
A nueve años de su muerte, ocurrida el 16 de febrero de 1996, los entrerrianos renuevan sus afectos por su mayor artista popular
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PARANA.– Llegada la estación de las fiestas musicales, los entrerrianos vuelven a expresar su cariño sin par hacia el fundador del cancionero popular provinciano, Linares Cardozo.
“Noche calma sobre el río / sueño, trabajo, querer”: su “Canción de cuna costera”, considerada por muchos el himno de Entre Ríos cumplió 50 años, y sigue recorriendo el mundo.
La obra nació en un encuentro casual: el entonces joven Linares se enamoró de súbito en Paraná de la estampa criolla que ofrecía Dominga Ayala amamantando a su segundo bebé en Puerto Sánchez, y le pidió permiso para un boceto. Con el consentimiento de Domingo Almada, el artista se inspiró para los versos, la melodía, la pintura; y tanto se aquerenció que en adelante encontraría siempre la oportunidad de reiterar su admiración por esta pareja de orilleros cargados de hijos propios y adoptivos, en los que veía el prototipo del entrerriano.
Las voces de Juan Carlos Baglietto, Carlos Aguirre, Liliana Herrero; la guitarra de Miguel Martínez o el piano de Guillermo Zarba, han sabido recrear esta nana ribereña sin igual que invita al sueño a los gurisitos costeros con promesas de “chalanita de ceibo, collar de caracol”.
“Los Fronterizos difundieron la “Canción de cuna costera” por todo el planeta; en lo que era la Unión Soviética tuvo enorme aceptación”, apunta el músico Miguel Angel Martínez, que tiene al paceño Linares como uno de los “pioneros” del cancionero entrerriano. “Canción de cuna costera es uno de los dos mojones junto con Río de los pájaros, de Aníbal”, opina.
Luego recuerda que el diamantino Carlos Santa María, como solista, y el cuarteto vocal Los Paranaseros (de Santa Fe) fueron los primeros en grabar canciones de Linares. “Fue un gran poeta, y como músico era intuitivo”, añade.
La escasa o nula difusión actual de las grabaciones con la voz de Linares Cardozo contrasta con la vigencia de sus obras en los escenarios o en las reuniones familiares. “La Lindera”, “Peoncito de estancia”, “Chacarera del río Seco”, “Lázaro Blanco”, “Mi Cabayú Cuatiá”, “Evocación entrerriana”, “Tropero silbador”, “Coplas felicianeras”, son piezas infaltables en las tertulias folclóricas.
En las escuelas, estas composiciones siguen el mismo destino desparejo de las obras de su amigo y maestro Atahualpa Yupanqui.
Pintor, poeta y cantor
Fue profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación, y Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Entre Ríos. Dibujos, óleos, tinta china, obras con técnica mixta, aparecen esporádicamente en exposición. “No podemos separar la pintura de Linares de su música y poesía; para ser pintor como él, se tenía que ser poeta y cantor”, reflexiona el plástico Rodolfo Rey, que fue su amigo.
Rubén Manuel Martínez Solís, tal su nombre original, había nacido en el barrio El Florestal de la ciudad de La Paz el 29 de octubre de 1920. Cada 29 de octubre se celebra aquí el Día de la Chamarrita, y es que en su devoción por la cultura y los modos locales investigó las melodías autóctonas y a través de su relación con viejos guitarreos y acordeonistas rescató del olvido este ritmo binario.
La chamarrita, con origen en las islas Azores y compartida por entrerrianos, orientales y riograndenses, “se baila medio cansado como trote de aguará”, describe el poeta en La Lindera.
Fácil de seducir por personajes emblemáticos, el artista departió de chico en la estancia de su tío Manolo, en El Yeso, con un capataz apodado Linares (Lino Puig Cardozo) que hacía carne “en los dichos, las sentencias, la conducta, la serenidad”, la figura de Don Segundo Sombra inmortalizada por Estanislao del Campo, y adoptó su sobrenombre. Todo empezó el día que delineó las caricaturas de los ajedrecistas en un campeonato, y las firmó como Linares.
Nació y se crió en la ciudad, pero sus obras pintan el paisaje natural y humano con especial tentación por las costas y el campo. Hasta en sus manifestaciones de ocasión. Poco antes de la despedida, ocurrida en Paraná el 16 de febrero de 1996, alguien le alcanzó un micrófono y Linares aprovechó para una espontánea despedida: “Mi agradecimiento muy especial, con un feliz año nuevo, para el pueblo de Entre Ríos, esos seres humildes a quienes he querido tanto, los costeros, los isleros, el obrero, el hombre de campo, del agro. A los tipos populares, al mundo que le he cantado, a sus paisajes, a su melodía permanente hecha música en el trino de los pájaros, en la brisa. A todo eso, mis mejores augurios para siempre, con un destino de esperanza como se lo merece esta entrañable Entre Ríos”.
Optimista empedernido
Militante de la esperanza, decía: “Lo que puede ser nefasto se ilumina con la conducta de tanta gente buena que tiene nuestra patria”. En esa línea de optimismo empedernido solía esquivar definiciones políticas de momento con la frase: “No soy quién para hacer una crítica”.
En La Paz, su cuna y su morada última, la admiración por Linares florece en cada rincón, y más en el clásico encuentro “Cuando el pago se hace canto”. En la última edición bien chamamecera, el fin de semana pasado, todo el mundo hizo referencias a Linares.
Según Juan María Martínez, el menor de los hermanos menores de Linares, con ochenta años la suya era una familia uruguaya que emigró a Entre Ríos en tiempos de guerras fratricidas.
“Rubén sembró, y sembró en tierra fértil: los cantores, los chamarriteros… la gente lo recuerda con mucho cariño en todas partes. Es el cantor popular dispuesto a defender las esencias de la patria chica”, dice Pirungo, como lo conocen todos por estos pagos entrerrianos.
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