
En medio de los festejos por el aniversario, su actual propietaria, Sara Salas de Berisso, imagina y desea un museo en el antiguo casco del establecimiento
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PARANA.- Alma máter de dos premiadas cabañas de Aberdeen Angus y percherones que ella fundó, Sara Berisso reveló un anhelo que dará que hablar: quiere que el patrimonio más sorprendente de su estancia, el añoso casco, sea abierto al público en el futuro con características de museo.
Durante una multitudinaria reunión convocada para celebrar los 130 años del arribo de la familia Berisso a la antigua estancia La Conchera de Flores, cerca del río Gualeguay, la mujer confesó su deseo. Pero la importancia del desprendimiento sólo se comprenderá si se conoce la singularidad de esta obra y su preciada historia en medio de los montes, pajonales y bañados del sur entrerriano.
La casona, sobre una loma que la pone a salvo de las inundaciones, luce pisos de madera y mármol, balcones a los cuatro vientos, muebles tan antiguos como sus paredes, y está cuidada hasta en los detalles. Las casas de servicio, el molino, el corral de palo a pique y las bandadas de pájaros completan el escenario criollo que poco se diferencia, seguro, de lo que se veía hace un siglo.
Imagen esplendorosa
Media hora de caminos polvorientos, entre bosques de algarrobo, chañar, quebracho blanco, ñandubay y tunas, muchas tunas; puentecitos de palos de una sola trocha, con parantes pintados de blanco y rojo; por ahí diez novillos que se disputan la sombra de una cina cina, y al final una inmensidad de paja brava y esteros donde los macizos toros negros se meten hasta el pecho en busca del canutillo y de los pastos naturales más envidiados de la región.
Desde la distancia, el casco luce esplendoroso, y detrás y a lo alto, en el centro, se divisa la rueda del molino que gira, con las puntas de las aspas pintadas de rojo. Una fachada color crema, altos postigos verdes, techo de tejas. Las veredas laterales de ladrillo lucen una banquinita de conchillas de la zona que dieron el nombre a La Conchera.
Paisanos de bombacha, cinto de rastra, botas de cuero o alpargatas y sombrero de ala ancha, muy jóvenes casi todos, ultiman los detalles del almuerzo y se preparan para las fiestas de destreza criolla.
Junto a los cercos de madera y los esquineros, el aserrín delata la reparación reciente, y los herrajes nuevos. "En ese break recorríamos todos los potreros con mi marido", recuerda Sara con nostalgia.
La Conchera de Flores es una de las estancias verdaderamente antiguas del Litoral, con orígenes en 1757, y se estima que esta casona que perteneció fugazmente al general Justo José de Urquiza fue construida por un inglés, posiblemente en 1824 o antes, cuando faltaban casi 3 décadas para que el (luego) vencedor de Caseros mandara construir el Palacio San José, que fue su residencia cerca de Concepción del Uruguay y aún hoy provoca admiración.
Juan Carlos Berisso estudió los pasos de su familia aquí. Dice que La Conchera formó parte de una gigantesca estancia que abarcaba gran parte del sur de Entre Ríos y que según el viajero Williams Mac Cann a mediados del siglo XIX se trataba de "la mayor extensión de tierras perteneciente a un súbdito británico en esta parte del mundo", cuando era propiedad de Diego Winter Brittain. Después la compró Justo José de Urquiza, y en 1875 la parcela con el casco fue adquirida por Juan Bautista Berisso.
Este año, los Berisso celebraron los 130 años de historia en este suelo y Sara Salas de Berisso reunió a todos los que pudo, con el pretexto de una fiesta criolla. Destacada por sus faenas ganaderas, la familia hizo punta en la industria saladeril y se expandió en diversos rubros, inclusive en la literatura, con el dramaturgo Emilio Berisso, autor de las obras "Con las alas rotas", "A la vera de mi senda" y "El germen disperso", que se quitó la vida en 1922.
Para la historia
Después de una larga misa al aire libre, con el altar bajo una rosa de los vientos, la anfitriona buscó un lugar ante la gran cantidad de familiares y amigos llegados de Francia, Perú, Ushuaia y varias provincias argentinas que querían saludarla, hasta que se sentó muy solícita en un sillón placero junto a la fachada del edificio de dos plantas.
Bien se dice que el ojo del amo engorda el ganado. Será por eso que esta mujer tan orgullosa de los suyos rige desde hace tres décadas y media, con marca personal, los destinos de tres estancias clásicas del sur entrerriano: La Conchera de Flores, La Libertad y La Primavera, y viaja a cada una de las exposiciones en que presenta los frutos de sus cabañas, de fama en el ambiente. Sabe de razas, de pasturas, de precios; intuye el estado de salud de un ternero por el pelaje, y está actualizada. "Cuando empezaron a llegar las máquinas importadas era divino, la gente compraba y sembraba. Y este año fue una locura con la soja. Pero resulta que ahora hay que olvidarse de eso. ¿Y la pobre gente que compró las máquinas y las debe?", dice.
Criolla y religiosa
"Deseo que esto quede para museo, que se respete el casco. No sé para quién quedarán estos campos; si alguna vez venden, que vendan, pero no el casco. El casco que quede para museo, que vengan tanto de Entre Ríos como de Buenos Aires, de cualquier lado de la República Argentina y que vean lo que es, cómo se hizo esto con sacrificio", comentó.
Héctor Berisso, casado con Sara, era nieto de Juan Bautista Berisso, un genovés nacido en 1834 que arribó a Buenos Aires a los 15 años y prosperó con sus hermanos en el negocio de las carnes hasta convertirse en uno de los pilares de la industria en la región. Sus actividades dieron origen a la actual ciudad de Berisso, cerca de La Plata, en la provincia de Buenos Aires. Al morir Héctor, hace casi 36 años, la propiedad quedó bajo el mando de Sara y desde entonces esta mujer nacida en Buenos Aires dejó la impronta de su personalidad en la campiña entrerriana.
Criolla bonaerense, de padres y abuelos tucumanos, Sara muestra una especial debilidad por la religión. Desde los seis hasta los 14 años estuvo pupila en un colegio de monjas. "Para mí, lo mejor de hoy ha sido la misa", destacó, al término de la celebración.






