homenaje se había alzado una especie de pequeño altar, con paños, banderas y velas rojas, exvotos, retratos, crucifijos, imágenes de la Virgen, una cesta para recibir donaciones y un dibujo del gauchito que lo mostraba, por supuesto, de riguroso colorado. No existía aún la difusión actual y el hecho y el personaje me asombraron. Pregunté quién era y qué pasaba.
Lo primero quedó un poco en el aire y en cuanto a lo segundo se me dijo que por ahí vivía mucha gente venida de Mercedes, en Corrientes, pago natal del gauchito y foco de su devoción. No había necesidad de excesiva penetración para comprender que se había tratado de un bandolero ungido, según el modelo habitual, por el cariño y la veneración de la gente sencilla.
El caso planteaba, a la vez, una curiosidad más específica a propósito de por qué en el devocionario popular argentino invariablemente se designa como "gaucho" al perseguido por la ley cuando es amigo de los pobres: el esquema correspondiente a esa tipología social es harto conocido, pues Robin Hood es, ciertamente, universal si bien las narraciones que lo tienen como eje no son en especial significativas, porque, por lo común, no es el mero robo a los malos ricos y el reparto entre los buenos pobres lo que trasmuta a alguien en santo, sino la muerte cruenta.
Esto es tan sistemático que, en su libro sobre devociones populares, don Félix Coluccio dedica un capítulo a "los gauchos milagrosos", y todos ellos resultan ser bandidos muertos "enfrentando a la partida". Cita a Bairoletto, a Cubillos, al Gaucho Lega (Olegario Alvarez), a Andrés Bazán Frías, a Antonio María, a Antonio Gil o Curuzú Gil, que es nuestro héroe, a Curuzú José, a Francisco José, a Turquiña (Miguel de Galarza), a Marianito Córdoba, a Julián Baquisay, a Aparicio Altamirano, a José Dolores o José, a Isidoro Velázquez y al turco Chiliento; sin excepción, la historia es la misma.
Pero hay, además, una curiosidad rarísima en esta nómina y es la distribución geográfica de estos personajes y de sus cultos. Curiosamente, del ámbito característico de los gauchos no ha surgido sino un santón y medio: el primero fue Pancho Sierra y el segundo "Tata Dios". Estanciero agauchado y matrero fanático respectivamente, a ninguno de los dos se les antepone la sacramental designación de gaucho que, en cambio, se aplica a todos los que prosperaron fuera del medio en que esa la expresión tiene un sentido inequívoco.
El tema y las reservas que hace nacer no sólo se refieren a bandoleros: ni los "gauchos de Güemes" y ni el "cura gaucho" (el padre Brochero) lo son de manera arquetípica. La cosa se complica si se advierte que al llamar de ese modo a los milagreros de marras siquiera una pizca de veneración se les retacea al no decirles "san", en una agachada inconsciente que, al fin y al cabo, termina poniendo las cosas en paz con lo que mandan la Iglesia y la sociedad.
Sigo con Coluccio: "En algunas provincias argentinas -dice-, la voz de gaucho es sinónimo de hombre fuera de la ley." "Gauchillo", es equivalente a sujeto de avería, "gauchear" a frecuentar ranchos en busca de mujeres, y "gauchada" no ya a favor o ayuda sino a treta o simulación.
Pero, con alguna frecuencia, lo malo es bueno y viceversa. Decirle a alguien gaucho bandido difiere según lo exprese una víctima o un admirador, cuyo entusiasmo a acaso lo lleve a imaginarse amigo o protegido. De todos modos, es cierto que en la zona pampeana, Juan Moreira, pese a Sardetti y a Chirino, fue admirado muy de veras, pero no originó culto alguno, sabe Dios por qué, quizá por la proverbial incredulidad del hombre de la campaña porteña.
Pero tierra adentro tenemos abundantes "casos" en Santiago y "payés" y "pomberos" junto al Paraná. Difuntos, aparecidos, conjuros, relatos prodigiosos y aves mágicas hay en cuanto lugar la impronta indígena es advertible, herencia a la que se le suman varios: por ejemplo, cuidado que con el gauchito Gil pues no basta con ser creyente, además hay que ser autonomista, como él lo era al igual que casi todos sus conterráneos con aureola -por eso es que anda de rojo riguroso-, menos Francisco José, de Esquina, al que se honra con banderas y cintas celestes, por ser un santo liberal, contradicción terminológica que desaparece en Corrientes.
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