
Inodoro Pereyra, un clásico de Roberto Fontanarrosa, trae a nosotros la frescura del autor, a pesar de su ausencia
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En esa línea horizontal y finita con que definió la pampa húmeda hay ahora un silencio que desconcierta. Por ahí anda don Inodoro Pereyra, más renegau que de costumbre por su actual falta de libertad. No puede más que repetir escenas pasadas, aunque no ha perdido eficacia en producir el eco de la risa. Sabe que nadie vendrá a darle nueva letra ni le permitirá otros movimientos. Lo suyo será en adelante puro recuerdo de dichos y hechos, rescate de un pensamiento creativo que se atrevió a parodiar la retórica de la gauchesca. "Yo que he aguantado a la indiada no aguanto un malón de ausencia", había dicho ese mojón de la argentinidá .
La muerte de Roberto Fontanarrosa nos deja a todos frente al vacío a pesar de la familiaridad que se renueva en el trato con él a través de sus cuentos e historietas. En adelante, reencontrarse con Inodoro Pereyra será un ejercicio de melancolía por aquella plasticidad intelectual a la que adherimos a carcajadas, mirándonos en el espejo de sus textos.
Conocí personalmente a Fontanarrosa pocos meses después de que el Rincón Gaucho surgiera en este suplemento, y guardo -lejos de los colores de mi hija- aquel gaucho que produjo y dedicó para mí al final de nuestra charla en su estudio, allá en Rosario. Me pareció tan lineal, simple y entrañable como sus personajes de historieta, alguien para quien hacer reír, más allá del oficio, es reflejo de la buena salud. De ese encuentro tengo bien presente no sólo su postura, con los pies sobre su mesa de dibujo, sino también la mención de un cuadernito -recurso escolar que me despertó cierta ternura- en el que anotaba ocurrencias que después trabajaría para lograr un remate o la continuidad del diálogo entre viñetas.
Comprendí que Fontanarrosa lograba una alta dosis de picardía en la construcción de su gaucho de papel porque, como hombre de ciudad, tenía distancia para pensar y recrear la historia y la literatura referidas a una geografía instalada en el imaginario colectivo como tierra adentro. Cuadradito tras cuadradito, Fontanarrosa afianzó su oficio de humorista, en un equilibrio entre relecturas e ironía, y un ineludible punto de vista periodístico (no olvidemos que Inodoro y su fiel amigo Mendieta se topaban cada vez más a menudo con situaciones de rigurosa actualidad). Su tono, sin embargo, está lejos de ser hiriente u ofensivo, el personaje -su ignorancia, su brusquedad, sus exabruptos- se vuelve querible y al final, uno lo elegiría con gusto como compañero de ruta para "entrarle al campo" de una manera distinta.
"De pie, sobre la pampa horizontal y tozuda, Inodoro era un almácigo vivo de tradición, una mandioca preñada de acervo nativo"...
"En tanto el mate, absorbida calentura yerbatera, pasaba de mano en mano de Inodoro Pereyra debido a la ardiente temperatura de su calabaza vernácula, la siesta se enriquecía con la esgrima cordial y simple de la plática. Desde la tierra madre trepaba por las hilachas del sopor, un aroma puro y estomacal a pisoteada bosta...", escribió Fontanarrosa.
La historieta que lo sobrevive y que se ha vuelto un clásico, junto con sus cuentos, logra con éxito conectar a los lectores urbanos con la identidad rural de la Argentina, que se mantiene a pesar de la constante migración a las ciudades y de la desaparición de numerosos oficios. El mismo autor reconoce, sin embargo, que no pasó en el campo más de cuatro horas en toda su vida, y que su intención no es "alimentar a las futuras generaciones con nuestro acervo cultural" sino sencillamente hacer reír a partir de los recursos que le ofrecen las tradiciones criollas. Lejos de cualquier gesto solemne, Fontanarrosa matendrá su frescura en esos diálogos que, aunque ya conocidos, son camino seguro para no perderlo de vista.
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