
Alfalfa transgénica, maíz resistente al estrés hídrico y soja con omega-3 son algunas de las investigaciones que está desarrollando Monsanto en los Estados Unidos
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SAINT LOUIS, Estados Unidos.- Se abre la puerta de un laboratorio y el visitante, curioso, pregunta: "¿Y acá qué están haciendo?". El guía, solícito, responde: "Alfalfa transgénica".
No es sencillo imaginar que en un cuarto de no más de tres por tres se desarrolle una de las fases críticas de la investigación en una nueva variedad que puede tener un impacto profundo en pocos años sobre la vida y la economía agropecuaria de numerosos países, entre ellos la Argentina.
La habitación en cuestión, uno de los 122 ambientes de atmósfera controlada, está en el gigantesco laboratorio que Monsanto posee en Chesterfield, en las afueras de Saint Louis. Es uno de los principales lugares en los que se inició la revolución biotecnológica. De aquí salió hace 11 años la soja resistente al glifosato, que permitió un ahorro a los productores agropecuarios argentinos de unos 2500 millones de dólares, sólo en los primeros cinco años de su liberación comercial.
¿Y hacia dónde van ahora las investigaciones de Monsanto? Harvey Glick, director de Asuntos Científicos de la compañía, responde: "Por una lado están focalizadas en lograr variedades que permitan obtener mayor productividad (tanto por el control de plagas, malezas y estrés hídrico) y, por otro, para alcanzar alimentos más saludables y con determinadas características de calidad".
Entre los primeros se destacan los maíces resistentes a la sequía, que Monsanto comenzará a probar en la Argentina a fines de este año y que podrían estar listos en 2009. "Las exigencias por un uso eficiente del agua son cada vez más importantes en todo el mundo", señala Glick.
Entre los segundos, sobresalen las investigaciones en soja con omega-3, un ácido graso esencial que otorga innumerables beneficios a la salud y que se extrae, fundamentalmente del pescado. "En Estados Unidos hay una demanda por consumir alimentos más saludables, dado que la dieta promedio adolece de esta característica", afirma.
También están los maíces con mayores proteínas destinados a la alimentación animal. En este caso, Monsanto se asoció con Cargill para constituir la empresa Renessen.
Otro producto que también apunta a lograr mayor productividad es la alfalfa resistente al glifosato, que en dos años ingresará en una fase de experimentación a campo.
Según las estimaciones de los especialistas de la compañía, la inversión requerida para desarrollar cada nuevo cultivo oscila entre los 50 y los 100 millones de dólares. Buena parte de esa suma está destinada a cumplir con los procesos regulatorios establecidos en los países que aceptan variedades provenientes de organismos genéticamente modificados (OGM).
Perfil
Glick explica que Monsanto se define como una compañía orientada al negocio de las semillas y de la biotecnología. "El 80 por ciento del presupuesto en investigación y desarrollo (I & D) está destinado a la biotecnología y el resto a agroquímicos, mientras que en el resto de las compañías la proporción es inversa, de 30 al 70 por ciento", informa. La inversión anual de la compañía en I & D asciende a 500 millones de dólares anuales. "Consideramos que el valor de los productos químicos está en retroceso", añade Glick, en referencia a la creciente importancia de China en la elaboración de glifosato.
La orientación hacia la biotecnología se sustenta en el hecho de que la agricultura tiene cada vez menos tierras disponibles para expandirse y que la única posibilidad de incrementar la productividad se encuentra en la modificación genética de los cultivos. "El desafío consiste en producir más alimentos con la misma superficie", estima.
Ni siquiera las resistencias de los grupos ambientalistas, en opinión de Glick, pueden constituir una barrera en el largo plazo para la expansión de la ingeniería genética, aunque reconoce que esas acciones, salvo en Estados Unidos, fueron muy efectivos en crear miedos en relación con la biotecnología.
Otra estrategia
Pero además de los cultivos comerciales, Monsanto está instrumentando una estrategia de asociación con distintos organismos públicos y universidades privadas de los países en vías de desarrollo. "El círculo vicioso de la pobreza en el medio rural se explica, entre otros factores, por los bajos rendimientos de los cultivos y por la imposibilidad de acceder al conocimiento", explica Robert Horsh, vicepresidente de los programas de Producción y Cooperación tecnológica de Monsanto.
Uno de los casos de cooperación que se desarrolló con mayor éxito fue la expansión del algodón BT en la región sudafricana de Kwazulu-Natal, que permitió incrementar los ingresos de los pequeños productores de la zona entre 10 y 50 dólares por hectárea por el aumento en un 26% de los rendimientos y la reducción en el uso de pesticidas.
También está difundiendo prácticas de siembra directa en Africa y Filipinas. Según Horsh, las iniciativas benefician a unos 25 millones de pequeños productores de países en vías de desarrollo.
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