
Historia de inmigrantes que rescataron la tradición
1 minuto de lectura'
No se trata de dar fundamento a una tesis, sino simplemente de observar lo que parece una paradoja: los inmigrantes italianos y sus descendientes, tratados en forma peyorativa en la gauchesca y el criollismo -porque eran percibidos como competidores laborales o contaminadores de lo genuinamente nacional- fueron tal vez quienes más aportaron, entre los que no tenían sangre ni pasado criollo, en el rescate y la sublimación de los valores tradicionales del campo.
En la xenofobia que recorre y asoma de diversos modos en la literatura argentina desde fines del siglo XIX hasta principios del XX el blanco preferido fue el italiano.
Martín Fierro se burla de un "gringo" organillero en la pulpería donde es llevado y de un "papolitano" centinela en el fortín; Juan Moreira denuncia al "gringo" comerciante que lo estafa y lo empuja al delito; el teatro criollo se mofa del "tano" que pretende hacerse pasar por criollo y crea el estereotipo del "cocoliche"; el sainete lo muestra ridículo y a veces avaro o avieso.
Sin embargo, muchos de esos italianos o sus descendientes inmediatos -identificados con lo vernáculo hasta confundirse a veces con el criollo genuino- se enrolaron en la primera línea de fuego del nacionalismo cultural como verdaderos exegetas de los valores tradicionales, evocadores de la cultura gaucha o militantes criollistas.
No deja de ser una coincidencia para destacar que, allá por 1880, cuando la pluma de Eduardo Gutiérrez popularizaba la legendaria figura de Moreira a través del folletín, en Santa Fe nacía otro futuro gaucho alzao que también sería leyenda: Juan Bautista Bairoletto (o Vairoletto), hijo de un matrimonio de inmigrantes italianos.
En el teatro y la poesía
La familia Podestá llegó desde Génova al Río de la Plata a mediados del siglo XIX y sus descendientes formaron un numeroso clan de artistas de circo. A estos hijos de italianos les debe su génesis el teatro criollo.
José y Antonio, nacidos en Uruguay, llevaron a la escena el Juan Moreira, primero como pantomima, y como drama a partir de 1886, lo que se considera el hito de nacimiento del género. Y otro de los hermanos, Pablo, tuvo su primer suceso con la comedia costumbrista "¡Al campo!", de Nicolás Granada.
La historia del teatro nacional ha resaltado cómo esos artistas del circo criollo acercaron los dramas rurales a un público urbano y cómo esas historias pasaron del picadero a un escenario "a la italiana, con espacios diferenciados y jerarquizados".
También se ha dicho que el público concurría a esas representaciones para reírse de sí mismo y, de ser así, el italiano iba a ver cómo se lo estereotipaba, con piedad a veces y con agresividad otras.
Sin embargo, las crónicas destacan el apoyo entusiasta del público italiano al "Juan Moreira" y a otros dramas de gauchos perseguidos. Y esto tal vez tenga su explicación en el hecho de que en el folklore del sur de Italia son muy populares las historias que denuncian la existencia de "dos justicias" -una para el rico y otra para el pobre- y exaltan la figura romántica del bandolero.
Un nuevo país
Pero no todo fue antiinmigratorio en la dramaturgia nacional. En 1904 Florencio Sánchez escribió "La gringa", donde la tensión entre el criollo y el inmigrante se resuelve de manera auspiciosa y con el optimismo de que esa realidad inexorable dará paso a un nuevo país, beneficioso para todos.
Ya que hablamos de teatro no podemos dejar de mencionar al más famoso de los saineteros porteños, de ascendencia italiana: Alberto Vacarezza, que en su copiosa producción teatral abundó en temas camperos como en "Los cardales", "El último gaucho", "El camino de la tablada", "Allá va el resero Luna" y "La Biblia gaucha".
También escribió libros de versos nativistas y el guión cinematográfico de "Viento norte", film basado en un fragmento de "Una excursión a los indios ranqueles". Vacarezza poseía el talento repentista de los payadores.
Hubo entre éstos también algunos de origen italiano, como Bartolomé Aprile, hijo de genoveses y autor de poemas como "Charrúa" y "Campo", y Juan B. Fulginiti, que nació en Génova a fines de siglo XIX, recaló de niño en la Argentina y creó versos gauchescos como "Comentando" y "El colorao".
Pinturas y testimonios
Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas llegó a la Argentina el bibliófilo y periodista napolitano Pedro de Angelis, que realizó una importante recopilación de documentos históricos rioplatenses y escribió una biografía del Restaurador.
Entre los hijos del Dante que registraron en la crónica y el documento científico, la realidad rural durante el conmocionante período de cambio que se inicia en 1880, debe mencionarse a Clemente Onelli, "el más criollo de los italianos", como lo calificó José María Gallardo.
Onelli llegó a la Argentina en 1889, recorrió la pampa y la Patagonia como parte del equipo del perito Francisco Moreno, aprendió las lenguas mapuche y tehuelche y dejó en páginas inolvidables testimonios de escenarios, hechos y tipos sociales y étnicos de una Argentina hasta entonces poco conocida por los propios argentinos.
El poema de José Hernández tuvo y tiene talentosos dibujantes y pintores. Entre ellos sobresale Zavattaro, italiano que llegó a Buenos Aires y se documentó sobre rostros, pilchas, animales y escenas mencionados en el Martín Fierro hasta desarrollar una serie de ilustraciones para los almanaques de Alpargatas.
Hay que señalar, además, que algunos de los más importantes pintores argentinos de fines del siglo XIX que dedicaron sus mejores telas a la geografía pampeana, sus habitantes y quehaceres, se formaron en la escuela italiana.
El mejor ejemplo tal vez sea Angel Della Valle, autor de "Incendio en la pampa", "El malón", "La carrera de sortija" y numerosos registros a pincel de la vida fortinera.
En este recorrido de personalidades peninsulares o de ascendencia peninsular que aportaron a la cultura criolla faltan muchos, entre ellos innumerables animadores de ateneos, peñas y círculos tradicionalistas o folklóricos, que el lector debe conocer en más de un caso.






