
El gusto cada vez más exigente del consumidor demanda una amplísima gama de alimentos, cuya producción posibilita el surgimiento de nuevas actividades dentro del sector
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Iniciar una actividad vinculada con la naturaleza que no exija más que una pequeña inversión ha sido, y probablemente será, una fuerte tentación para los argentinos.
La globalización de la economía, que en su costado más inclemente obliga a tener escalas de producción cada vez mayores, demanda al mismo tiempo una amplísima gama de productos. Todo está permitido ante el gusto cada vez más exigente del consumidor. Y es ahí donde se cuelan las posibilidades de los pequeños emprendimientos que se quieran arriesgar con los blueberries, los ciervos ahumados, las ensaladas preparadas en bandeja y los dulces "como los que hacía la abuela" en frasquitos coquetamente decorados.
Estamos inmersos en el mundo del valor agregado, donde una lechuga no es igual a otra o donde un tomate cherrie disputa con un pimiento amarillo o unas endibias un lugar de privilegio en la estantería de una verdulería.
Para los que quieran iniciar este camino vale la pena aclarar que el entusiasmo ya no alcanza para producir, elaborar y ocupar una góndola en los supermercados. La realidad es mucho más compleja y los verdaderos problemas por superar no se encuentran en el galpón o las pocas hectáreas de la plantación. No es el pulgón, sino los plazos de pago o la falta de promoción del producto los verdaderos riesgos del negocio.
Una alternativa alentadora
En la Argentina los microemprendimientos agropecuarios han surgido como una alternativa alentadora para productores chicos y empresas familiares que dentro de ese mundo globalizado y muy competitivo no encontraron en las producciones tradicionales los ingresos suficientes como para satisfacer sus necesidades económicas.
"No se puede concebir un productor de la pampa húmeda que posea entre 15 y 50 hectáreas y que pueda vivir de la ganadería o de una agricultura extensiva que le da ingresos estacionales, que por tan escasa dimensión no le permiten hacer frente a los gastos de todo el año: alimento, vestimenta, salud, etcétera", explicó Ernesto Ambrosetti, economista en jefe de la Sociedad Rural Argentina.
"Si bien siempre ha existido este tipo de empresa agropecuaria, fue con el adveniemiento de la convertibilidad y la estabilidad económica en el país que comenzó a tener verdadero impulso", dijo el economista en diálogo con La Nación .
Los microemprendedores, por una razón obvia, no están en condiciones de producir grandes volúmenes. Entonces no les queda otra alternativa que apuntar a la calidad, con mucho valor agregado y un riguroso marketing para encontrar un nicho de alto valor adquisitivo que pague bien su producto.
La actividad de los microemprendedores puede estar relacionada o no con una producción tradicional. No es excluyente. Inclusive puede ser complementaria. Un ejemplo es la producción de miel. "Esta es una alternativa muy utilizada en las provincias de La Pampa y Buenos Aires, combinándola con la agricultura y la ganadería", agregó Ambrosetti.
Al recorrer la geografía del país vemos que son variadas las producciones que se adaptan a esta modalidad. En el Noroeste y el Nordeste estos microremprendimientos posibilitan la integración vertical, con la actual el productor llega directamente al consumidor final: elaboración de quesos artesanales, dulces, embutidos de carne porcina. Y hasta artesanías en general.
Más hacia el Sur, y contra la cordillera se observan los denominados speciallities o, dicho de otra manera, productos con un significativo valor agregado, como dulces y fiambres ahumados con carne de ciervo.
Con la aplicación de genética y tecnología importada de los Estados Unidos y de Europa, los microemprendimientos han llegado a las góndolas con hortalizas en variedades enanas, frescas o envasadas y encurtidas que ni soñábamos ver años atrás: choclitos, tomatitos cherrie.
También los productos ecológicos han encontrado una brecha muy importante en el mercado local: el consumidor se inclina cada vez más en productos libres de agroquímicos.
Pero el microemprendedor debe saber qué producir, cómo hacerlo, a quién vender y cómo distribuir. Ante estas necesidades debe buscar herramientas. "Si se atienden correctamente estos aspectos los resultados no serán inmediatos, pero en tres o cuatros años se puede lograr la consolidación tanto de la empresa como del producto", vaticinó Ambrosetti.
Herramientas
Las causas más comunes que ponen en riesgo este tipo de emprendimiento son las dificultades financieras y la falta de capacitación.
Diversos organismos, estatales y privados, intentan dar respuestas válidas. Desde la Secretaría de Agricultura se asiste al pequeño productor mediante Programa Social Agropecuario, el Programa de Crédito y Apoyo Técnico para Pequeños Productores del Noroeste Argentino, que será continuado este año. Por su parte, el INTA lleva adelante la Unidad de Minifundio y el programa Prohuerta.
Además, el Consejo Federal de Inversiones (CFI) promueve el desarrollo económico de las provincias con créditos y capacitación.
Estos servicios que intentan cooperar en el desenvolvimiento de las pequeñas empresas tropiezan en la mayoría de los casos con la falta de recursos y la capacitación de los técnicos para responder a las demandas.





