
La estancia Las Horquetas, fundada por Don Pedro, fue el punto de partida para que sus hijos tomaran la iniciativa y comenzaran, como en la actualidad, a manejar dos modernos establecimientos dedicados a la actividad ganadera.
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Transcurría 1871 cuando un joven vasco francés -Pedro Carrique- llegó al puerto de Buenos Aires desde su Zuberoa natal. A poco de poner pie en tierra partió hacia Chascomús, donde vivían sus hermanos Ignacio y Fabián; con mil francos propios, y algo mas prestado, compró una carreta saliendo a conquistar el porvenir.
Su mirada de asombro transitó la llanura, que sintió ilimitada mientras evocaba los valles y montañas de ese país vasco al cual, solamente en su edad madura, volvería como visitante.
Así, recorriendo caminos mientras planeaba el futuro, transcurrieron los primeros 10 años argentinos. En un momento pudo comprar ovejas, iniciando su actividad ganadera y cuando el avance del riel le advirtió el fin de la lenta carreta, salió en busca de algo mejor. Posiblemente a caballo -aunque la tradición no lo registra-, encaró la llanura, llegando al entonces inmenso partido de Guaminí, donde los campos casi se regalaban.
Cerca de la actual estación Andant adquirió tres mil hectáreas, en sociedad con su hermano Ignacio y llevó arreándolas por interminables días, sus vacas compradas en Magdalena, construyó la casa y volvió para casarse con Graciana Escaray, con quien tuvo 7 hijos.
Su meta fue tener mil hectáreas con la correspondiente dotación de hacienda para cada uno de ellos. Así lo hizo y una de las estancias compradas por don Pedro fue Las Horquetas, de la cual se hizo cargo su hijo Fernando, padre de Fernando y Guillermo.
Hoy ese campo se transformó en dos establecimientos modernos: Ruca Hué de Fernando (casado con Elvirita Harriott, dos hijos y seis nietos) y Las Horquetas de Guillermo (casado con Zulma Iturrioz, tres hijos, cinco nietos "y otro por llegar"). "Somos hermanos y vecinos, hasta hace poco fuimos socios. Actualmente cada uno maneja la propia empresa asociado con sus hijos". Integrar empresas familiares es una constante en esta rama de descendientes de Pedro Carrique, quien durante muchos años trabajó en sociedad con sus hijos varones; con el tiempo éstos trabajaron en conjunto los campos de Espartillar y Andant. Al ser mayores, los descendientes de uno y otro finalizó dicha asociación para iniciar otras.
Fernando recuerda su rol de escribiente, "algo que hoy parece simple resultaba entonces bastante complicado, pues las únicas herramientas eran lápiz y papel. Yo en Espartillar y mi primo Eduardo en Andant, llevábamos una contabilidad rudimentaria que intercambiábamos mensualmente. Por entonces -fines de los cuarenta- ciento veinte kilómetros de tierra entre los dos campos, parecían muchos y los socios mayores se encontraban muy de tanto en tanto; el teléfono rural no existía y la mayor comunicación era epistolar". Guillermo rememora que el aprendizaje lo hizo en gran parte a caballo. "Todas las mañanas salíamos con mi padre a recorrer el campo; así aprendí a ver la marcha del rodeo, muy bien llevado por cierto, donde se cuidaba la fertilidad y la buena mestización, pero donde en la década del cincuenta todavía no había praderas, solo algún verdeo de invierno".
Por esos años, recuerdan los hermanos, "empezamos a hacer trigo y pronto vimos la necesidad de mecanizar el trabajo. Para 1958 ya teníamos una planta de silos y dos cosechadoras, todo hecho sin mucha planificación, pero la empresa era rentable, crecía y en general no había inconvenientes".
Otro manejo
Cuando formamos el CREA Pigué comenzó una etapa distinta para la empresa de los Carrique.
"Conocimos otros campos, otros manejos, y lo más importante fue que la apertura mental que este sistema produce nos permitió dejar atrás viejos prejuicios y realmente empezar a intentar convertirnos en empresarios al par que productores, tarea en la que continuamos. Quedaron atrás los días en que le propusimos a nuestro padre sembrar trigo.
"Comenzamos a romper potreros llegando al poco tiempo a las mil hectáreas y, como era de esperar, el resultado no era de lo mejor, lo cual no nos desanimaba. Alguien nos dijo que el suelo de Las Horquetas con tantos años de ganadería era demasiado fértil para las variedades existentes y que a ello se debía que los cultivos se revolcaran.
"El comentario parecía disparatado, pero años después Borlaugh confirmó el diagnóstico", recordó Guillermo.
"Estábamos ya enfrentados a un panorama totalmente distinto. Tuvimos éxitos y fracasos y debimos manejar mucho mas afinadamente, tanto agricultura como ganadería, con la consiguiente necesidad de capacitarnos, algo que ya no abandonamos y nos marcó el camino a la realidad actual", señaló Fernando quien destacó el apoyo prestado por su padre al nuevo manejo; "posiblemente su innato sentido empresario le hizo percibir el comienzo de una etapa muy importante para la empresa y su crecimiento".
Años después nació otra sociedad -Fernando y Guillermo Carrique- "que duró veinte años hasta que distintas circunstancias nos mostraron la conveniencia de independizar los campos, siguiendo la tradición de suceder asociaciones familiares, protegiendo no sólo la armonía empresarial sino también el espacio afectivo".
Otra generación
Actualmente Fernando y Guillermo han asociado a sus respectivos hijos. En la empresa de Fernando están integrados su hijo y su yerno a tiempo completo; en cuanto a los hijos de Guillermo, la participación actual es part-time, pues todos tienen otras actividades además del campo. Los Carrique mayores reconocen que "estamos aprendiendo a delegar pero..., de algún modo, aún tratamos de tener la última palabra...". Ambos recuerdan al abuelo vasco, capaz de armar una empresa importante transmitida ordenadamente a sus hijos, dando ejemplo de creatividad y perseverancia.
El presente y el futuro
Fernando coloca en el haber "la ventaja de trabajar en lo que realmente me gusta y tener posibilidad de ir delegando responsabilidades en los jóvenes tal como en su momento lo hizo mi padre. Como empresario siento que debo seguir capacitándome, tratando de interpretar esta situación tan cambiante, tan distinta a la de nuestra juventud".
Guillermo reflexiona sobre su presente, afirmando que "quizá con más sentido empresario hubiera previsto el cambio de condiciones que se estaba produciendo y transformado muchos años de trabajo en algo mas rentable. De todos modos trato de ser optimista, pero sin enmascarar la realidad".
Los Carrique son en general pragmáticos; manejan bien sus empresas, "pese a algunos tropiezos", acota Guillermo, "y producen hoy cuatro veces más que hace cuarenta años, pero "con un rédito bastante menor", según Fernando. Ambos consideran que el campo de su juventud, con la calidad de vida y las posibilidades de crecimiento que brindaba "ya fue". "Sin embargo es en ese ámbito en el que deben labrarse el futuro los jóvenes, trabajando mucho y capacitándose permanentemente. Será la única forma de hacer perdurar lo iniciado por abuelito Pedro. Además, posiblemente deberán imaginar nuevas formas de asociarse y de crecer pues, de aquí en más, la economía de escala les marcará pautas sumamente acotadas a las que deberán adaptarse si quieren permanecer en el sector".
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