
En la provincia de Entre Ríos los descendientes de los primeros agricultores de las colonias conservan el espíritu comunitario y, más allá de las diferencias de época, la valoración del trabajo como la más valiosa herramienta
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VILLA ELISA, Entre Ríos.- No hay límites precisos entre el pueblo y el campo. Las calles conducen a un paisaje abierto que mantiene el trazado original de los caminos y las parcelas agrícolas. Las casas forman un pequeño conjunto enclavado en la inmensidad del horizonte, igual que ayer.
La colonia vieja, o joven, según la perspectiva, tiene rasgos comunes a otras de esta provincia que también recibieron a inmigrantes de la región alpina de Francia, Suiza e Italia. Hay aquí una estoica aceptación del sacrificio; también una concepción del progreso que supone mucho más que eficiencia en el manejo agropecuario. En el desarrollo social y económico de la villa trasunta un fuerte espíritu comunitario.
Hace más de un siglo, la necesidad de establecerse justificaba jornadas enteras al rayo del sol, en la siembra o en la trilla, en el arreo o en la limpieza del monte. Las generaciones siguientes aceptaron el mismo destino, como si fuera una prueba bíblica, y así se convirtió Villa Elisa en una de las colonias más prósperas de Entre Ríos. El monumento al sembrador, cuya escala sobrepasa deliberadamente la del pueblo, sintetiza la importancia de la actividad agrícola del pasado y del presente.
La villa fue fundada en 1889 por Héctor de Elía en casi 7500 ha de su propiedad, que fueron hipotecadas para entregarlas en concesión (en aquella época se promovía la colonización de tierras mediante la exención del impuesto inmobiliario por diez años).
En una carta del administrador de la colonia, fechada en octubre de 1894, se señala que en la cosecha del trigo se empleaban 300 máquinas segadoras, "las cuales tienen que trabajar de noche, para dar abasto a todos los trigales que ya han madurado". Según el testimonio, "siéntese la escasez de personal para los trabajos de cosecha".
El primer molino harinero data de 1895, y según los registros, los índices de molienda aumentaron en forma extraordinaria mediante el otorgamiento de créditos a los comerciantes de la zona. En 1936 se obtenían 250 bolsas diarias de harina.
En 1931, el gobierno provincial autorizó la operatoria de La Vencedora, Sociedad Cooperativa Limitada, acopiadora de la producción granaria de la región, que se convirtió en la entidad orientadora de precios. Una de sus iniciativas más trascendentes fue la creación de la Caja Rural de Préstamos y Ahorros, en octubre de 1942, la primera de su género en Entre Ríos.
La historia del Banco Agrícola Mixto de Villa Elisa está relacionada con el crecimiento agropecuario del departamento de Colón. La entidad se especializó en la entrega de pequeños préstamos a los agricultores y "tenía en cuenta más que la responsabilidad material del interesado, su solvencia moral", señala una crónica de autor desconocido.
A partir de la Primera Guerra Mundial se interrumpió la comunicación con las familias que habían quedado en Europa, y se perdió el idioma de origen. Sólo a poco de cumplirse un siglo de la fundación se recuperaron los contactos gracias a una investigación del cura párroco Juan Esteban Rougier.
En primera persona
La historia de Hugo Aurelio Bouchet y su familia refleja una cultura de trabajo rural. Este chacarero descendiente de inmigrantes provenientes del Cantón de Valais, Suiza, cuenta que su abuelo paterno vino a la Argentina siendo niño.
De él recuerda que fue un ganadero importante (llegó a tener 600 novillos en 500 ha propias), y que, alrededor de 1948, al iniciar la siembra de arroz, compró varios autos para quitarles el motor y hacer funcionar una bomba que extrajera el agua de riego. Antes que eso, asegura que se trabajaba "a pulmón", con arados tirados a caballo.
Su padre creció en base al crédito y él intentó el mismo camino, pero terminó endeudado hasta tal punto que tuvo que vender 160 ha para saldar los pagos. "Hice una contramarcha extraordinaria", lamenta, todavía. Esto coincidió con una seca fabulosa por la que perdió 400 ha de maíz completas.
