
En menos de un mes el consumo de la carne cayó en picada hasta un 50 por ciento; insatisfacción por las medidas tomadas
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PARIS.- Algunos lo llaman "psicosis"; otros, "crisis de confianza", pero no importa cuál sea el diagnóstico de la afección que padecen los consumidores europeos, lo cierto es que su principal síntoma los lleva a huir de las carnicerías como un perro rabioso lo hace del agua.
El renovado temor por el "mal de la vaca loca" ha hecho caer en picada el consumo de carne bovina en los países donde más solía saboreársela en menos de un mes. En Francia, Italia y Portugal el descenso ha sido de entre un 40 y 50%; en Portugal, de un 15%; en Alemania y los Países Bajos, si bien no hay cifras oficiales, se lo calcula en un 30 por ciento. Las medidas adoptadas esta semana por la Unión Europea han sido calificadas de "insatisfactorias" por la mayoría de las asociaciones de consumidores.
Estas se reducen a detectar el prión que causa la enfermedad en todas las vacas destinadas al consumo de más de 30 meses de edad, período en el cual el agente contaminador apenas se manifiesta. El plan involucrará a unos 40 millones de ejemplares, pero no se pondrá en marcha hasta enero de 2001 y deja fuera de su campo protector a todas las terneras.
Tímidas medidas
Lejos de tranquilizar a la población, la tímida acción de los Quince ha alentado la incredulidad. Y en su fuga los clientes no hacen distinciones de banderías. La crisis afecta, al menos a corto plazo, tanto a los granjeros europeos como a los importadores.
Este brote de aparente histeria tiene su centro en Francia y sus raíces son tanto científicas como políticas. Comenzó con la revelación de que el ganado infectado con el prión de la encefalopatía espongiforme bovina había sido accidentalmente comercializado en un local del supermercado Carrefour.
El escándalo salió a la luz gracias a que los franceses comenzaron a aplicar en forma aleatoria un test de detección del mal en carcasas de animales destinados al consumo.
Algunos, como el primer ministro Lionel Jospin, sostienen que esto también explica el extraño aumento en el número de casos registrados en Francia durante el último año, cuando en Gran Bretaña, donde comenzó la epidemia con características más fuertes, la tendencia es hacia la baja.
En 1992, los británicos encontraban más de 30.000 animales infectados por año; ahora la cifra no pasa de los 1000. En Francia, el año pasado, tenían sólo 7 casos; ahora cuentan con 189, seis de los cuales fueron descubiertos esta semana en una sola jornada.
Pero el presidente, Jacques Chirac, está convencido de que el incremento se debe también al uso de harinas de origen animal en la alimentación de ganados, una práctica que los británicos prohibieron en 1990 pero que Francia sólo empezó a hacer en 1996 y exclusivamente para los bovinos. En abierto desafío a Jospin, el presidente neogaullista propuso mediante un mensaje en cadena nacional la veda total de esas harinas.
Dos semanas de amargo enfrentamiento político en el seno de la "cohabitación", sumadas a la aparición de dos enfermos con síntomas de la versión humana de la EEB, la enfermedad de Creutzfeld-Jakob, contribuyeron a crear una atmósfera de pánico más allá del territorio francés.
España fue el primer país en cerrar sus fronteras al ganado francés asegurando que quería preservar su status de nación "libre de la EEB". Una decisión que ahora despierta todo tipo de sospechas al haberse confirmado esta semana la existencia de dos casos en Galicia.
Con esta primera reacción internacional y las carnicerías prácticamente vacías, Jospin terminó por claudicar. Dispuso la prohibición de la venta de carne con hueso y del empleo de harinas de origen animal en la alimentación no sólo de los bovinos, sino también de porcinos, aves, peces e incluso animales domésticos.
Todo, como parte de un plan de siete puntos que contempla, entre otras cosas, el retiro de material bovino en la fabricación de gelatinas y sueros.
Marcha atrás
Esta "marcha atrás" en la posición original del primer ministro francés confirmó los peores temores de los consumidores. Holanda, Rusia, la República Checa, Hungría y Polonia vedaron el ingreso de la carne francesa. El golpe más duro lo asestaron los italianos al hacer lo mismo, dejando así sin destino el 55 por ciento de la producción francesa.
La inhabilidad de los franceses en convencer a sus colegas europeos de prohibir el uso de harinas de origen animal hace aún más incómoda la situación: sus ciudadanos no pueden emplearlas, pero tampoco pueden impedir la importación de carnes de países donde se las utiliza.
Aun así, esta situación debería, en teoría, beneficiar a los exportadores de granos argentinos, por cuanto nuestro país se encuentra entre los principales proveedores de las tortas de soja empleadas en Europa para la alimentación "vegetariana" del ganado.
Pero Francia, que importa un 50 por ciento de las proteínas vegetales que consume, ya ha solicitado a Bruselas que le permita aumentar su propia producción de oleaginosas y asegura que, en el corto plazo en el cual deberá importarlas, no apelará a las genéticamente modificadas.
Si esto se confirma, lejos de ser una ventaja, esta crisis puede arrastrar la era de las vacas flacas europeas a la otra orilla del Atlántico.
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