
Por Pedro Isern Para LA NACION
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Se denomina enfermedad holandesa a la existencia de un recurso natural que por su gran incidencia en la economía de un país desplaza a otros sectores, haciéndolos menos competitivos. La menor competitividad de estos se daría porque la exportación del recurso natural principal haría ingresar grandes cantidades de dólares, apreciando la moneda local y generando problemas para exportar los otros bienes. Los ejemplos clásicos de ellos son el petróleo en los países árabes y en Venezuela. A su vez, Noruega y Chile son hoy dos contraejemplos remarcables: teniendo enormes ingresos por la exportación de petróleo y cobre, han generado mecanismos institucionales por los cuales esos recursos se ahorran en el extranjero, evitando una apreciación artificial del tipo de cambio local (aun así, los exportadores chilenos protestan).
Sin embargo, la producción de soja en la Argentina no se asemeja en nada a la enfermedad holandesa. Primero, es un recurso natural renovable. Pero mas importante aún, su carácter de renovable lo ha hecho precisamente la acción humana que permitió alcanzar sus actuales niveles de producción. La cosecha aumenta año a año a partir de la inversión en semillas, máquinas y herbicidas, entre otros, que se da en el sector. Aquí no se da ningún tipo de desplazamiento artificial de una actividad por otra, sino el desarrollo de un complejo agroindutrial competitivo a escala mundial. Si en algún momento hubo algo parecido a la enfermedad holandesa en la economía argentina, ello ha sido superado por la conversión de la producción agroalimentaria en una agroindustria de punta.
¿Dónde radicaría la confusión? En la baja competitividad del resto de la economía argentina, independientemente de la supuesta maldición de los recursos naturales que estaría causando la soja. Es decir, la producción de la soja estaría presionando sobre el tipo de cambio sólo si la pensáramos inserta en un marco institucional débil, donde los demás actores tienen problemas para competir eficientemente en los mercados internacionales.
Hay países ricos en recursos naturales (EE.UU., Canadá, Australia) que nunca sufrieron la enfermedad holandesa simplemente porque sus reglas de juego han sido la suficientemente buenas y claras como para que la economía no dependa únicamente de un sector. La enfermedad holandesa es consecuencia y no la causa del problema. Su mención en el actual conflicto campo-gobierno confirma que el principal problema no es la "sojización" sino la alta productividad de un sector en un marco institucional débil. Es decir, en un marco donde no se respetan los derechos de propiedad. Libertad.
El autor es investigador de la Fundación
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