Hace unos 15 años que su hijo Pablo dejó de estudiar y se dedicó al campo. Es experto fierrero , "aprendió a los golpes, y hasta ahora no aflojó". Una de sus hijas cría gallinas para la venta de huevos y pollos, y otra, atiende un quiosco propio en el pueblo, que funciona como "caja chica". La unidad familiar está por encima de todas las dificultades.Viven en una casita en el pueblo y cuentan con una pick up modelo 1977, que compraron nueva.
La familia Bouchet siembra 150 ha de soja y 130 ha de arroz (en este caso, en sociedad con la cooperativa arrocera del pueblo). El productor reconoce que la cooperativa funciona hoy como vaso comunicante y que fue la red que sostuvo a muchos en los años noventa, durante la crisis de la producción arrocera. Por medio de esta institución, asegura Bouchet, se perpetúa el espíritu de colaboración de los primeros colonos.
La diversificación de actividades es una forma de asegurarse rentabilidad en lotes que rondan las 150/200 hectáreas. Dicen que esta capacidad de buscar alternativas y superar todo tipo de limitaciones también les viene de sus ancestros. Por encima de las diferencias de época hay una continuidad entre los colonos de ayer y los de hoy: ambos consideran el trabajo como la herramienta más valiosa y digna.
Diferencias entre ayer y hoy
ALDEA SANTA MARIA, Entre Ríos (De una enviada especial).- Los hermanos Javier, Claudio y Alcides Rausch trabajan juntos el campo, como antes lo hizo su padre con sus hermanos y su abuelo. Son descendientes de alemanes del Volga que llegaron a este pueblo en 1887, cuando era puro monte y no había ni trazado urbano ni iglesia.
Su mamá, Erminda, se acuerda que terminaba llagada después de horas de trabajo al sol, a pesar de que se cubría los brazos, la cabeza, las piernas. "Los comienzos fueron duros no sólo por la falta y por la precariedad de herramientas sino también por el desconocimiento del idioma y de las costumbres locales", dice Javier. Si bien el clima se presentaba benigno, había que trabajar mucho para sacarle frutos a esa tierra abundante. Los hermanos Rausch se acuerdan de las sequías y de las mangas de langosta que liquidaban los maizales, según contaban sus familiares, y guardan herramientas de mano de aquella época.
Infraestructura básica
Las condiciones económicas han cambiado y la infraestructura básica también. Ninguno de ellos prescindiría hoy de "comodidades" como la electricidad, el agua corriente, el gas natural y el teléfono. "Antes vivían con muy poco y se afrontaban menos gastos. Además las tierras eran más fértiles", dice Claudio Rausch.
Imaginan el desgaste de largas jornadas a la intemperie, mientras que ellos trabajan en cabinas cerradas y cubren gran superficie en una tarde. Su abuelo y su padre tenían que valerse de la intuición para manejar el suelo, ahora ellos consultan a un asesor y tienen a su alcance nuevos tipos de semillas y agroquímicos.
Tienen tambo, producen quesos, siembran soja, trigo, lino, maíz y sorgo (dan prioridad a la rotación de cultivos). Como otros, alquilan tierras a terceros para ganar escala (por la subdivisión de las tierras muchos quedaron fuera de competencia).
En esta aldea se celebra desde 1990 la fiesta provincial de la conservación del suelo. Desde aquí el INTA impulsó la sistematización de los campos para evitar que la erosión siga restando productividad a las tierras.
Un ascenso social casi ilimitado
"El fenómeno de la inmigración no podrá repetirse", comentó el historiador Alberto Sarramone, autor de "Nuestros abuelos inmigrantes", que comentó que la masiva llegada de europeos pudo darse porque "el país mostraba una cara diametralmente opuesta a la de hoy".
Sarramone -que es, además, productor agropecuario en Azul- es autor de una gran serie de libros dedicados a la historia de la inmigración. "Los que bajaron entonces de los barcos -dijo- se encontraron con una posibilidad de ascenso social casi ilimitada."
En su opinión, hoy día sucede lo contrario: "Ningún europeo en sus cabales, por más empobrecido que esté, podrá ver a la Argentina como una tierra prometida".
Sarramone no ahorra elogios a la labor realizada por los colonos extranjeros que se radicaron en el campo a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
Polémico, afirmó que fue "mucho más positiva la contribución del inmigrante que la del gaucho: este era proclive a sumarse a las montoneras, en lo cual mostraba una vocación violenta no muy distinta de la que muestran hoy los piqueteros".
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