
Las fajas que teje Ercilia Moreira de Cestaj, descendiente del cacique Manuel Grande, son símbolo del mestizaje en la llanura pampeana; la fidelidad por los diseños indígenas distingue a la artesana entre sus contemporáneos
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AZUL.- A pesar de su inquietud por desentrañar los misterios de la cultura pampa a través del lenguaje no pudo revertir el hermetismo de sus mayores.
Perseguía el sentido de las palabras para vitalizar esa herencia. Sin embargo, terminó cegada por la ignorancia. El silencio de su abuela frenó su vuelo hacia la verdad familiar. Pero no se resignó. Buscó una manera de recobrar la tradición y de proyectarla.
Hoy sus tejidos conservan los diseños y la factura indígenas. Y el respeto por esa cosmovisión, que se traduce en la calidad de sus fajas, provoca el reconocimiento de jurados de la más alta calificación.
"Yo pensaba, si el cielo se gana con paciencia, éste es el camino para conseguirlo", advierte Ercilia Moreira de Cestaj, para explicar su vocación por el tejido en telar.
En esas piezas confluye la diversidad cultural que resultó del intercambio entre indios y blancos. En el siglo pasado, la distancia impuesta por la línea de fortines cedió ante la fuerza del encuentro que el uso de ponchos y fajas empezó a evidenciar.
Pero la integración se convirtió en utopía y la identidad de los pueblos indígenas desvaneció su presencia en los usos y costumbres mientras se desarrollaba el proceso de conformación nacional. El poder del más fuerte acalló la vital expresión de la vieja sangre americana.
De la marginalidad en la que quedaron relegadas las últimas generaciones aborígenes hoy emerge su talento artesanal. En la trama que prepara la descendiente del cacique pampa Manuel Grande -que en los tiempos de Cipriano Catriel estaba asentado en esta zona- pervive una antigua raíz antropológica.
Pero más allá del significado de guardas y dibujos, más allá de los secretos que conserva esa disposición de hilos, el aporte de las tejedoras contemporáneas vivifica la simbología que portan las piezas.
"Es increíble cómo mi nieto toca el piano. Es que, más allá de lo que le enseña su profesora, sorprende lo que él tiene para dar a la música." Esta apreciación de Ercilia podría extenderse como fundamento de su propia vocación. Ella buscó en el arte una atmósfera, que le sirvió para encauzar su anhelo de expresar en forma gráfica lo que sepultó el silencio.
Historia que continúa
Ercilia tiene 73 años. Su tez y sus cabellos blancos no indican su ascendencia indígena. Sólo quien observa sus manos en la urdimbre descubre intacto el legado pampa.
El tejido fue lo único que su abuela, Pascuala Calderón, quiso transmitir. "¡Trabaje, trabaje!", era la respuesta a cualquier intento por develar misterios del pasado.
"Yo le preguntaba cómo se hablaba en indio, pero ella ignoraba mi necesidad de conocer. No sé por qué lo hacía, si por vergüenza o por lo que habían sufrido ellos", cuenta Ercilia.
Pero el diálogo fue factible en otro plano. El encuentro de las mujeres frente al telar vertical resultó fecundo. Sus palabras suenan como un eco que viene de lejos y vale la pena multiplicar esa resonancia. "Cuando era chica escuchaba las rogativas de las abuelas, pero no entendía. Nunca nadie me explicó el sentido de todo eso. Empecé a comprenderlo después, en la convivencia. Era gente respetuosa y honesta al máximo. Y si bien no quisieron dar continuidad a la lengua, decidieron transmitir su trabajo artesanal."
Cuando Ercilia terminó la escuela primaria ya no quiso estudiar. "Y no por acobardada porque mis cuadernos siempre fueron modelo. No me gustaba salir de la casa y decidí trabajar con mi abuela. No me importaba estar todo el día en eso. Primero aprendí a poner la urdimbre, después ella me enseñó el liso y así... Era divino verla hilar, hacer ponchos, matras y fajas."
"No he creado motivos, no me gusta que esto se desvirtúe, por respeto a la cultura pampa y por respeto a mi abuela, que murió a los 95 años y tejió hasta el último momento", advierte Ercilia.
De paso por el museo local y frente a las fotografías de las familias indígenas, ella lamenta que el único retrato que quedaba de Pascuala Calderón se haya perdido.
Ercilia empezó a trabajar para los clientes de su abuela y después ganó los propios. Se niega a abastecer a talabarterías porteñas. "Prefiero trabajar de a poco, quiero ser libre como los pájaros; organizo mi tiempo según me parece y nadie me impone condiciones", aclara. Su trayectoria fue fructífera en reconocimientos. Entre ellos se destacan los reiterados primeros premios del Festival de Cosquín y de la exposición rural de Palermo.
También merece mención el Santos Vega, que otorga la revista Manos Artesanas, de acuerdo con la votación de centros tradicionalistas, y el viaje a España que ganó en 1997 por el Torneo de los Abuelos Bonaerenses.
Con la paciencia que exige todo ritual, dedicó su vida a corporizar en el tejido una historia signada por el desencuentro humano. El límite físico que impuso la línea de fortines hasta el avance de la expedición del general Roca pervive como distancia cultural y esta tejedora da testimonio de ello.
Sin embargo, la revalorización de los tejidos pampa, que se registra en el campo y en las ciudades, es un giro en favor de la confluencia.
En 1996, Ercilia cumplió las bodas de oro con Angel, hijo de un inmigrante francés. Los años de matrimonio nutren los recuerdos de la tejedora y aminoran el dolor de la ausencia. Hoy la acompañan dos hijos y cinco nietos. Casi todos ellos demuestran inclinación por el arte: desde la pintura, la poesía y el teatro hasta la música. Hace poco tiempo una de sus nueras es su aprendiz.





