Rincón Gaucho: la guitarra de Echeverría, una compañera que no podía faltar

El instrumento fue el compañero infaltable en aquellas andanzas por el barrio del Alto de San Pedro Telmo
El instrumento fue el compañero infaltable en aquellas andanzas por el barrio del Alto de San Pedro Telmo Crédito: Shutterstock
Pablo Emilio Palermo
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16 de febrero de 2019  

Ha dicho Jorge Luis Borges en su "Oda íntima a Buenos Aires" que los mayores hicieron la ciudad "para la guitarra de Echeverría".

El instrumento fue el compañero infaltable en aquellas andanzas por el barrio del Alto de San Pedro Telmo. Era Esteban Echeverría, según su biógrafo, Pastor S. Obligado, "un guitarrista de primer orden, pero no tenía voz". Lógico que su enorme producción poética debía centrarse, y mucho, en esas seis cuerdas que tanto bálsamo habían arrojado sobre su espíritu.

Se dijo que cierta tarde de verano, en una esquina de la calle larga de Barracas, llamada "Esquina de la Banderita", tuvo oportunidad de pedirle a un gaucho su guitarra y dejar sorprendido al paisanaje.

Obligado así lo narra: "El aire era tan triste, la voz ronca y cortada, el verso tierno, original por la armonía; al poco tiempo pudo notar cuán subyugado tenía su auditorio y la influencia de la música cómo despertaba los sentimientos tiernos de esos corazones endurecidos, pero que en el fondo guardan una virtud y sensibilidad que, como la perla caída en el fango, no ha sido aún descubierta".

"La guitarra o primera página de un libro", poema fechado en 1842 y publicado en París en 1849, narra la fatal pasión entre Ramiro y Celia, joven casada sin amor e infeliz en su matrimonio.

Los sones salidos de una quinta de los arrabales embriagaron al muchacho, que andaba sin rumbo: "En un bizarro alazán/ que libre, ufano y soberbio,/ cuando joven en la pampa/ pació la grama y el trébol,/ salió una tarde Ramiro/ solo con su pensamiento". El esposo, que sospechó de inmediato la infidelidad de la mujer, decidió vengarse: "Un hombre el campo corría,/ corría a la madrugada,/ en un caballo tostado".

Aquellas escenas, que tanto agradaban a Echeverría, fueron el teatro del drama entre el perseguido y el perseguidor, que solo quiere su muerte.

Monta entonces Ramiro "en un tordillo bizarro", "cuando el viento de la pampa/ templa del calor los rayos;/ y a las orillas del Plata/ trae las aromas del campo". El desenlace es fatal: el joven mata al esposo de una puñalada y la infeliz esposa cae fulminada por un ataque.

El "Correo de Ultramar" dio a la luz "La guitarra" acompañado de una litografía de su autor. En 1850, los amores de Celia y Ramiro ya se conocían en la federal Buenos Aires; el retratista italiano Bettinotti ofreció sus oficios para distribuirlo, con la condición de quitar la "mordaz" cuarteta final que lamentaba el destino de la patria "entre las manos de imbéciles y bárbaros tiranos".

Juan María Gutiérrez, compilador de la obra echeverriana, incluyó entre las producciones de su maestro y amigo ciertos "versos apenas bosquejados" que recibieron por título "A mi guitarra".

Su música es dulce: "Tú, que has sido siempre/ mi fiel compañera,/ justo es que te cante/ sonora vihuela./ ?/ Pues que a amar se niega/ mi burlado pecho,/ de tus dulces cuerdas/ oigamos al menos/ de amor las endechas,/ que el que amando vive/ sufre muchas penas".

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