
Para ahuyentar loros, patos y palomas en Entre Ríos y Santa Fe
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PARANA.- Evitar que los sembrados vuelen en el pico de las aves es un planteo histórico de las poblaciones agricultoras que generó no pocos métodos de combate contra las especies consideradas plagas. Desde el clásico y querido espantapájaros, que cobró vida para acompañar a Dorothy en busca del Mago de Oz, hasta los modernos cebos letales, no se halló aún el sistema perfecto que compatibilice los intereses de la economía agraria con la protección del medio ambiente.
Los gurisitos entrerrianos salían con la honda colgada al cuello, décadas atrás, a cazar loros para vender sus patitas, y de paso recolectaban huevos de langostas, todo auspiciado por el Estado con el mismo fin. En épocas más recientes fueron habituales las campañas de sacrificios masivos. Loros, palomas, tordos y patos entraron en la "lista negra" de los enemigos del agro, y contra ellos sólo cabía la guerra, pero la mirada más amigable hacia el medio ambiente, que prevalece en la actualidad, cambió esos planes de erradicación por medidas más tolerantes cuya eficacia está por verse.
Las provincias de Santa Fe y Entre Ríos inauguraron una comisión técnica que busca alternativas para el control de aves perjudiciales, con eje en la protección de los cultivos. Ahuyentar las palomas antes que matarlas, irritarles la boca y las fosas nasales a los loros para que se alejen, hacerles percibir colores distintos, confundirlos, asustarlos con la presencia de aves de rapiña antes que envenenarlos en sus nidadas, son las modernas técnicas de la lucha contra estas abundantes bandadas autóctonas que ven en el arroz, el girasol, el maíz y el trigo un verdadero manjar, para mortificación de los colonos.
La bióloga Sonia Canavelli, que se desempeña en la estación experimental del INTA Paraná, reconoció en diálogo con LA NACION, que "no hay estimaciones fidedignas del daño" producido por las aves en general en ambas provincias, y apuntó que los mayores perjuicios se ven "en lotes aislados que concentran una alta oferta de alimento".
La percepción del daño suele ser un tanto exagerada. "Como se concentra en los bordes, uno lo extrapola a todo el lote y generalmente no es así; recorriendo toda la parcela, el efecto se diluye. Por otra parte, las aves llegan en ruidosas bandadas y asustan un poco porque dan la impresión de que se comen todo", admitió Canavelli.
Los efectos de la abundancia de aves sobre los cultivos dependen de la época y la zona. El tordo y las distintas variedades de patos, que proliferan en el Delta y zonas de bañados, atacan preferentemente las arroceras. El girasol sufre el avance de las palomas en la siembra y de las cotorras y las palomas en la madurez. El maíz es el plato predilecto de los loros. La soja soporta el asedio de las palomas grandes en la siembra y en la emergencia también, porque consumen los cotiledones y el brote germinal, mientras que la espiga de trigo es como el pan para los pintorescos y bulliciosos jilgueros.
Carlos Debona, director de Sanidad Vegetal de la provincia de Santa Fe, explicó a la prensa local que "el control letal (sebo envenenado) es efectivo en el caso de la cotorra porque se agrupa en comunidades. Sin embargo, en el caso de palomas, patos o tordos, entre otras especies, no hay una metodología, y eso está causando problemas".
En estudio
Los profesionales consultados por LA NACION advirtieron que los métodos estudiados son diversos. Por un lado, existe una sustancia que modifica la longitud de onda de los cultivos y confunde a las aves, es decir, les hace creer que ese grano no es apetecible. Es un repelente usado particularmente en los Estados Unidos contra las aves que atacan el arroz, pero por ahora no ofrece garantías si se pulveriza sobre cultivos destinados a la alimentación humana.
Hay productos primarios que "actúan por irritación de la mucosa bucal u olfativa, y otros denominados secundarios que producen malestar después de que se ingieren los granos; entonces el ave rechaza el alimento", agregó la bióloga Canavelli.
La alternativa natural, que también estudia la comisión interprovincial, radica en la cría de halcones, no para atacar a las aves directamente, sino para modificar sus comportamientos, porque actúan como disuasivos. Con todo, los cebos letales no están descartados aún, pero los especialistas buscan cambiar los hábitos de las aves antes que proceder con medidas extremas, por ejemplo volteando repetidamente sus nidos para alejarlos hacia los montes. El veneno no sólo mata a las bandadas; también produce daños colaterales no deseados en el ecosistema porque los ejemplares muertos sirven de alimento a otras especies.
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