
Por M. E. Martínez Zuviría Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Hoy se cumplen 121 años del nacimiento de Hugo Wast, un escritor que se destacó por sus historias ambientadas en los paisajes rurales de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, paisajes que el autor describió detalladamente en cada una de sus obras.
Sus libros no tienen la atractiva complejidad de las obras de Borges ni de Cortázar. Más bien se destacan por la sencillez de su lenguaje, que nos deja el propósito de ser mejores personas. Hugo Wast seduce por el encanto entrañable de su pintura de costumbres, como resultado de haber participado en muchas de ellas y si bien no lo creemos experto en el lanzamiento de las boleadoras, por ejemplo, veamos como lo describe como entusiasta conocedor: "Se oyó el silbido de las tres bolas, girando abiertas en el aire", dice en "Tierra de jaguares".
Su gran mérito fue escribir con el alma impregnada de amor por su tierra: uno vibra con sus relatos, y desea dar vuelta cada página para ver cómo continúa la historia.
Wast manifestó vivir su fe de forma tan feliz, que deseaba compartirla con cada interlocutor. Los resultados de su existir nos señalan la historia del camino que recorrió; y si bien tuvo sus equivocaciones, la memoria que ha dejado se agranda día a día, sobre todo entre gente joven poco acostumbrada a encontrar tanta esperanza, transparencia y alegría en sus lecturas. Wast también tuvo el mérito de haber rescatado episodios históricos memorables.
Como funcionario público, su huella fue profunda: como director de la Biblioteca Nacional triplicó su patrimonio. Como ministro de Instrucción Pública, impulsó la enseñanza religiosa optativa en las escuelas. Como esposo y padre demostró una devoción absoluta a sus trece hijos, sus nietos y su esposa, Matilde de Iriondo.
Un buen cristiano
Toda esta trayectoria podría resumirse en una sola oración: fue un buen cristiano. Los que lo conocimos recordamos su dulzura, su amor a su familia y a su patria y su sentido del humor; pero por sobre todo, su inquebrantable fidelidad a Dios. Murió como vivió, pacíficamente, aceptando el final con resignación cristiana.
Cuentan que el padre Guillermo Furlong quedó maravillado por su faz al morir. "Me impresionó su sonrisa bellísima, como de aurora refulgente, que si añadía un hilo a la trama sutil de su larga y fecunda existencia, decía a las claras cual era la felicidad de aquel que, habiendo hambreado la belleza, el amor y la verdad y habiéndolas expresado tantas veces, las poseía infinitas y para siempre", escribió Furlong.
Hoy, vale la pena recordar el paso de quien difundió por el mundo los valores y las historias de su país y regaló muchas horas de felicidad.
La autora es nieta del escritor y autora de varios trabajos biográficos sobre Wast.






